Hay nombramientos políticos que equivalen a poner a un pirómano al frente de la brigada de extinción de incendios, pero lo del Partido Socialista Obrero Español encomendando la coordinación de su campaña para las elecciones generales a María Jesús Montero pertenece a una categoría estética superior. Tras la convocatoria electoral, la designación de la secretaria general del PSOE-A para pilotar la estrategia de las urnas nos invita a un ejercicio de memoria: ¿qué puede salir mal con María Jesús Montero dirigiéndolo todo?
Para encontrar la respuesta basta con mirar al sur. En Andalucía no hay que esforzarse mucho para recordar la última gesta de la ahora senadora y parlamentaria. En las pasadas elecciones autonómicas, donde ella misma encabezó la candidatura, logró firmar los peores resultados en la historia de su organización política en este territorio. Jamás el mapa andaluz vio a un PSOE tan desdibujado. En la provincia de Almería, de hecho, el descalabro dejó al partido en mínimos históricos (empató en escaños con Vox pero sacó menos votos, colocándose los terceros), consolidando un distanciamiento ciudadano que ni las apelaciones a la épica han conseguido restañar.
Con esos deslumbrantes antecedentes a sus espaldas, la maniobra se repite a nivel estatal. Y los efectos colaterales no han tardado en dejarse sentir, salpicando hasta a la mismísima huelga general que venía fraguando el Sindicato de Inquilinas por el problema de la vivienda.
Recordemos un detalle jurídico sin importancia: en el Estado español las huelgas exclusivamente políticas están expresamente prohibidas por el ordenamiento constitucional. Claro que, para un Gobierno central que acumula cuatro años saltándose la obligación constitucional de presentar unos Presupuestos Generales del Estado dentro del plazo debido —independientemente de si luego lograba apoyos para aprobarlos o no—, el rigor del texto constitucional parece haberse convertido en una molestia secundaria.
En este enredo, la convocatoria del Sindicato de Inquilinas adolecía de una aparente ilegalidad de origen dada su naturaleza y su difusa articulación formal. Y ahí es donde entra en escena la inestimable cobertura técnica de Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores. Sorprendentemente, tras años en los que Unai Sordo (CCOO) y Pepe Álvarez (UGT) han permanecido en un plácido mutismo sindical sin despeinarse por el coste vertiginoso de la cesta de la compra o las dificultades insalvables para acceder a un techo, de repente han descubierto las urgencias sociales a las puertas de las urnas.
CCOO y UGT se han apresurado a dar cobertura legal al paro interponiendo motivos laborales para blindar la convocatoria y salvarla de la ilegalidad. El malabarismo argumental rozaba el arte conceptual: dos centrales que han venido defiendo el sanchismo, ahora tienen que justificar a toda prisa que las condiciones de trabajo tenían mucho que ver con los precios del alquiler.
Y justo cuando los aparatos de CCOO y UGT intentaban teñir la protesta con un mínimo barniz de legalidad laboral, ha irrumpido la propia María Jesús Montero. Con su habitual aplomo verbal, la responsable socialista ha declarado sin pestañear que las huelgas generales se convoca contra el Gobierno, pero que en este caso concreto, es "contra la oposición", por no votar a favor de sus decretos Maricarmen en el Congreso de los Diputados.
La patada al tablero ha sido monumental. Al proclamar que la huelga va contra los partidos de la oposición, la propia coordinadora de campaña ha venido a confesar públicamente lo que todos sabíamos: que se trata de un paro de carácter estrictamente político y, por tanto, fuera del marco constitucional. En un solo segundo de incontinencia verbal, María Jesús Montero ha hecho saltar por los aires toda la cuidada arquitectura jurídica con la que los sindicatos afines pretendían disimular un acto de agitación electoralista a apenas unos días de que arranque la campaña formal.
Una huelga "preventiva" y "contra la oposición" que pretendía amortiguar el descontento social y movilizar a la izquierda acaba destapada por la propia capitana de la nave socialista. Viendo cómo arranca el engranaje, cabe volver a hacerse la pregunta inicial sin temor a equivocarse en el diagnóstico: con María Jesús Montero al mando de la campaña, efectivamente, todo lo que puede salir mal, saldrá peor.