Opinión

Las mentiras no tienen las patas tan cortas

Angel Rodríguez Fernández | Miércoles 4 de noviembre de 2026

El 29 de noviembre se habrán cumplido 3 años, cuatro meses y seis días de legislatura; para los que votamos al PSOE el 23 de julio del 2023, 3 años, cuatro meses y seis días de mentiras sanchistas. Esperemos que no sea más de lo que podía aguantar nuestro país.

Porque nada más empezar, y con la interferencias del pico a Rubiales, se nos hizo tragar la pactada autoamnistía, un ruido ensordecedor, no se pidió el cese de Rubiales como la solicitud amable y tranquila de la dimisión del tuitero Puente tras más de cien muertos en un año provocados por la mala gestión de su ministerio. No podía ser de otro modo, esta trola no podía ser digerida si no era con un país en armas, y el chivo expiatorio fue el hortera de Luis Rubiales.

En esto de la exigencia de responsabilidades, el sanchismo ha sido una montaña rusa cubierta de cinismo. Se hiperventila cuando es necesario para activar a los sanchiplanistas y se modula cuando no hay más remedio que solicitarla a uno de los suyos. El personal sabrá cuándo y a qué me refiero.

Nos mintieron con las acusaciones de bulos, cuando lo que había eran investigaciones periodísticas sobre su hermano o su mujer —nepotismo—, o sobre sus ministros, secretarios generales o portavoces —corrupción—, o con la demagogia siempre presente —ministra portavoz cesada, como el ministro ayer, por pura aritmética electoral—.

Nos mintieron, nos hicieron mirar hacia otro lado, hacia Gaza, hacia Trump, en defensa de los derechos humanos, valores imposibles de no compartir, pero el objeto no era otro que subsistir cínicamente, abrazando esos valores a destiempo y siempre discontinuamente, sin unos principios inquebrantables. Lo que valía en una ocasión era omitido en otras similares. Discursos que solo se pueden aceptar desde la ceguera más absoluta.

¿Y qué decir de su izquierda del PSOE? Aquella que durante toda la Transición nos sirvió de bandera ética y de inquebrantables principios. El sanchismo la ha doblegado, la ha arrastrado con ellos, la arrastró a Waterloo y la ha arrastrado en todos y cada uno de los casos de corrupción sanchista que negó primero y permitió después. Ayer fue una vergüenza oír a Rufián decirle al ministro tuitero que fue un gran ministro. El mismo que llamó «homicida», «inútil» y «sicópata» a un expresidente de una comunidad autónoma.

Esta deriva de estos líderes desprovistos de principios nos hace peores a todos y, en especial, a sus aferrados pedroplanistas. Me provocó horror primero y desprecio después la referencia de RTVE a la ministra Fátima Báñez, víctima de Urda, culpabilizándola por su paso por el ministerio. Acto seguido, en las redes sociales se compartieron, por los devotos pedroplanistas, memes e insultos a esta señora recientemente fallecida víctima de la actuación gestora.

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Ayer se consumó ante todos la imagen viva del sanchismo: unas declaraciones en el centro mismo de las libertades constitucionales. Un señor cesado dramatizó una dimisión de forma orgullosa, déspota, olvidando que el centro son las víctimas, ni el partido ni los resultados electorales.

Hoy el mundo está de enhorabuena, hoy la paz está un pasito más cerca. Ayer el trumpismo se quedó sin Congreso ni Senado. Los principios de hermandad y cooperación están más cerca de ser alcanzados. Aquí, en mi país, espero que el día 30 sea también un buen día, que el sanchismo y todo lo que ha representado se quede temblando y no tengan los tramposos más remedio que dejar paso a los socialdemócratas que en estos años de tahúres hayan permanecido fieles a sus principios.

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