Opinión

Mujeres que me inspiran

Juan Torrijos Arribas | Domingo 25 de octubre de 2026

Durante años, cuando buscabas escritoras almerienses en las antologías, encontrabas un vacío. Estaban los nombres de siempre, los hombres de siempre, y apenas unas pocas mujeres. No es que no escribieran. Es que no se las miraba. Almería ha tenido siempre escritoras, pero su rastro se ha contado a media voz, en recitales pequeños, en libros autoeditados, en columnas de periódico que amarilleaban. Afortunadamente, ese relato se ha roto.

Basta una mirada atrás para entender cuánto deben las letras almerienses a mujeres que abrieron camino cuando su presencia en la cultura no estaba garantizada. Carmen de Burgos, periodista, escritora y defensora de los derechos de las mujeres; Isabel Millé Giménez, investigadora y estudiosa de nuestra literatura; María Enciso, cuya obra quedó marcada por el exilio. Sus trayectorias fueron distintas, pero todas ampliaron el espacio de la palabra y dejaron una herencia que aún nos acompaña.

A esa herencia contribuyeron también mujeres que sostuvieron la vida cultural de Almería y facilitaron el encuentro entre generaciones. Pienso en Pilar Quirosa-Cheyrouze, por su compromiso literario y su labor de difusión; y en Ana Santos Payán, por el impulso editorial que ayudó a dar visibilidad a nuevas voces. La literatura no se construye únicamente escribiendo: también hacen falta quienes crean espacios, editan, acompañan y consiguen que los libros lleguen a los lectores.

Hoy ese legado se transforma en una escritura diversa, menos dispuesta a aceptar límites. En las obras de Noelia Cortés y Begoña Callejón encuentro voces que se acercan a los márgenes, exploran contradicciones y miran de frente aquello que a veces preferimos no nombrar. 

Me interesa también la mirada reflexiva de Virginia Fernández Collado, la escritura directa y generacional de Carmen G. de la Cueva, que hace de lo íntimo un lugar político, y la voz limpia y dura de Gracia Morales, que explora las grietas de la familia. Tres miradas distintas que amplían un paisaje literario en el que conviven diferentes maneras de entender el mundo.

Hay, además, una voz a la que echo de menos: la de Gloria Langle. Su poesía callada y honda, hecha de mar, casa y memoria, nos recordó que lo cotidiano también puede ser territorio poético. La literatura vive en los libros que publicamos, pero también en las lecturas que nos acompañan y en las voces a las que seguimos esperando.

Durante mucho tiempo, muchas escritoras tuvieron que buscar fuera el reconocimiento que aquí no encontraban. Hoy sus libros empiezan a ocupar el lugar que merecen. Y leerlas es también descubrir una Almería que durante demasiado tiempo apenas supimos mirar.

Las redes sociales, los recitales, las editoriales y las iniciativas universitarias abren nuevas vías de encuentro. Cambian los espacios y las formas de difusión, pero permanece la necesidad de compartir la palabra.

El otro día, ordenando libros, me di cuenta de que mi estantería de autores almerienses ya no es la misma que hace diez años. Hoy hay en ella muchas más mujeres, con voces, estilos y miradas diferentes. No es solo una cuestión de presencia: sus libros han encontrado un lugar en mis lecturas y han ampliado mi manera de entender esta tierra.

Por eso me inspiran estas mujeres. Porque, al leerlas, descubro otras formas de mirar esta tierra y de mirarnos a nosotros mismos.

 

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