Hay políticos que dejan leyes, reformas o discursos. Rafael Hernando ha construido durante tres décadas un personaje reconocible, sobre todo, por su manera de intervenir en público. Cada micrófono activa el mismo mecanismo: una respuesta rápida, una acusación rotunda y un titular capaz de desplazar el asunto que se debate.
La memoria histórica fue uno de sus territorios preferidos. En 2013 dejó una frase digna de cualquier antología: “Algunos se han acordado de su padre, parece ser, cuando había subvenciones para encontrarle”. Un año después atribuyó a la República “un millón de muertos” y se preguntó por qué había que “remover las tumbas”. Pero no se limitaba al pasado. También acusó a la PAH de “coquetear” con organizaciones próximas al terrorismo y llamó al juez Santiago Pedraz “pijo ácrata” y a miembros de ERC, “energúmenos”. Como portavoz del PP en el Congreso, más que debatir, parecía buscar la frase que acabara ocupándolo todo. Si todos hablaban de él, asunto resuelto: ya nadie hablaba de lo que se discutía.
Pero, alguna vez, las palabras estuvieron a punto de no bastarle. En julio de 2005, tras un tenso debate sobre el incendio de Guadalajara, se encaró en los pasillos del Congreso con Pérez Rubalcaba. Acebes y Zaplana evitaron que el altercado fuera a más. Quizá apareció allí el mismo impulso, pero sin micrófono.
El catálogo es amplio, pero sería un error verlo como una simple colección de provocaciones. Lo importante es la necesidad de decirlas: dejar un titular que sobreviva al debate. Si la frase hace ruido, misión cumplida: parece que ha pasado algo importante aunque la discusión siga en el mismo sitio.
Quizá ahí esté una de las claves de su resistencia en Almería. Desde 1993 ha encadenado siete legislaturas. Treinta y tres años representando a una provincia con la que no tiene vínculos familiares ni profesionales. En ese sentido, fue un político cunero que acabó echando raíces. Mientras el micrófono le daba titulares, supo moverse dentro de los equilibrios del PP provincial y hacerse necesario. Una cosa es hacer ruido y otra sacar partido de él. Hernando ha sabido hacer las dos.
No son dos Hernandos distintos. Es el mismo, con el mismo atajo: la frase en lugar del argumento. La ligereza con la que despachó los debates del pasado es la que aplica ahora al presente. Ante los episodios de violencia registrados estos días en Ceuta, volvió al mismo mecanismo: “Ceuta ni se rinde, ni se vende, y tampoco se merece un Gobierno como este”. La frase estaba servida, pero explicar qué medidas concretas habrían evitado esa situación era más complicado. Para Hernando, la oposición consiste en pronunciar algo rotundo y señalar un culpable.
Una entrevista concedida el 18 de agosto pasado a un medio de la provincia permite ver el mismo método en otro terreno. Hernando presentó el debilitamiento de las clases medias como consecuencia directa de la gestión del Gobierno y concluyó que la solución exigía un relevo político. Entre una cosa y otra hay una realidad más compleja: inflación, vivienda, salarios, empleo, tipos de interés y factores internacionales. Todo eso exige ser explicado; culpar, en cambio, solo exige una frase.
La crítica política es legítima. El problema es convertir una acusación en una conclusión: el Gobierno es el causante del debilitamiento de las clases medias y, por tanto, cambiarlo resolverá el problema. Ese “por tanto” hace todo el trabajo: transforma una acusación en solución y le ahorra lo más difícil, decir qué haría él para arreglarlo. Para ejercer la oposición política no hacen falta tantos años; para gobernar hacen falta ideas y algo más de imaginación.
Hay políticos que dejan leyes, reformas o discursos. Treinta y tres años dan para ocurrencias, polémicas y titulares. También deberían dar para dejar alguna propuesta. Rafael Hernando dejará una extensa hemeroteca sin una idea brillante de gobierno. Quizá ésa sea la mejor explicación de su carrera: mucho ruido y pocas ideas. Y es que cuando el ruido se acaba, no siempre queda algo que recordar.