El pasado jueves, cuando el polvo todavía no se había asentado en Las Lomillas, la Agencia Espacial Europea dio por concluida una operación silenciosa que ha durado tres semanas en el desierto de Tabernas. Quince especialistas desplegados sobre el terreno, sesenta ingenieros coordinados desde el centro de control de Turín y un vehículo de seis ruedas que avanza a un centímetro por segundo. Se llama Charlie. No irá nunca a Marte, pero es el único que puede decirle a Europa si estamos listos para volver a intentarlo.
Charlie es el doble terrestre del rover Rosalind Franklin, la gran apuesta europea para buscar vida en Marte. Su misión real despegará en 2028 y, si todo sale bien, aterrizará en 2030. Para llegar a ese momento, Airbus y la ESA necesitaban un lugar que mintiera bien. Que hiciera creer a los operadores que ya estaban a 225 millones de kilómetros. Y lo encontraron en Almería.
El paraje elegido no fue casual. Las Lomillas, en el término de Tabernas, es ese malpaís de cárcavas y crestas que el cine convirtió en frontera del oeste y donde Steven Spielberg hizo perseguir un tanque por Indiana Jones. La ficción buscaba un desierto creíble. La ciencia buscaba lo mismo, pero por razones opuestas.
Lo que ocurrió ayer es la continuación de una historia que tú ya contaste en noticiasdealmeria.com, pero que ahora pide una segunda lectura. Porque la pregunta ya no es qué ha hecho Charlie aquí. Es por qué Tabernas funciona como Marte.
De lejos, Tabernas se parece a Marte porque es seco, pedregoso y está desnudo de vegetación. De cerca, se parece por algo mucho más inquietante: por su química.
El suelo de Tabernas está cosido de jarosita. Un sulfato de hierro que solo se forma cuando hay agua. Un mineral que fue descrito por primera vez en 1852 en el Barranco del Jaroso, en Cuevas del Almanzora, y que cuarenta años después de su descubrimiento almeriense, en 2004, el rover Opportunity de la NASA encontró en Marte. Aquello fue una sacudida. Si había jarosita allí, hubo agua líquida allí.
Pero no es solo jarosita. El desierto comparte con el planeta rojo el resto del inventario que obsesiona a los astrobiólogos: arcillas, grietas rellenas de yeso, que no es otra cosa que sulfato de calcio hidratado, grietas de desecación, esas rajas poligonales que se abren cuando un barro se hidrata y se seca una y otra vez, y rocas estratificadas donde las capas se acumulan como páginas de un libro geológico. Todo lo que en Marte habla de agua antigua, en Tabernas está a pie de campo.
Por eso los geólogos no hablan ya de parecido visual. Hablan de análogo mineralógico. Y por eso la investigadora Susanne Schwenzer, mineralogista planetaria de la Open University y veterana de la misión Curiosity de la NASA, que esta semana ha pasado por Almería invitada por el Aula de Divulgación Científica de la Universidad de Almería, lo resumía sin épica: el desierto de Tabernas es, visualmente, un excelente análogo de Marte.
La campaña que se cerró ayer jueves no era, en realidad, una prueba de ruedas. Era una prueba de paciencia y de método.
Operar un vehículo en Marte es imposible como lo entendemos aquí. No hay joystick. La luz tarda unos veinte minutos en viajar entre los dos planetas. Cualquier orden que envíes llega tarde. Por eso la misión dependerá del Trace Gas Orbiter, el satélite que orbita Marte y que actuará como repetidor hacia la Tierra.
Así lo explicó sobre el terreno Vincent Schaeffer, el responsable del equipo de pruebas de Airbus. La única manera de ensayar eso es reproducirlo. Cada mañana, el equipo de Turín escribe la jornada. Esa planificación se envía a Almería. En Tabernas, el personal local no toca nada más que para volcar las instrucciones en Charlie y dejar que el vehículo se las apañe solo. Cuatro o cinco horas de ventana operativa, lo que dura un Sol marciano, el tiempo justo para encender sistemas con el amanecer, trabajar con lo que den los paneles solares y apagarse antes de la noche.
Para que el engaño fuera perfecto, hubo que borrar Almería. El equipo desplegado en Tabernas tenía una segunda tarea casi ritual: borrar sus propias huellas, retirar cualquier rastro humano que pudiera colarse en las cámaras estereoscópicas del mástil o en el CLUPI, el sistema que va bajo el chasis y fotografía el suelo a escala microscópica. Ellos mismos se bautizaron como la brigada de limpieza marciana. Sin esa limpieza, Turín sabría que no está en Marte.
Durante nueve soles seguidos, sin averías de consideración, Charlie construyó mapas en tres dimensiones, calculó rutas seguras entre pendientes y rocas y llevó sus componentes al límite mecánico. Cada noche, el desgaste se reparaba a mano en el desierto.
Para quien sigue la historia espacial de Almería, Charlie no es un extraño. La ESA ya lo trajo a Tabernas en 2018, en la campaña ExoFiT, cuando se ensayaron por primera vez fases completas de una misión marciana. Ayer solo se llevó todo un paso más allá. Lo que entonces fue un ensayo de movilidad, ahora ha sido un ensayo de toma de decisiones científicas.
Y ahí es donde Tabernas gana a otros desiertos famosos. Atacama es más seco, Utah es más rojo, Islandia es más volcánico. Pero Tabernas es europeo, es accesible, es seguro y condensa en pocos kilómetros una geodiversidad que en otros lugares exige días de expedición. Además tiene lo que ningún otro análogo puede ofrecer: la logística de la Plataforma Solar, el apoyo de la Universidad de Almería y un cielo que permite volar y probar.
No es casualidad que el jefe de Exploración de la ESA, Benoit Pouffary, que ayer calificó la campaña como un éxito rotundo, haya dejado caer que Almería podría ser el mejor lugar del mundo para simular lo que el rover afrontará en Marte. Lo dice alguien que tiene que perforar dos metros bajo el suelo marciano para encontrar lo que todos buscan: biomarcadores protegidos de la radiación, rastros moleculares de una vida que quizá existió.
Cuando Spielberg rodó aquí la persecución del tanque de La última cruzada, buscaba un lugar que pareciera de ninguna parte. La ESA ha buscado exactamente lo contrario: un lugar que parezca de otra parte muy concreta. Oxia Planum, la llanura marciana donde aterrizará Rosalind Franklin, es una antigua cuenca rica en arcillas. Es, geológicamente, una prima hermana de Las Lomillas.
El jueves, con el cierre de la campaña, Almería ha dejado de ser solo plató para convertirse en antesala. El desierto que fue frontera del oeste americano es ahora frontera de la astrobiología europea. Y lo que se ensayó aquí, entre ramblas que parecen canales secos de Marte y margas yesíferas que crujen bajo las ruedas, es la coreografía de una pregunta que lleva siglos sin respuesta.
La formuló Schwenzer el otro día en la Casa de las Mariposas, ante un auditorio lleno: ¿estamos solos o hay otra vida ahí fuera? ¿Hubo vida en Marte y está conectada con nosotros?
Charlie no podrá responderla. Pero ha enseñado a sesenta personas en Turín cómo habrá que hacer la pregunta cuando, en 2030, un taladro almeriense de corazón empiece a perforar de verdad el suelo de otro planeta.