Opinión

Matar el relato

Ignacio Ortega | Miércoles 23 de septiembre de 2026

A las seis y media, en La Cañada, el plástico ya quema por dentro. Un agricultor me abre la puerta del invernadero y me dice: «Aquí el desierto no se venció, se aprendió a regar». La frase podría parecer una ocurrencia, pero contiene buena parte de la historia de Almería. Durante mucho tiempo, la provincia se ha contado desde la carencia: el desierto, la periferia, el atraso. Como si vivir en el extremo del mapa fuera una condena. En 1955 ocupaba uno de los últimos lugares de España en renta. Tierra seca, lejos de todo. Una condición que parecía definitiva.

Después llegó el plástico, pero lo que llegó con él fue una nueva forma de organizar el trabajo. Basta recorrer La Cañada o Vícar para entender que aquel paisaje no apareció de golpe. Debajo hay décadas de ensayo, adaptación y trabajo de agricultores, cooperativas y jornaleros que fueron construyendo un modelo. A finales de los noventa todavía se hablaba de dos Andalucías. En 2018, los análisis ya destacaban el vuelco: en medio siglo Almería había pasado de estar entre las provincias más pobres a situarse entre las que más habían crecido. Los datos habían cambiado. El relato seguía intacto.

Ese relato es resistente. Almería continúa apareciendo bajo los viejos enfoques: desierto, periferia, mar de plástico. Y cuando aparece la riqueza, llega otro tópico para ocupar su lugar: el «cateto de invernadero», inculto pero con Mercedes. Cambia el signo, pero no cambia la mirada. Quizá porque ese relato resulta cómodo: alimenta el victimismo, simplifica la realidad y permite seguir explicando Almería con categorías que pertenecen a otra época. Es más fácil repetir una historia conocida que aceptar que la realidad ha dejado de encajar en ella.

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Matar el relato no significa negar las contradicciones. También en Níjar la riqueza agrícola convive con precariedad y desigualdad, y sería absurdo ocultarlo. Pero una sociedad puede seguir teniendo problemas y, al mismo tiempo, haber dejado atrás la posición desde la que durante generaciones fue mirada. Una cosa no invalida la otra. El problema aparece cuando convertimos una parte de la realidad en su explicación completa.

Almería nunca tuvo agua de sobra. Tuvo que aprender a contar cada gota. En un invernadero no llega como lluvia: entra por tubos y se reparte planta a planta, en la cantidad justa. No cambió de geografía, sino de relación con ella. Tal vez ahí esté la verdadera historia de esta tierra: no en haber vencido al desierto, porque el desierto sigue ahí, sino en haber aprendido a vivir de otra manera con aquello que parecía condenarla. Quizá haya que empezar a mirar Almería no desde lo que le falta ni desde lo que supuestamente ha conseguido, sino desde lo que ha hecho con sus límites: cómo los ha trabajado, cómo los ha transformado y qué nuevas contradicciones ha generado en el camino.

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Por eso quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta. No se trata de decidir si Almería dejó de ser pobre o se hizo rica, ni de sustituir un relato de atraso por otro de éxito. Se trata de preguntarnos por qué seguimos mirándonos con las categorías de hace setenta años, como si la historia hubiera cambiado a nuestro alrededor pero nosotros siguiéramos obligados a contarnos de la misma manera.

Porque quizá el problema no sea encontrar un nuevo relato para Almería, sino seguir necesitando el relato para explicar una realidad que ya cambió. Almería no venció al desierto; aprendió a regarlo, a medirlo, a trabajar con él. La geografía sigue ahí, pero ya no es fatalismo.

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