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Grupo de personas en procesión, con un niño sosteniendo una vela grande; iglesia y árboles al fondo.
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Grupo de personas en procesión, con un niño sosteniendo una vela grande; iglesia y árboles al fondo. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

Procesiones en verano

Por Juan Torrijos Arribas
sábado 29 de agosto de 2026, 06:00h
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No les voy a negar que en mi familia gustan las peanas de los santos, y que cuando se mueven con arte por las calles, aún más. Nos hemos empeñado en que las procesiones estén en las calles durante todas las épocas del año, y algunas son duras, como las que se celebran en esos días del caluroso verano. Cuando llega la primavera y con ella la Semana Santa, en la que no sabes qué ponerte, en la que andas mirando el móvil para seguir a las nubes que van a servir de manto en el cielo, pero, enfundado de un chubasquero o una chaqueta y con una copa de vino en la mano, esperas en cualquier esquina del pueblo o de la ciudad a que llegue el paso esperado.

Ves acercarse a los penitentes o nazarenos, calentitos en sus túnicas, a los costaleros, sudorosos en los descansos y a las chicas o señoras de mantilla, en las que el frío a veces les hace sufrir por las calles y rincones de nuestras ciudades, pero hay que reconocer que lo hacen con estilo, cruzan las piernas en un intento de darse calor y se acordaran de no haberse puesto debajo del vestido una camiseta, como le ha indicado mamá. Decía mi madre en momentos como aquellos la tan famosa frase de: “Sarna con gusto…pues eso, que no pica”.

Las que hacen sufrir a los que nos apostamos en las aceras son las procesiones de verano. Y sobre todo cuando salen al mediodía o por la tarde. Caso de la Virgen del Mar en la capital, que lo hace el último domingo de este mes, mañana. Uno recuerda otros agostos, no eran tan calurosos como el que estamos viviendo este año. Debe ser que es cierto lo del cambio climático. Aquellos hombres llevando sobre sus hombros el trono de la patrona, aquellos trajes de chaqueta en la mayoría de los acompañantes, la corbata apretando el cuello y las gotas de sudor empapando las camisas. Y sufro ante el esfuerzo de esos mozos, algunos dejaron de serlo hace algunos años, por llevar de paseo a su Señora por las calles de la ciudad. No puedo por menos que pensar en el sacrificio que supone en pleno mes de agosto a partir de las seis de la tarde, con la que está cayendo, caminar por las calles con ese peso, ese traje, esa corbata y ese calor que fríe un huevo sobre el asfalto. Pobrecitos míos. Pero ya se sabe: Sarna con gusto… pues eso.

Recuerdo la vivida en Mojácar, dedicada a San Agustín, solo iba vestido de traje, con la consiguiente corbata como no podía ser de otra manera, un hombre. Solo uno, relativamente joven. No lo conocía y le pregunté a una señora que estaba a mi lado: Es el alcalde, me indicó. Pues el hombre las estaba pasando moradas, porque lo que es calor, aunque en la altura del pueblo se nota cierta brisa, a pleno sol no se podía soportar. No entiendo por qué no hacen las procesiones durante los meses de verano a partir de las nueve o las diez de la noche, con la fresquita. Ese alcalde de Mojácar con el traje puesto a las doce del mediodía, el único que lo llevaba en todo el pueblo, ajustada la corbata al cuello, sin poder quitársela, era un grito contra el cambio climático de los demonios. Y eso que él no llevaba las andas del paso de San Agustín. O esos hombres que en la tarde de mañana, con traje y corbata portaran a la patrona de la ciudad, Nuestra Señora del Mar, por sus calles y paseos.