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Cosas que pasan
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Cosas que pasan

Por Angel Rodríguez Fernández
viernes 07 de agosto de 2026, 16:21h
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«Son cosas que pasan».

Esto dice el señor Marlaska sobre la invasión de más de 70.000 personas en Ceuta en cuestión de horas. No, señor Marlaska, esa frase no, por favor. Tenía conocimiento de que el gran timador nos tomaba por primos; si no, ¿de qué iba a permitirse una y otra vez esos actos de prestidigitación cada vez más evidentes? Me recuerda a esos vídeos en las redes sociales que, tras una sábana y una sintonía musical espectacular, impresionan a los transeúntes; bueno, se dejan impresionar en una actitud de simpática complicidad.

«Son cosas que pasan», les dije a mis amigos Dami y Patri tras la muerte de su mascota. Es una de las habituales frases de tanatorios y entierros, pero la invasión de miles y miles de personas en una de las ciudades españolas más antiguas no son «cosas que pasan».

Eso sí, ha pasado más de una semana desde este desastre humanitario y, después de haber oído majaderías y reflexiones acertadísimas, puedo escribir estas líneas.

Empiezo por el final. VOX, Sumar y Podemos se han puesto de acuerdo en pedir que España abandone a su socio Marruecos en ese negocio llamado Mundial 2030. Los tres populistas, los tres radicales, pero en esta ocasión llenos de sentido común. Repetimos la teoría del reloj parado, que da bien la hora al menos en dos ocasiones al día.

Las cifras hablan de 141 muertos, 141 vidas truncadas al servicio de intereses políticos, detestables siempre que se sirvan de la vida de los más humildes para sus fines. Días antes de la invasión, Sánchez viajó a Argelia. Un viaje aparentemente innecesario, ya que el negocio del gas argelino estaba más que cerrado; tal vez, ávido de alguna buena noticia, como era la de restablecer relaciones con el país africano. Aprovechemos para recordar que tradicionalmente Argelia ha cumplido sus compromisos y que la frontera argelina es una frontera segura.

También circulaba el runrún, cada vez más persistente, de la posibilidad de que Marruecos se quedara con la final del Mundial. En este sentido, han salido unas declaraciones de Rubiales, expresidente de la Federación de Fútbol. En ellas aseguraba que la final estaba ganada para España, que Marruecos era necesario para el voto africano, pero tendría un papel secundario, y que la insistencia de Sánchez en meter «el hocico» perjudicaba la celebración de la final en un estadio español.

Por encima de todo, el asunto Pegasus, aún sin explicar. Los móviles presidenciales y ministeriales, atacados y derrotados por un software malicioso. Desconocemos qué pasó; solo sabemos que, al poco tiempo, cambió la histórica posición de España sobre el Sáhara, se rompieron acuerdos con Argelia y que, tras este incidente, Sánchez y Marlaska, pasando por encima del labrado prestigio del CNI, dieron como únicas responsables a las mafias: la misma respuesta que la Administración marroquí. No solo eso, sino que elogiaron la colaboración y lealtad del país vecino.

Imágenes de camiones llenos de personas, dirigidos por militares marroquíes, aparecen en nuestros móviles en decenas de reels. No solo eso: informaciones que se propagaron entre la población marroquí en las cuales se decía que se iba a bajar la guardia en la frontera, cosa que al parecer sucedió. En España hay un dicho: «Blanco y en botijo…». Son cosas que pasan.

La monarquía marroquí se ha especializado en utilizar a su gente para sus intereses geopolíticos. En 1975, la Marcha Verde provocó la salida precipitada de las tropas españolas del Sáhara. De aquellos polvos sin resolver, los presentes lodos. En este sentido, es una buena noticia la proposición de ley que dará la nacionalidad española a los saharauis nacidos antes de 1977. Qué menos.

¿Colaboración leal o chantaje? Eso solo lo sabrá nuestro presidente. El mismo que, con un desastre de más de 100 muertos, se va con una sonrisa y una playlist. No pienso oír ninguna de las canciones de esa impúdica playlist.

Del rey marroquí sabemos que no tiene nada de lorquiano si nos atenemos a la lectura de «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» —«¡Qué blando con las espigas! / ¡Qué duro con las espuelas!»—, al contrario: duro con las espigas y blando con las espuelas. Le pone una autopista a Trump (espuela), el aprendiz de autócrata, y, al menos, por lo visto, no cuida de su población (espiga).