En política, hay cosas que parecen no cambiar nunca. Pasan los gobiernos y se suceden las legislaturas, pero las formas de actuar de los políticos permanecen intactas. Una de ellas es la facilidad para exigir responsabilidades a los demás y la resistencia a asumirlas cuando el problema afecta a los propios.
El accidente de Urda obliga a mirar lo que pasó, no el partido en el que milita el ministro. Y hay un dato que merece una explicación: la línea Madrid-Sevilla sigue utilizando el LZB, un sistema instalado en 1992, mientras continúa pendiente su sustitución por el ERTMS europeo. ¿Por qué se ha retrasado esa modernización durante tantos años? No podemos afirmar que la sustitución del sistema hubiera evitado el accidente, ni que su antigüedad fuera determinante en lo ocurrido. Pero sí es legítimo preguntarse si se han adoptado a tiempo todas las medidas necesarias para garantizar la seguridad de una línea que soporta un tráfico ferroviario cada vez mayor.
Según la información provisional difundida por el Ministerio de Transportes y recogida en las primeras comunicaciones sobre el accidente, a las 8:30 del 28 de octubre falló el LZB en un tramo de la línea y varios trenes quedaron detenidos. A las 8:36, el centro de control de Adif autorizó al AVE a reanudar la marcha normal, aunque el Iryo seguía detenido más adelante. Según los protocolos de circulación en esas circunstancias, el tren debía avanzar a la vista, a un máximo de 40 km/h. Sin embargo, recibió autorización para circular con normalidad y chocó contra el tren detenido a las 8:53. La investigación deberá aclarar por qué se dio esa autorización y por qué las barreras y los procedimientos de seguridad no evitaron la colisión.
Alguien se equivocó. Claro que alguien se equivocó. Nos equivocamos todos. Para eso están los protocolos, digo yo, para que un error no mate a nadie. No hace falta esperar a la sentencia para mirar si esos protocolos fallaron en Urda. Si hay que arreglar algo, se arregla ya.
Porque la seguridad ferroviaria no depende únicamente de los sistemas técnicos y de quienes los manejan. También depende de las decisiones de quienes tienen la responsabilidad de mantenerlos, renovarlos y garantizar su correcto funcionamiento.
Hemos vivido otras tragedias y no parece que se aprenda de ellas. Ahí están el Prestige, el Yak-42, el metro de Valencia, Angrois y la DANA. No fueron accidentes iguales, pero todos dejaron víctimas y exigieron responsabilidades que no siempre se asumieron. En demasiadas ocasiones, el PP cuando gobernaba prefirió atrincherarse y convertir aquellas desgracias en una batalla política antes que dar la cara.
Óscar Puente ha anunciado su dimisión después de comparecer ante el Congreso y presentar un conjunto de medidas para reforzar la seguridad ferroviaria y evitar que una tragedia semejante vuelva a repetirse. En Urda ha habido dimisión. En el Prestige no. En el Yak-42 tampoco. En Valencia, menos. En Angrois cayó el presidente de Adif, no el ministro. Y Mazón tardó un año en irse tras la DANA. No comparo el dolor. Comparo qué hicieron después los que mandaban.
A las víctimas de Urda y a sus familias no les bastan los minutos de silencio, los funerales ni las declaraciones de los políticos. Cuando las cámaras se marchen y los homenajes terminen, tendrán que volver a casa y aprender a vivir con el silencio de los suyos. La vida seguirá, pero ya nada será igual para quienes han perdido a un padre, un hijo, un hermano o una esposa. Su ausencia seguirá ahí cada día, golpeándolos con los recuerdos.
Por eso merecen algo más que palabras. Merecen saber que se ha hecho todo lo posible para evitar que otras familias tengan que pasar por lo mismo.
Gobernar exige decencia para dar la cara. Y hacer oposición, también. Abascal no puede convertir el dolor en munición electoral llamando a Óscar Puente “ministro de la muerte” y, al mismo tiempo, dar lecciones de decencia a los demás. La misma vara de medir debería servir tanto para el Gobierno como para la oposición.
Como escribió Cervantes, “cada uno es hijo de sus obras”. Sobre todo, quienes gobiernan.