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Comisión de la verdad

jueves 12 de julio de 2018, 16:58h

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La convulsión de irracionalidad que actualmente enfanga la vida política española en la que se mezcla y confunde lo divino y lo humano bajo el barniz publicitario de cambio progresista, una palabra que para la izquierda justifica la comisión de todo tipo de desmanes, debería de hacernos reflexionar responsablemente a cerca del fin último al que nos precipita. El caso que hoy me preocupa muy profundamente tiene que ver con la modificación de la llamada ley de memoria histórica que pretenden sacar adelante Podemos y el PSOE.

La he leído con detenimiento y, después de una valoración que he pretendido hacer de una manera sosegada y objetiva, por más que me esfuerzo en buscar los aspectos positivos que en ella pudieran encontrarse, no encuentro sino un obsesivo deseo: la imperiosa necesidad que tienen esos partidos políticos de imponer una visión absolutamente parcial y sectaria de la reciente historia de España, y a su vez, marcar desde ahora y para siempre en la sociedad española la idea maniquea de españoles buenos y malos, una idea que tanto mal nos ha acarreado y que tanta frustración ocasionó a grandes intelectuales españoles como nos recuerdan las amargas palabras de Machado: “españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

Pero esta torpeza, falta de visión política y de un enquistado rencor me parece, en la propuesta de Podemos y PSOE, algo incluso muy peligroso para el devenir de la democracia en España al aproximarse a postulados claramente fascistas.

Proponen estos dos partidos la creación de una “comisión de la verdad”, es decir, un grupo de trabajo compuesto por representantes de organizaciones, sindicatos, partidos etc. que decidirán a su libre arbitrio qué es verdad y qué es mentira, que es censurable y qué puede ser ensalzado en la historia de España, y todo ello sin que necesariamente tengan el más mínimo conocimiento científico de lo que hablan y deciden.

Una “comisión de la verdad” que, como toda comisión, decidirá “por votación” quien es bueno y quien es malo y, por consiguiente, someterá la objetividad de la historia y la honorabilidad de las personas y de las instituciones al más puro instinto ideológico, al revanchismo y revisionismo, palabra tan querida por la izquierda radical y el comunismo. Todo un ejemplo más de lo que entienden por progreso en España los partidos de izquierdas y, sin duda, la mayor barrera en pro del entendimiento y la búsqueda de un espacio suficientemente amplio de convivencia entre los españoles por muy diferentes que puedan ser sus opiniones sobre este u otro asunto.

Si progresar es mirar y avanzar hacia adelante, hacia el futuro, a la búsqueda de nuevas metas en una sociedad sólidamente estructurada, no entiendo por qué ese empeño en llamarse contradictoriamente progresistas quienes tienen esa fijación por el pasado y su intento de corregir lo imposible porque ya no existe.

Planteamientos como éste arrojan a sus proponentes al estercolero de la política, un logro probablemente bien merecido, pero que exponen a la sociedad española a políticas tercermundistas imitadoras de las tiranías comunista y fascista del pasado siglo o de déspotas como Maduro en Venezuela que ya creó su propia comisión de la verdad para criminalizar a la oposición. Digno inspirador de quienes hoy seguramente se proponen el mismo objetivo.