Opinión

La silla vacía

Rafael M. Martos | Lunes 21 de septiembre de 2026

Dicen que las cosas del palacio político van despacio, pero lo del nombramiento del delegado provincial para las áreas adscritas a la Vicepresidencia Segunda del Gobierno andaluz en Almería roza ya el arte del estatuismo humano. Mientras en casi todas las demás provincias de Andalucía las áreas bajo la responsabilidad de Manuel Gavira —con competencias tan sustanciosas como Turismo o Justicia— ya tienen rostros, despachos y representantes con nombres y apellidos, en esta provincia seguimos esperando a que alguien tenga a bien encender la luz de la oficina. Una vez más, la historia se repite y Almería queda relegada al incómodo papel de ser la última de la fila.

No deja de resultar habitual este ejercicio de parálisis institucional con las formaciones que vienen a salvarnos del malvado bipartidismo... ya vimos Podemos en el Gobierno central (¿recuerdan a Pablo Iglesias asumiento el "mando único" de las residencias? ¿recuerdan las leyes bientencionadas pero "malgestionadas"?) y volvemos a verlo en una formación que llegó al panorama político del Estado prometiendo la agilidad de un cirujano para extirpar la burocracia. La paradoja se sirve sola: la estructura ideada para la Vicepresidencia de Manuel Gavira dobla en personal a cualquier consejería estándar de la Junta de Andalucía, demostrando que la proclamada receta para reducir el gasto público consistía, en realidad, en duplicar estructuras cuando les toca gestionar a ellos. Sin embargo, aun contando con el doble de nóminas y recursos asignados, han sido incapaces de encontrar a una sola persona capacitada para asumir la delegación almeriense.

La explicación a esta parálisis no hay que buscarla en un celo excesivo por la excelencia técnica, sino en el clásico juego de tronos de partido. Comidos por sus propias rencillas internas, la batalla soterrada entre Rodrigo Alonso, parlamentario que encabezó la candidatura en la provincia y que aspiraba a convertirse en el factótum indiscutible, y el propio Manuel Gavira ha bloqueado cualquier avance. Manuel Gavira no parece dispuesto a cederle a que Almería se le escape del cuartel, pero tampoco logra dar con ningún perfil afín que no desate un incendio interno. El resultado es un callejón sin salida donde las cuotas de poder partidista cotizan muy por encima de los intereses reales de la ciudadanía.

Entretanto, el balance operativo de la cúpula directiva se reduce a acumular titulares marcados por las habituales salidas de pata de banco de Manuel Gavira, con las gambas, los puteros y los moros, como principales elementos del discurso, y dejando al descubierto una evidente incapacidad para gobernar e imprimir solvencia a la gestión en la Comunidad Autónoma, como ya demostraron no solo en otras comunidades autónomas, sino también en El Ejido, donde se marcharon del Gobierno local porque aquello del trabajo les superaba.
De momento, en la provincia nos quedamos sin delegado todavía, pero con una lección bien aprendida: cuando la retórica contra la burocracia choca con la cruda realidad de la moqueta, los sillones se duplican, las decisiones se eternizan y Almería vuelve a pagar los platos rotos del ajuste de cuentas entre camaradas.

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