Opinión

Ultras

Angel Rodríguez Fernández | Martes 08 de septiembre de 2026

La ultraderecha alemana ha ganado casi con mayoría absoluta en uno de los estados de la República Federal Alemana. Le faltan unos diputados y se dice que un partido de ultraizquierda se los podría ceder. Los dos ultras. Siempre he pensado que ser ultra es una de las más grandes complicidades, ambos son ultras y prorrusos, ahí confluyen sus escasos pensamientos, no me extraña que se pongan de acuerdo.

No sé si unos y otros son nostálgicos de sus padres, el nazismo y el estalinismo, los dos causantes de millones de muertos. No sé si tienen memoria histórica y, si la tienen, en qué consistirá. El tiempo nos lo dirá.

Lo que está claro es que la deriva de la izquierda mucho tiene que ver, primero, con el desencanto de su electorado y, luego, con el enfrentamiento con gran parte del mismo. Ella, encerrada cada vez más en un búnker, entre muros, desoxigenada y de nuevo revestida de eslóganes carentes de credibilidad.

La mentira, la corrupción, las decisiones en contra de la mayoría del pueblo, la hemiplejia política han estirado la goma que los unía a su electorado, y esta ha fracturado, golpeando en la cara de todos.

Tanto nos han contado el cuento del lobo que la población ha llegado a pensar que Pedro es el lobo y que el lobo no es tan fiero. Me temo que el lobo sigue siendo un depredador, pero Pedro se convirtió en un mentiroso compulsivo al que tampoco podemos fiar nuestro rebaño.

Los mismos que se creen las mentiras de Pedro se creerán las mentiras del lobo. Un electorado que no quiere o no sabe ejecutar el pensamiento libre vive sometido a las mentiras de sus gobernantes, de unos y de otros. Muchos son los que lo asumen y creen conocer hasta dónde pueden llegar unos y otros mentirosos. Entonces aprueban y aplauden a los «suyos» porque creen que sus golfetes serán menos dañinos.

La adolescencia, la juventud, no entran en esta valoración de daños y ven actitudes sin comparación histórica, observan las mentiras reiteradas de pequeños truhanes que dicen ser progresistas, ven cómo los lobos las denuncian fieramente y se decantan por el lobo.

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Son muchos, jóvenes y mayores, los que desconocen los millones de muertos de unos y otros. Todo gobierno monstruoso que ha causado millones de muertos, torturados y perseguidos es susceptible de ser defendido. Si la ultraizquierda defiende el estalinismo, el maoísmo, los jemeres rojos, el castrismo, el madurismo, ¿por qué los otros, la ultraderecha, sus posibles aliados en Alemania, no van a poner en solfa los millones de muertos del fascismo o del nazismo?

Una locura que puede ir a más y que me aterroriza. Espero que estos mismos jóvenes que ponen en pie en pared ante los errores de los partidos de izquierda lo hagan también ante el racismo o la xenofobia de la ultraderecha.

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En cierta manera, el cine a mí personalmente me salvó de caer por la pendiente de algún tipo de pensamiento autoritario. El individuo, las libertades individuales, los derechos humanos sobrevuelan historias como las de los argumentos de «El apartamento», «Doctor Zhivago» o «Matar a un ruiseñor». Donde C. C. Baxter, Zhivago o Atticus viven y sueñan por encima de la locura colectiva, en forma de capitalismo salvaje, comunismo o racismo.

He visto en las redes sociales una fotografía de un muro con dos grafitis. En una parte de la pared se lee:

«Qué fácil es ser fascista en una democracia».

Y en la otra parte dice:

«Y qué difícil ser demócrata en una dictadura».

Y así es. Me ha recordado a tantos antifascistas que, en tiempos de Franco, sufrieron cárcel y torturas y que luego, en democracia, fueron asesinados por otros fascistas, como ha sido el mundo de ETA en todas sus manifestaciones. En especial, y por ejemplo, José Luis López de Lacalle o Fernando Múgica. Que en paz descansen. Los mismos fascistas que apalizaron hace poco a un periodista de El Español, José Ismael Martínez.

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Quisiera terminar con un pensamiento de Adolfo Lissabesky:

«Asumo poder equivocarme como se equivoca un lince o un águila al perder una presa. O un conejo o una liebre al caer en manos de un depredador, pero nunca como un borrego, sometiendo su destino al rebaño».

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He dicho.

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