Opinión

Dimisión, ya

Rafael M. Martos | Jueves 29 de octubre de 2026

Como no soy político, me voy a permitir el lujo de no ponerme de perfil y pedir, sin rodeos, lo que en cualquier empresa privada o administración con un mínimo de decoro institucional sería un trámite automático tras lo ocurrido: la dimisión inmediata del ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente. Así de claro y de contundente.

Sé perfectamente que el ministro no es el culpable directo de que un tren descarrile o sufra un accidente devastador como los ocurridos en Adamuz o en Urda. Tampoco le acuso de ponerle manualmente palos en las ruedas a los trenes de alta velocidad, ni a los de media distancia, ni a los de cercanías. No, ya sé que no tiene tiempo de sabotear el sistema ferroviario, pero lo que no se puede tolerar es que el ministro más chulo, charlatán y agresivo del Gobierno de Pedro Sánchez —el mismo que anda dando lecciones morales a diario a todo el que se cruza en su camino— se ponga de perfil cuando la realidad de las vías aplasta sus discursos.

Estamos ante un auténtico «bocazas» cuando se trata de culpar a los demás de cualquier mal del mundo; un ministro que dedica horas y energías a tuitear con un tono chulesco, desafiante e insultante, en lugar de gestionar un ministerio que se le cae a pedazos. Mientras él despilfarra su agenda en la red social X, los trenes de cercanías fallan más que una escopeta de feria, y la alta velocidad, que era un orgullo indiscutible de puntualidad, ha tenido que cambiar a toda prisa su política de devoluciones por retrasos para evitar que las indemnizaciones le reventaran los presupuestos.

Uno de los argumentos recurrentes a los que se agarra el ministerio para justificar el caos es que «ahora pasan muchos trenes por las vías». Pero la demagogia se cae en cuanto se confronta con la realidad de los números, porque aquí circulan una media de 35 trenes al día por cada kilómetro de vía. ¿Es una cifra desorbitada? En absoluto: la media europea se sitúa en 55 trenes diarios, y en países como Alemania la cifra se dispara hasta los 79 trenes por kilómetro. Por tanto, el problema no es la densidad del tráfico ferroviario, sino que el verdadero problema radica en que la infraestructura padece una falta sangrante de inversión en mantenimiento que intenta opacar con datos manipulados (sin diferenciar entre inversión en infraestructura y mantenimiento de la misma, sin tener en cuenta el dato de inflación...). La gestora pública, Adif, parece haber volcado sus prioridades en la caja registradora —cobrando cánones a las nuevas compañías privadas que han desembarcado con la liberalización—, pero olvidándose de reinvertir ese dinero en cuidar las vías y garantizar la seguridad.

Y mientras la gestión se desmorona y la infraestructura se exprime sin el mantenimiento adecuado, asistimos a siniestros dantescos con un balance trágico que hiela la sangre. Pero el ministro nunca tiene la culpa de nada. Teniendo bajo su responsabilidad uno de los ministerios con más grietas de todo el Gabinete, su reacción es siempre la misma: balones fuera. 

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Resulta sangrante repasar la memoria de este ministro. Es el mismo que, ante cualquier desgracia o gestión deficiente en una administración gobernada por el Partido Popular, saca a pasear la palabra «asesino» sin el menor pudor, como pasó con el fallecimiento de la célebre Maricarmen. ¿Por qué con Óscar Puente hay que tener la santa paciencia de aguantarle el puesto como si fuera inmune a las consecuencias de su incompetencia? ¿Por qué tuvo que dimitir el ya exconcejal Diego Cruz por conducir bebido una noche de Feria, sin producir ningún accidente, y no se le debe pedir responsabilidad al ministro reincidiente?

Ys más ¿por qué es carroñero pedir la dimisión de Puente por este asunto, y no lo es pedir la del presidente de la Junta de Andalucía por el caso de las mamografías, cuando ya destituyó a la consejera y a la cúpula del principal hospital afectado? ¿o pedírselo por el incendio de Los Gallardos? Juanma Moreno no hace las mamografías, ni elige los aparatos, ni determina los protocolos, tampoco diseña cómo debe apagarse un incendio, ni cuando mandar un EsAlert. 

Y para colmo, cuando sale a dar explicaciones ante los medios de comunicación tras un accidente trágico, todo es un espectáculo de desconcierto. Nos dice que el sistema se ha caído por un fallo informático, pero cuando le preguntan por qué se ha producido semejante caída, responde con un encogimiento de hombros diciendo que no se sabe. ¿Cómo es posible que trenes abarrotados de miles de pasajeros dependan de sistemas que colapsan en cadena sin que exista un backup de seguridad, y el máximo responsable no sepa ni ofrecer una respuesta técnica mínimamente coherente? Nos ofrece una cronología de los hechos, sí, pero no explica nada y elude cualquier tipo de responsabilidad política.

Entiendo que sea pronto para saber qué pasado realmente, pero es que él ya tiene claro que la culpa es de un fallo humano, por tanto sí que sabe qué y por qué ha ocurrido todo

Pero vayamos atrás ¿Qué medidas reales ha tomado el ministerio desde el accidente de Adamuz hace apenas diez meses? Nadie lo sabe. Tal vez porque el ministro no tiene tiempo material para estar al frente de un ministerio de tanto peso. Dedica tanto tiempo a insultar a la oposición en redes sociales y a dar lecciones de ética pública que la gestión de la movilidad se le ha escapado de las manos.

Los trenes no funcionan, las averías son el pan de cada día, se acumulan las tragedias mortales en la vía y Óscar Puente sigue tan pancho. No dimite ni piensa hacerlo porque, claro, «él no conducía el tren». Ese es el nivel, Maribel. Pero tener la lengua tan larga exige, al menos, la dignidad de saber cuándo marcharse.

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