Opinión

Tiempo de difuntos

Ignacio Ortega | Lunes 02 de noviembre de 2026

El domingo pasado cambié La Molineta por el cementerio de San José. Era tiempo de Difuntos. Subí caminando por Rambla Amatisteros y continué por la de Iniesta. Hacía una espléndida tarde de sol otoñal.

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No soy aficionado a los cementerios, pero entiendo su lenguaje. De chiquillo acompañaba en procesión a mi madre a los entierros de conocidos del pueblo desde la iglesia hasta las puertas del cementerio.  Las mujeres iban rezando el rosario y los hombres hablaban del campo y de si iba a llover. En aquella España de silencios, la muerte era una excusa para caminar juntos.

Ante la hermosa fachada del cementerio, obra de Trinidad Cuartara, entro en otra ciudad, hecha de nombres y silencios. En la plazoleta, las flores esperan a los vivos. Rosas, crisantemos, claveles y gladiolos componen una primavera terca en otoño. Sobre las lápidas grises, sus colores desafiarán por unos días a la muerte. Una señora regatea los crisantemos: “El año pasado estaban más baratos”. La vendedora, sin levantar la vista del cubo, responde que este año también se ha muerto más gente.

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Esa tarde, el cementerio bullía de pasos y murmullos. Nada más entrar, en la zona de personas ilustres, me encuentro con Celia Viñas, que hizo de Almería su patria y puso palabras a esta ciudad. Aquí eligió descansar. Su tumba, señalizada y cuidada, contrasta con tantas otras en las que el tiempo ha borrado hasta el recuerdo.

A los republicanos fusilados no sé dónde buscarlos. Sus tumbas se han perdido, y con ellas el lugar al que acudir con una flor. Un viento infame truncó sus destinos. Ni siquiera el muro de la entrada conserva las marcas de los fusiles.

En el recinto del cementerio conviven el espacio católico, un área civil, otra inglesa, una zona musulmana y una fosa común. Los nichos se elevan en cinco alturas. Los más altos son más baratos; las sepulturas en tierra y el osario recuerdan que ni siquiera el descanso escapa a las condiciones materiales. También aquí la memoria tiene un precio.

Cada tumba guarda una historia distinta. Más allá, junto a la lápida de Concha Robles, alguien sigue depositando flores. Quizá esas flores sean también un homenaje a tantas mujeres asesinadas cuyo recuerdo no debe caer en el olvido.

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No busqué a nadie más. El sol de la tarde caía sobre los nichos más altos. Bajé de nuevo por Rambla de Iniesta. Los puestos de flores ya recogían. Quedaban cuatro crisantemos en un cubo.

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