Opinión

Cuando el zangolotino pasa de la consola a la acción

Antonio Felipe Rubio | Martes 27 de octubre de 2026

Actualmente existe una legión de expertos en múltiples disciplinas. No se trata de inquietos diletantes ávidos de nuevos conocimientos o para perfeccionar ciertas aficiones, sea profundizando en las artes, las letras o las ciencias.

Ahora los zangolotinos son expertos pilotos de Airbus 380. Conducen un fórmula 1 a más de trescientos kilómetros por hora. Navegan por los siete mares con destreza sorteando huracanes y ciclones. Son capaces de viajar por el espacio exterior descubriendo exoplanetas. Pueden realizar operaciones quirúrgicas de alto riesgo y complejidad… y se pasan el día entero compartiendo juegos, retos e intercambiando todo tipo de borderías entre nutridos grupos que retroalimentan descabelladas experiencias y, en el fondo, enormes frustraciones vitales.

Como diría la inolvidable ministra, las diferentes expertitudes nacen de las facilidades que aporta la nueva tecnología. El avance de la IA, así como el perfeccionamiento de las consolas y sus innumerables gadgets permiten una inmersión en la realidad virtual que, como cabría esperar, adquiere un gradiente de nuevas sensaciones, emociones y riesgo.

El incremento de adrenalina también es un elemento incorporado a este mundo de ficción, que deja de ser ficticio cuando te juegas el prestigio, el liderazgo, la primacía… y el dinero. Y este es el mayor riesgo: pasar del divertimento virtual a la acción real con riesgo tangible.

Sin duda -eso creo-, el éxito de algunos videojuegos radica la complejidad y crudeza de las batallas. Armamento, munición, explosivos, carros de combate, misiles… El zangolotino combatiente conoce todos los detalles del arsenal y las tácticas bélicas. Para él no es un secreto saber cómo funciona un arma, la capacidad destructiva, cómo se dispara y, especialmente, cómo se construye un explosivo, un artefacto pirotécnico, un lanzador de objetos o un cóctel molotov.

Ahora sólo falta el fulminante social. El zangolotino se aburre; pero le llegan por sus habituales y nutridos canales de comunicación invitaciones para el lucimiento personal dimanante de sus preciados conocimientos.

El agitador social es sabedor de esa legión dispuesta a levantarse del ahormado sillón, salir de la mefítica habitación… y luchar por una buena causa. El fulminante social les dice que todo está muy mal: nadie les regala la casa, el alimento, el móvil y, además, les dicen que tienen que estudiar, trabajar y que los políticos y la Policía los tienen muy puteados. El zangolotino ya no está solo. La gregaria cobertura del colegueo le otorga una fuerza casi tan mortífera como la del pulsador de su Joystick. La garantía de adrenalina, en este otro caso, es desbordante. Así, el zangolotino atiende a las instrucciones de atuendo, hora, lugar, objetivos y estrategia de combate. Y agarra, coge, pilla y va.

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Normalmente, este tipo de zangolotino suele ser un mierdecilla. Aparecen escuincles, niñatos y mocosos que se creen sietemachos cuando agreden a personas indefensas gracias a la fuerza de la horda. Posteriormente, todo confluye en la razia. Roban, saquean y destruyen por una irracional inercia hacia la delincuencia mas abyecta. No saben exactamente por qué hacen lo que hacen. Obedecen a una llamada, una señal y un desarraigo social.

Se dicen antifascistas cuando son perfectos émulos de la Kristallnascht (Noche de los cristales rotos). Una vez desatado el caos, sus prioridades pasan por robar el smartphone, ropa de marca, informática, deportes… y una mejor consola para continuar la instrucción.

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Antes de continuar, pido disculpas por generalizar. Hay aficionados a los videojuegos y a la industria que los genera y comercializa que no se encuadran en estos comentarios. Insisto, disculpen. No todos son iguales.

Ahora, detengámonos en los datos: Barcelona, 23 comercios saqueados y destruidos; veinte cuentas de TikTok, Telegram, WhatsApp y otras convocando a quemar las calles y los comercios; setenta detenidos son menores de edad, la inmensa mayoría son de origen magrebí. Además, se investiga la naturaleza de un grupo denominado “Blocus” y su posible conexión con los hechos violentos en Francia y otros países europeos.

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La sintomatología de esta violencia es de complejo diagnóstico, pero si se atisba protagonismo es prioritario un tratamiento radical y urgente. La pasividad y presunta connivencia de ciertos gobiernos, así como la incitación y financiación por parte de ideologías con ánimo de reemplazo social y cultural podrían estar en la génesis de estos inadmisibles brotes.

Mientras tanto, la patria potestad podría hacer todo lo posible para que el zangolotino, el niñato y el mocoso no pasen de la consola… a la acción.

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