Opinión

El espacio del PP

Rafael M. Martos | Domingo 11 de octubre de 2026
Con la cita electoral del próximo 29 de noviembre asomando en el horizonte, la demoscopia insiste en dibujar un panorama que roza lo insólito. Si la gestión del Gobierno liderado por Pedro Sánchez resulta tan cuestionada y desgastada como sostienen los analistas, la pregunta surge sola: ¿por qué el Partido Popular no tiene ya garantizada una holgada mayoría absoluta por sí mismo? Es cierto que la suma de la formación de Alberto Núñez Feijóo con la de Santiago Abascal alcanza en los sondeos un margen suficiente para gobernar —asumiendo la cautela que siempre exige la realidad frente a las encuestas—, pero el enigma de fondo persiste. ¿Qué le impide a la principal fuerza de la oposición devorar el espacio central y alcanzar los 176 escaños sin depender de nadie?

El relato de la izquierda busca una explicación cómoda: envolver al Partido Popular y a Vox en el mismo papel de regalo. Es la consigna habitual del PSOE y la extrema izquierda, empeñados en repetir que ambas siglas representan exactamente lo mismo. Basta un coeficiente intelectual básico para constatar que no son lo mismo, pero el problema estriba en que el propio Partido Popular parece empeñado en facilitar la confusión. Mientras el PSOE mengua hasta quedar reducido prácticamente a su núcleo de militantes y hooligans, un inmenso contingente de electores de centro —socialdemócratas desencantados, votantes de perfil liberal y ciudadanos pragmáticos que históricamente han alternado su papeleta entre un partido y otro según la gestión o el candidato— se halla hoy en el más absoluto desamparo político.

Ese desamparo no es fruto del azar, sino de un evidente tropiezo estratégico. En su intento por taponar la fuga de votos hacia la extrema derecha, la dirección del Partido Popular ha ido cediendo terreno y asumiendo la música del discurso ajeno. Ocurre con la gestión de la inmigración, con el debate del cambio climático y, de manera reciente, con las dudas sembradas sobre el voto por correo, donde Alberto Núñez Feijóo llegó a cuestionar públicamente a la cúpula directiva de Correos. Al imitar el lenguaje de Vox con la ilusión de recuperar al votante perdido, la derecha moderada deja desabastecido el espacio donde realmente se ganan las elecciones: ese centro templado que aborrece la estridencia.

La paradoja de este escenario es que el PSOE y Vox viven en una cómoda simbiosis. Sin la polarización que alimenta Pedro Sánchez, el partido de Santiago Abascal difícilmente pasaría de ser una facción ruidosa dentro de la sede de Génova. Conviene recordar aquella célebre conversación con el micrófono abierto en la que José Luis Rodríguez Zapatero le confesaba al periodista Iñaki Gabilondo que «nos conviene que haya tensión». La fórmula no ha caducado. La tensión permanente alimenta a los extremos y condena al Partido Popular a una incómoda tierra de nadie, alejándolo del votante de centro que busca moderación en la gestión.

Hasta en otras coordenadas del mapa político se comprende mejor la aritmética del poder. La formación EH Bildu ha demostrado entender que la continuidad del PSOE en el Gobierno del Estado favorece sus pretensiones en Euskadi, por lo que opera con prudencia táctica, evitando visibilizar victorias que alienten el enfado del electorado socialista. En cambio, la tendencia de Vox a arremeter contra Alberto Núñez Feijóo termina convertida en el mejor balón de oxígeno para Pedro Sánchez. Aunque el hecho de compartir gobierno en diversas Comunidades Autónomas obligue a matizar los enfrentamientos directos, las constantes ganas de la extrema derecha por presumir de cómo «doblega» al Partido Popular solo consiguen asustar al elector moderado y empujarlo de vuelta a las filas socialistas.

Devolver la normalidad institucional requiere que el Partido Popular defina con claridad su terreno de juego. La estrategia pasa por dejar la extrema derecha a la extrema derecha y volcarse en conquistar a ese electorado huérfano de centro, un espacio etéreo donde conviven votantes contrapuestos en ocasiones, pero que coinciden en lo esencial: el respeto mútuo.
 
La teoría parece de una lógica aplastante; comprobar si la dirección del Partido Popular dispone del temple e inteligencia política para aplicarla antes del 29 de noviembre es una incógnita cuya respuesta veremos en las urnas.

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