Opinión

La soledad del comediante

Rafael M. Martos | Viernes 04 de septiembre de 2026
Presenciar la comparecencia del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados ha sido un ejercicio de puro teatro político por parte de todos, aunque por unos más que por otros. A cuenta de la crisis fronteriza sufrida en Ceuta —y las sombras permanentes sobre Melilla—, si algo ha quedado grabado a fuego en el hemiciclo es la absoluta, helada y desoladora soledad del líder del ejecutivo.

Absoluta soledad, sí. Porque Pedro Sánchez solo encontró el aplauso cerrado y mecánico de los suyos, los diputados del PSOE, porque Margarita Robles, que es miembro del Gobierno y no militante, no aplaudió, ni mucho ni poco, nada. Todo el resto del arco parlamentario le dio la espalda de forma estruendosa. Su propio socio en la coalición gubernamental, Sumar, prefirió el reproche o la distancia táctica, mientras que los socios de investidura que habitualmente le salvan los muebles dejaron al presidente desamparado. Y es que el argumentario oficial no había por dónde cogerlo: pretender que nos traguemos que los servicios de información de España ni se enteraron de lo que se fraguaba al otro lado del paso fronterizo es muy heavy, tanto como definir a Marruecos como socios leal, y que nadie se pregunte por qué el propio gabinete alauí no levantó el teléfono para dar un aviso de cortesía, resulta una fabulación estrambótica. Culpar a medio planeta menos a Rabat de lo ocurrido es una pirueta dialéctica que ya no cuela.

Ahora bien, si la soledad del presidente fue bochornosa, la postura de la oposición de derechas tampoco resiste un análisis riguroso. Tanto el Partido Popular como Vox salieron a la tribuna cargando tintas contra Marruecos, pero deteniéndose amedrentados justo antes de dar el paso coherente. Porque el reino alauita no actúa en solitario por generación espontánea; actúa envalentonado porque sabe perfectamente a quién tiene a sus espaldas: al descerebrado Donald Trump y al criminal Benjamín Netanyahu. Fueron precisamente Estados Unidos e Israel los primeros países en respaldar las ambiciones territoriales marroquíes sobre la zona, manteniendo posturas que comprometen la integridad de Ceuta y Melilla. ¿Por qué Vox no señala con el dedo esta alianza? Sencillamente porque Santiago Abascal está absolutamente entregado y plegado a la agenda de la internacional ultraconservadora norteamericana. ¿Y por qué se frena el PP? Porque Alberto Núñez Feijóo padece el clásico complejo de la derecha tradicional, aterrorizado ante la idea de que los suyos o la prensa lo tachen de woke o progre por criticar a un personaje como Donald Trump o a Benjamín Netanyahu.

A este panorama de inconsistencia general se suma el estilo escénico del propio Pedro Sánchez. Habría que pedirle a la Moncloa que le haga llegar una nota: cada vez que suelta un chiste en el atril del Congreso de los Diputados, debería evitar quedarse inmóvil con esa sonrisa bobalicona, esperando desesperadamente la risa cómplice de los suyos, al más puro estilo de un monologuista trasnochado de Paramount Comedy. Es una pena, porque Pedro Sánchez había arrancado con buen pie desde el punto de vista argumentativo al recordar las contradicciones históricas de los gobiernos del Partido Popular en su relación con Marruecos, evidenciando que todos los ejecutivos han acabado dándole cariño a Rabat. Pero esa solidez se le vino abajo en cuanto recurrió al humor fácil y al ataque de bajo vuelo personal.

Porque últimamente al presidente del Gobierno de España le ha dado por airear la intimidad fiscal y privada de sus rivales. Si hace poco desvelaba en qué barrio vive Alberto Núñez Feijóo, en esta comparecencia prefirió desglosar en público el sueldo del presidente del PP. Y no contento con ello, arremetió contra Santiago Abascal preguntándose cuánto dinero gana y afeándole que lleve dedicado a la política «toda su vida». La pregunta, por pura lógica sarcástica, cae por su propio peso: ¿cuánto tiempo lleva Pedro Sánchez dedicado al aparato del partido y al sueldo público? Exactamente el mismo: toda la vida. Entre risitas congeladas de Paramount Comedy, reproches personales sobre salarios ajenos y excusas de trazo grueso sobre Marruecos, la sesión del Congreso de los Diputados dejó claro que España tiene a un presidente aislado y a una oposición atenazada por sus propios fantasmas.

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