Opinión

El “pecado” de ser diferente

Rafael Sanmartín | Martes 22 de septiembre de 2026

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En una ocasión, un grupo de personas criticaba duramente, acusándole de querer distinguirse, porque en vez de cepillarse los dientes en sentido horizontal, “como todo el mundo”, se los cepillaba en sentido vertical. La ignorancia es muy atrevida, y aquellos críticos ignoraban la ventaja de cepillarse en el mismo sentido de las estrías de los dientes, lo que mejora la limpieza de forma notable. Los ejemplos abundan: los niños superdotados, por lo general sufren un doble problema en el colegio: la valoración de pedantería y no poder avanzar a la velocidad exigida por su intelecto. Peor es con los niños autistas, o con los tímidos, niños o adultos, en muchas ocasiones calificados de antipáticos o groseros. O ambas cosas.

Los ejemplos abundan en la vida doméstica y en la pública, y en la política. Aquí con más fuerza porque no es sólo una crítica, no es desconocimiento, es un mecanismo perverso para despersonalizar, con el fin de despojar de sus atributos, de su idiosincrasia, a personas y a comunidades.

Cuando un grupo, por su fuerza, número, armamento o entrenamiento, un imperio, independientemente de su magnitud, se apropia de otro lugar, ciudad, tribu, Comunidad o Estado, lo primero que hace es borrar su historia, su carácter y su cultura, y fabricarles otra historia, otro carácter y otra cultura, completamente divergentes de la realidad, pero adaptada al gusto, a la necesidad, es decir, interés, de la potencia dominante.

El o la diferente, es quien más lo sufre, aunque llegue a olvidar su historia, su pasado, su propia naturaleza, a rechazarse, porque su verdadera personalidad continúa latente, escondida en algún rincón de su mente, aquel en que guardamos todas nuestras experiencias y las de nuestros antepasados. Inconsciente colectivo lo llamó Carl Jung, uno de los discípulos aventajados de Freud.

Andalucía es diferente y se nota. Por eso se ve obligada a mantener una lucha valiente, a realizar el esfuerzo diario de soportar la imposición y a pesar de todo subsistir y superarse. Para la inmensa mayoría (aquí suplantada por el conquistador), es aún más difícil comprender e imposible soportar esa diferencia marcada por su víctima, pues más que soportar ni intentar comprenderla, no la perdona, porque no se ajusta al plan elaborado para dominarla con absoluta plenitud y albedrío.

Es difícil, como decía Thornton Wilde, dejar de ser la persona que los demás dicen que es. El liberalismo, que acabó con la esclavitud, despejó camino al progreso y al desarrollo, nos liberó del uniforme impuesto por el feudalismo y abrió la mano a la creatividad, a la libertad para practicar la idiosincrasia, la personalidad, el genio histórico: la diferencia, sucumbió absorbido por el capitalismo salvaje monopolista, como caen las ideas, los principios y los proyectos, cuando otros, completamente ajenos a su espíritu, ocupan su sitio y su nombre.

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Pero al imperialismo no le basta con el castigo impuesto. Necesitan más, para culminar y asentar su dominio; necesitan eternizar la represión para destruir la capacidad de diferenciarse, de desarrollar iniciativa propia. Así, condena sus costumbres, las tergiversa, ofrece una visión deforme de ellas, las ridiculiza: “que mal hablas”, “no sabes comer”, “no tienes iniciativa”, “tu música es de borrachera”, para impedirle levantar cabeza. Deforma sus costumbres para crear culpables, les achaca bulos perversa y expresamente inventados, le dificulta o impide la enseñanza, lo insulta con mentiras y crea un mundo hostil, completamente irreal, pero ajustado a sus intereses. Los intereses del conquistador.

Al cabo del tiempo, el conquistado llega a creer las patrañas impuestas por el conquistador, pero la semilla, el germen de la verdad sigue en su mente. Sólo hace falta una chispa, un incentivo para hacerla saltar, con asiduidad ahogado en represión sangrienta. Por eso necesita reunir fuerzas para liberarse de la tiranía.

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