A este paso, las papeletas para las próximas elecciones van a necesitar el desplegable de un mapa de carreteras. La izquierda a la izquierda del PSOE —y ahora, por lo visto, el propio PSOE abriéndose a la sugerencia de una "candidatura conjunta" para el Senado— nos propone un "frente amplio". Tan amplio, tan sumamente elástico, que abarca desde la socialdemocracia moderada hasta la extrema izquierda independentista, desde los partidarios del capitalismo con rostro humano, a los comunistas prosoviéticos (que aún los hay).
Y todo esta contorsión ideológica, por supuesto, por una única y noble causa de Estado: no dejar pasar al Partido Popular. La estrategia lo es todo; el programa electoral, una mera molestia formal.
Confieso cierta tirantez de derechos de autor con todo esto. En mi novela Todo por la patria, inventé un partido político al que bauticé, precisamente, como Frente Amplio. Si me hubiera dado por registrar la marca en la propiedad intelectual, hoy estaría cobrando derechos de autor a media clase política de España.
Pero lo fascinante no es la coincidencia nominal, sino el milagroso ejercicio de física cuántica que pretenden vender al electorado. Lo que es hoy Podemos se debe a que Íñigo Errejón se escindió y creó Más Madrid, y en su día de Podemos fue una derivación de si Izquierda Unida, que luego se diluyó en Sumar, plataforma de Yolanda Díaz, a quien Pablo Iglesias, en su bendita sabiduría, entregó el proyecto podemita sin ser ella militante del mismo. Ésta creó Movimiento Sumar, que no es Sumar pero está en Sumar, finiquitado antes de amortizar los carteles; y si Podemos, a su vez, rompió con Sumar para irse al grupo mixto con Ione Belarra e Irene Montero al frente... ¿qué es exactamente lo que nos queda?
Nos queda una sopa de siglas donde Gabriel Rufián no sabe si ser el candidato de Esquerra Republicana de Catalunya o de una plataforma plural, siempre que el escaño no corra peligro; donde la exalaldesa barcelonesa Ada Colau insinúa su regreso tras un oportuno retiro estratégico; donde Mónica García, ministra de Sanidad, ensaya el equilibrismo entre el liderazgo madrileño y una candidatura estatal; y donde el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, intenta mantener la compostura técnica en mitad del maremágnum. Y esto sin contar con Antonio Maillo, el paria útil que aporta los votos y la infraestructura.
Frente a esta feria de egos y siglas, conviene recordar el gran mito de la izquierda española: Julio Anguita. Aquel referente comunista andaluz (y muy español y mucho español) acuñó una máxima que durante décadas sonó como un dogma de fe: "Programa, programa, programa". Para Julio Anguita, cualquier alianza entre fuerzas políticas debía asentarse sobre un acuerdo ideológico claro, firmado y medido al milímetro antes de repartir sillones.
Sus herederos actuales han decidido enmendarle la plana por la vía rápida. El lema ya no es "programa, programa, programa", sino "líder, líder, líder". Incluso hay quien insinúa, probablente de modo malvado, que el eslogan es "sillón, sillón, sillón". Nadie habla de qué hacer con las infraestructuras, el agua, la fiscalidad o el modelo productivo. La única discusión real en los despachos es quién va a encabezar la lista en cada circunscripción, qué cara sale en el cartel y quién se queda con la portavocía.
La paradoja es de parvulario: si todas estas formaciones son escisiones de escisiones, si terminaron mal entre ellos, será porque tienen diferencias ideológicas o de proyecto insalvables ¿o no? ¿o eran egos con nómina?. Pretender agrupase ahora bajo un mismo paraguas implica, necesariamente, vaciar de contenido cualquier propuesta política. Para que quepan todos, hay que borrarlo todo.
Aplica aquí a la perfección el refranero popular: quien mucho abarca, poco aprieta. Un frente tan ancho, tan inflado y tan heterogéneo que, al final, para no chocar con el de al lado, se queda absolutamente en chasis.