En política, la aritmética tradicional suele sufrir mutaciones extrañas: uno más uno no siempre da dos como hemos visto tantas veces (¿recuerdan el pacto de los botellines?). Dependiendo de quién haga la cuenta, puede dar tres, quedarse en uno o, directamente, sumar un cero bien redondo (un cero "zapatero"). De esta contabilidad creativa sabe bastante María Jesús Montero, a quien el secretario general del Partido Socialista (PSOE) y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha tenido a bien encomendar la dirección de la campaña electoral, en lo que resulta ser todo un voto de confianza tras recordar el descalabro histórico que la propia María Jesús Montero cosechó en la Comunidad Autónoma de Andalucía, firmando los peores resultados de la trayectoria socialista en lo que durante cuatro décadas fue su feudo inexpugnable.
Hay que reconocer no debería sorprender semejante visión del cálculo a quien se ganó el apelativo de «Chiquiministra». Seguro que lo recuerdan. Ocurrió en los pasillos del Congreso de los Diputados, cuando una periodista le apretó las tuercas sobre la elaboración de unos Presupuestos Generales del Estado que, dicho sea de paso, la entonces ministra fue incapaz de presentar año tras año, incumpliendo el mandato constitucional. Aquella respuesta espontánea —«Chiqui, esos son 1.500 millones, que se sacan de aquí o de allí»— dejó al descubierto una doctrina económica muy particular: la de considerar que un puñado de millones arriba o abajo carece de mayor trascendencia.
Con semejante bagaje, el salto del saldo presupuestario al cálculo de papeletas era cuestión de tiempo. Si 1.500 millones son calderilla, ¿por qué no iban a sumar automáticamente los votos de la izquierda para amarrar un escaño? Bajo esa premisa de servilleta de bar ha germinado la entente cordiale entre el PSOE y Frente Amplio (donde se integra Izquierda Unida) para concurrir en coalición al Senado en las elecciones generales bajo la marca Senado de Progreso.
Sobre el papel, en la provincia de Almería, el planteamiento suena idílico. Las prospecciones demoscópicas y el aliento de los últimos comicios autonómicos pintan un panorama sombrío para la bancada socialista almeriense: tres senadores para el Partido Popular (PP) y el cuarto en disputa directa para Vox, lo que dejaría al PSOE con la casilla a cero. Al unir siglas en una lista conjunta, la teoría matemática de María Jesús Montero dice que el candidato número uno del PSOE, José María Martín, amarraría esa representación parlamentaria, llevando como número dos a la coordinadora de Izquierda Unida, María Jesús Amate, que no entraría, pero oye, todo sea por parar el fascismo, que para eso los comunistas son muy sacrificados.
Sin embargo, la realidad en nuestra provincia suele ser bastante más testaruda que los esquemas previstos desde Madrid. Basta echar una ojeada a lo ocurrido en municipios como Garrucha, Turre o Rioja, donde la alcaldía acabó en manos del Partido Popular gracias a las desavenencias, vetos o abstenciones de las propias fuerzas de izquierda. En esos pueblos, los desencuentros entre el PSOE y sus socios habituales no son debates teóricos, sino rencillas con nombres y apellidos.
¿Acatarán sin rechistar los votantes de izquierda de Garrucha, Turre o Rioja la consigna de votar la papeleta que encabeza José María Martínm, solo porque Amate va de dos y sin posibilidades? ¿O reaccionarán los militantes socialistas metiendo en el sobre la X para María Jesús Amate que no ha sido capaz de controlar a los suyos en esos sitios? Aunque el pegamento de esta alianza responda a la urgencia compartida de frenar el avance de Vox en la provincia, pretender que el votante actúe como un robot que suma automáticamente es pecar de un optimismo desmedido.
A María Jesús Montero le pareció fácil mover 1.500 millones de euros de aquí para allá, pero en política local los votos ni se transfieren por decreto ni se redondean al alza. Veremos si el próximo recuento confirma la suma o si la contabilidad de la provincia de Almería termina propinándole a la izquierda otra lección de aritmética elemental.