Hay que reconocerle a Javier Milei, presidente de la República Argentina, un mérito indiscutible: cuando lee un discurso no improvisa el disparate, lo trae perfectamente redactado desde casa. En una de sus intervenciones leídas, le dio por advertir ante la invasión de Ceuta, que las políticas de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, están permitiendo que las «hordas extranjeras» conviertan este país en un lugar irreconocible, robándole su propia identidad.
Pero, vamos a ver, hijo mío: ¿de qué horda extranjera has salido tú?
A Javier Milei le bastaría con mirarse al espejo o repasar la guía telefónica de Buenos Aires para entender de dónde viene su propio apellido. Si alguien sabe de hordas extranjeras que desembarcaron en un continente, alteraron su identidad cultural y arrinconaron a la población aborigen hasta convertirla en minoría, son precisamente los contingentes europeos que llegaron a América. Y no lo hicieron precisamente de un modo amigable ni para pedir cita en la oficina de extranjería. Aquella incursión terminó por ostentar el poder político y económico en prácticamente todos los países del continente americano. Así que calificar de «horda extranjera» al migrante actual resulta una ironía desfachatezada en boca de quien es, estructural y genealógicamente, el producto directo de una de ellas.
Este discurso enlaza directamente con el dogma predilecto de la extrema derecha —con Santiago Abascal replicando la consigna en la península—: una teoría tan simplista como racista según la cual a cada continente le corresponde una población prefijada. Los blancos en sus distintas tonalidades, a Europa, los más o menos negros o marrones, a África, y si el tono de piel no encaja con el mapa mental del ideólogo de turno, careces de derecho a pisar suelo europeo.
Sin embargo, en ese pecado xenófobo va implícita la penitencia. Si se aplica con rigor geográfico semejante postulado, la falacia se cae por su propio peso. Ceuta y Melilla están ubicadas en el continente africano, por lo que siguiendo esa lógica tan ramplona de que África es para los africanos y Europa para los europeos, los que sobrarían en Ceuta y Melilla serían los ciudadanos españoles de origen europeo.
Por supuesto, ningún portavoz de la extrema derecha sería capaz de sostener que Ceuta y Melilla deban dejar de ser españolas o que la población de origen europeo allí residente deba hacer las maletas rumbo a la península. En ese punto, la coherencia geográfica se evapora. Se olvidan de que fueron las hordas extranjeras castellanas, aragonesas y portuguesas las que tomaron esas plazas en el norte de África siendo ellos europeos, hasta integrarlas, con el paso de los siglos, como territorio de pleno derecho del Estado español.
La realidad de los flujos migratorios y el peso de la historia en la cuenca mediterránea es mucho más compleja, y estos panfletos leídos en atril no aguantan el más mínimo contraste empírico. Son solo un trazo grueso ideológico que se desmonta abriendo un libro de historia. Y la mente, abriendo la mente.