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No es inmigración

No es inmigración
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Por Rafael M. Martos
viernes 31 de julio de 2026, 06:00h
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Dicen los analistas bienpensantes que lo vivido en Ceuta estos días es simplemente un repunte del fenómeno migratorio. Sin embargo, para tragarse ese relato hace falta una dosis de ingenuidad tan grande que rozaría lo entrañable si no fuera porque nos estamos jugando la seguridad de un país. Lo que ha ocurrido en la frontera ceutí no es una crisis migratoria al uso; es una maniobra política de manual orquestada desde Rabat, ante la que el Gobierno de España ha reaccionado con la agilidad mental de un perezoso con somníferos.

Marruecos aprieta las tuercas porque puede, así de simple. Sorprender a la Moncloa no requiere ya de grandes despliegues de inteligencia diplomática, entre otras cosas porque nuestros servicios secretos han quedado retratados tras el famoso cainismo digital. Desde que se reveló que el programa espía israelí Pegasus sirvió para infectar los teléfonos del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y de la ministra de Defensa, Margarita Robles, en la capital alauita juegan con las cartas marcadas. Es la paradoja de la geopolítica actual: mientras el régimen de Mohamed VI estrecha lazos estratégicos y militares con el Estado sionista y en contra de musulmanes palestinos, en Madrid se enteran de lo que pasa en el norte de África casi al mismo tiempo que la ciudadanía por los informativos.

La jugada responde a múltiples bandas. Por un lado, Marruecos utiliza la espita de la frontera para aliviar la presión migratoria en sus propias calles. El país vecino es la antesala de millones de personas procedentes del África subsahariana que sueñan con pisar suelo europeo; cuando a la dictadura alauita le conviene, basta con mirar hacia otro lado —o dar un pequeño empujón— para endosarle el problema al vecino del norte.

Por otro lado, a Rabat no le ha sentado nada bien el reciente deshielo de relaciones entre el Ejecutivo español y el Gobierno argelino presidido por Abdelmadjid Tebboune. Las fotos de familia, las cumbres y la necesidad imperiosa de asegurar el suministro de gas desde Argelia han escocido en el palacio real marroquí, que jamás perdona lo que considera un coqueteo con su gran enemigo histórico.

Si a este guion le añadimos el plano legislativo doméstico, el cóctel está servido. En los pasillos del Congreso de los Diputados, el socio de coalición Sumar, capitaneado por Yolanda Díaz, presiona para que el Gobierno otorgue la nacionalidad española a los descendientes de aquellos saharauis que ya contaban con DNI bajo la administración del dictador Francisco Franco, cuando el Sáhara Occidental era considerado una provincia española más. Una medida que para el régimen marroquí equivale a una provocación directa. Si sumamos a este panorama la reciente jurisprudencia que complica la aplicación de las devoluciones en caliente en la valla, el efecto llamada diplomático estaba servido.

Pero hay un detalle que desmonta por completo la teoría del “drama exclusivamente migratorio” y que resulta especialmente sangrante si se analiza con rigor. Entre la marea de personas que estos días intentaban cruzar a nado bordeando los espigones, buena parte de los protagonistas eran ciudadanos marroquíes, muchos de ellos menores de edad. Basta mirar las imágenes para observar que solo una minoría eran subsaharianos, animados probablemente por la situación, pero la inmensa mayoría eran marroquíes sin atisbo alguno de cansancio por la travesía a nado.

Cualquier marroquí que desee migrar de forma irregular a España no necesita jugarse la vida entre olas y rocas a la vista de las cámaras. Un ciudadano con pasaporte de Marruecos tiene la vía libre para subirse de manera perfectamente legal a un ferry o tomar un vuelo regular que lo planté en España, en París o Berlín. Una vez superado el control de entrada, basta con dejar caducar el visado para quedar en situación irregular en el Estado español o donde sea, exactamente igual que hacen miles de ciudadanos procedentes de Perú, Colombia o Argentina. ¿Para qué montar entonces semejante espectáculo estival en la costa ceutí? Porque el objetivo no era cruzar, el objetivo era la foto. La masa a nado, los niños exhaustos y la Guardia Civil desbordada son la escenografía perfecta para recordarle a Madrid quién controla la llave del grifo.

Tildar este episodio de simple “llegada masiva de inmigrantes” es un ejercicio de ceguera voluntaria. Salvo excepciones puntuales de quienes hayan aprovechado la confusión del momento para cruzar, no estamos ante una crisis sociodemográfica, sino ante un chantaje de estado a estado. El Estado español camina desarmado de información en la frontera sur, vendido por sus propios fallos de seguridad y a merced del humor con el que se levante el país vecino.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería y Coordinador de la Delegación en Almeria de 7TV Andalucía

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"