París vuelve a arder. Coches calcinados, contenedores ardiendo en barricadas improvisadas y las fuerzas de seguridad francesas empleándose a fondo. Para el observador apresurado, las imágenes de la capital gala rozan el caos absoluto. El derecho a la manifestación, pilar sagrado de cualquier sistema democrático, se desdibuja cuando la violencia destructiva destroza el patrimonio de una de las ciudades más bellas del planeta. Sin embargo, lo verdaderamente instructivo de esta nueva ola de disturbios no es la acostumbrada furia de la calle parisina, sino las piruetas argumentales que se ejecutan a miles de kilómetros de distancia.
Con una sincronía pasmosa, voceros vinculados al régimen de Vladimir Putin y figuras de la derecha populista estadounidense, con Donald Trump y J. D. Vance a la cabeza, han dictado sentencia rápida. Según su diagnóstico, el único responsable de la quema de mobiliario urbano en el país vecino no es otro que la inmigración, causante —según su relato— de la pérdida de la "identidad europea". Hay que reconocerles una audacia rozando la ignorancia supina para lanzar semejantes proclamas sin despeinarse.
Conviene refrescar la memoria histórica a estos analistas de titular rápido. Cuando los parisinos decidieron tomar la Bastilla en 1789, cortar el cuello al rey Luis XVI, guillotinar a María Antonieta y purgar a media corte monárquica, no existían flujos migratorios cruzando el Mediterráneo. Los franceses no necesitaron ayuda externa para organizar la Revolución Francesa, tumbar la monarquía absoluta, implementar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano e incendiar políticamente todo el continente. El pueblo francés ha sido históricamente de armas tomar; la proclividad a la revuelta violenta está grabada en su ADN político mucho antes de que la geopolítica globalizara los movimientos migratorios.
Resulta irónico escuchar lecciones sobre la "pureza nacional" o la "preservación de la identidad" de boca de dirigentes como Donald Trump o J. D. Vance. ¿Desde qué atalaya histórica hablan quienes son descendientes directos de los colonizadores europeos que ocuparon el continente americano? Si alguien sabe lo que significa alterar drásticamente la fisonomía de un territorio y arrinconar a su población autóctona, fueron precisamente las oleadas europeas que redujeron a la mínima expresión a los nativos americanos. Basta comparar el rostro de los mandatarios en Washington con el de cualquier habitante originario del norte de América para comprobar hasta qué punto sostener hoy discursos sobre la pureza de sangre o el nativismo raya en el esperpento.
Y ojo, no soy yo quien hace presentismo, son ellos. Hay que entender aquellas conquistas y colonizaciones a sangre y fuego, contextualizándolas en su momento, pero eso no oculta el hecho de que ocurrir, ocurrieron, y de ahí que hoy alguien como Trump o Vance se autodenominen "americanos".
El conflicto que sacude hoy a las periferias francesas —y cuyas réplicas socioeconómicas se perciben también en el conjunto del España— no es una cuestión de raza ni de origen geográfico. Es, lisa y llanamente, una brecha de desigualdad social. Las banlieues y los barrios humildes acumulan años de desatención institucional, desempleo y falta de expectativas, problemas que afectan tanto a los jóvenes de los suburbios parisinos como a las familias trabajadoras de este país. Pretender reducir la tensión social a un problema racial es la salida fácil del populismo: un señuelo que la extrema derecha explota con avidez y que potencias extranjeras como Rusia y EE.UU. aprovechan para desestabilizar a Europa, porque unida es un rival, y divida en "patrias" es débil (que no digo que estén mal las "patrias", y que cada cual tiene la suya, me refiero a la división).
En democracia es legítimo discrepar, protestar y exigir soluciones cuando el sistema no responde a las necesidades de la ciudadanía. La violencia en las calles debe ser rechazada, pero atribuir el descontento a la inmigración es falsear la historia. Los franceses llevan siglos demostrando que no necesitan excusas externas para plantarle cara al poder cuando la desigualdad aprieta.