A veces te toca ser feliz. Lo sé porque a veces me pasa. Y hay otras que te condenan a la desgracia. La de Jennifer y sus dos hijos, la semana pasada en Las Palmas, es una de ellas. Pero podría haber ocurrido en el Centro Histórico, Los Molinos o la Avenida del Mediterráneo.
El 13 de octubre, Jennifer perdió su casa sin alternativa estable para ella y sus hijos, de cuatro y dieciséis años. No es un caso aislado: en 2025 hubo en España 24.540 lanzamientos judiciales; 377 en Almería, 223 por impago del alquiler, según el CGPJ.
Lo ocurrido a Jennifer no es ajeno a quienes acampan en la plaza Emilio Pérez. Allí hay jóvenes que trabajan y no pueden independizarse, madres solas y mayores a los que les han subido el alquiler y personas solidarias. Gente practicando la vida en una plaza muerta, plantando cara a un sistema injusto.
Podrían haberse preocupado solo por lo suyo, pero se han organizado para ayudar a los demás. A cambio, han recibido insultos como “vagos” y “perroflautas”. Reclaman que ninguna familia tenga que afrontar sola la incertidumbre de no saber dónde dormirá mañana.
El Ayuntamiento ha pedido dos veces en octubre el desalojo de la plaza, pero no parece tener la misma prisa por facilitar el acceso a una vivienda digna a quienes no pueden pagarla.
Están ahí para visibilizar que trabajar ya no da para techo cuando una habitación cuesta 350 euros y un piso, 800. Las cuentas no salen. A quien no puede pagar los actuales precios de alquiler le da igual qué administración tiene la competencia. Lo que necesita es poder pagar una casa donde vivir.
Por eso acampan en la plaza Emilio Pérez, como en Granada, Córdoba o Málaga: para que ninguna madre tenga que explicar a sus hijos dónde dormirán mañana y para preguntar cómo es posible que haya pisos vacíos y vecinos sin techo.
Una ciudad no se mide por sus logros urbanísticos ni por sus grandes eventos, sino por la suerte de quienes quedan fuera. Cuando una familia pierde su casa sin alternativa digna, la intemperie deja de ser un problema privado y se convierte en una pregunta colectiva.
Por eso, la próxima vez que pases por esa plaza, párate un segundo. Basta con intentar entender por qué están ahí.
Puede que el Ayuntamiento consiga desalojar la plaza, pero no podrá desalojar la solidaridad de quienes se niegan a aceptar que en esta ciudad haya vecinos sin techo.