Opinión

Política para adultos

Rafael M. Martos | Lunes 19 de octubre de 2026

Admito de entrada que el titular está tomado del libro publicado por Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno. Aquella obra no pasará a los anales de la gran literatura ni figura precisamente entre las lecturas más recomendables para alimentar el intelecto, si bien contenía alguna pincelada de socarronería y retranca digna de mención, como corresponde a un buen gallego y mejor parlamentario. Sin embargo, el concepto resulta innegablemente sugerente.

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A Mariano Rajoy le tocó presenciar desde la primera fila del Palacio de la Moncloa la irrupción de formaciones como Podemos, Ciudadanos y, un poco más tarde, Vox. Aquellos partidos venían a romper el tradicional esquema bipartidista imperante entre el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), una alternancia entre el centro-derecha y el centro-izquierda salpimentada con los habituales apoyos externos de las minorías periféricas. Aquella llamada «nueva política», que prometía regenerar las instituciones, nos ha traído directamente a los lodos actuales.

Para muestra, el sonado beso entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su esposa, Begoña Gómez, durante un mitin de precampaña. A los ciudadanos nos resulta absolutamente indiferente si el presidente ama con locura a su cónyuge o si no puede verla ni en pintura. Ciertamente, habrá quien recuerde que semejante demostración de afecto hollywoodiense se produjo en un contexto en el que Begoña Gómez figura como investigada ante los tribunales por presuntos delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios, supuestamente cometidos al amparo de la jefatura del Ejecutivo que ostenta su marido. Pero insistamos: la afectividad de la pareja presidencial carece de relevancia pública. Lo desolador es cómo ese ademán, calculado al milímetro para ser viralizado por los medios de comunicación y rebotado compulsivamente en TikTok, sustituye al debate político real. Tan infantil resulta el despliegue del PSOE elevando un ósculo a categoría de épica democrática, como las chirigotas y memes elaborados por el PP para mofarse de la escena. La política convertida en guardería de titulares efectistas.

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Mientras la trinchera mediática consume horas analizando la gestualidad conyugal, los problemas estructurales siguen intactos. Tómese como ejemplo el drama de la vivienda, que fue el detonante electoral Los ciudadanos aguardan soluciones tangibles, no piruetas de mercadotecnia. Asistimos al fracaso de decretos ley que naufragan en el Congreso de los Diputados o encallan en la Diputación Permanente por carecer de respaldos parlamentarios sólidos. Se anuncian a bombo y platillo inversiones millonarias en vivienda pública, pero ¿cómo se pretenden acometer sin unos Presupuestos Generales del Estado aprobados? Plantear planes multimillonarios, deducciones fiscales, subvenciones, ayudas... sin cuentas públicas que los respalden es un ejercicio de prestidigitación contable que roza la tomadura de pelo.

Ocurre algo idéntico cuando se aborda el sistema público de pensiones. Desde la izquierda se repite como un dogma que el sistema goza de excelente salud y que no está quebrado. Sin embargo, la realidad de los datos desmonta el eslogan. Durante los últimos años se han introducido reformas sucesivas —incluyendo figuras recaudatorias como el Mecanismo de Equidad Intergeneracional, o directamente su congelación, como hizo Zapatero con el foto favorable de Sánchez— cuya consecuencia directa es que el cotizante pague más durante más tiempo para terminar percibiendo una prestación con menor poder adquisitivo relativo (y no relativo). Si para sostener la caja es preciso rellenar periódicamente la hucha con transferencias directas procedentes de la recaudación general del Estado, admitir que el modelo contributivo funciona por sí solo es una quimera. Por su parte, la derecha parlamentaria abandera el discurso catastrofista afirmando que el sistema es insostenible, pero evita con cautela proponer una alternativa rigurosa, cuantificada y transparente, para que sepamos qué quieren hacer, valoremos, y votemos en consecuencia... como adultos. Quienes ya perciben su pensión no verán alterada su prestación, pero las generaciones más jóvenes se enfrentan a un horizonte de incerteza económica.

La gestión pública exige superar el formato de quince segundos al que no solo los jóvenes están abonados, porque es deprimente ver el pulgar compulsivo de cualquier adulto con un minuto libre.

Se requieren decisiones rigurosas, números reales e instituciones maduras. Menos efusividad teatral, menos disputas de patio de colegio y más soluciones de gobierno. La verdadera política para adultos empieza cuando se apaga la cámara del teléfono móvil y se gestiona la realidad.

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