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El día de Ceuta (2 de septiembre)
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El día de Ceuta (2 de septiembre)

Por Angel Rodríguez Fernández
sábado 29 de agosto de 2026, 10:43h
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Decía el compositor español Paco de Lucía que, desde que ganó el primer millón, no pudo seguir diciendo que era comunista. Estos días, con la invasión intencionada y programada de la ciudad española de Ceuta, me he acordado de estas declaraciones.

Son muchos los activistas por los derechos humanos que ven, no un movimiento geopolítico de guerra híbrida, sino una crisis humanitaria, y consideran que debe resolverse como tal. Algunos incluso han pasado medio día en la ciudad para poder refrendar sus humanistas declaraciones, ya de vuelta a la península.

¿Cómo lo viviríamos los almerienses si en la ciudad entraran de forma ilegal 176.000 personas, de un día para otro —el mismo porcentaje respecto a su población que el que entró en Ceuta—, procedentes de Marruecos? ¿Cómo lo llamaríamos?

Y si, después de un mes, se quedaran, sin visos de solución, unas 20.000 personas y lo hicieran en las plazas y polideportivos de nuestra ciudad, ¿qué reacción tendrían los que ven en el hartazgo de los ceutíes racismo y fascismo?

Su último acto de denuncia: lanzar rosas al delegado del Gobierno. No obstante, los ha habido indignos, que no deberían haberse realizado y espero que no vuelvan a realizarse, como prender fuego a enseres e infraviviendas para conducirlos a otro lugar o conseguir que se cansen y vuelvan al país desde donde entraron.

Ceuta ha dado muestras durante siglos de dos cosas: de su españolidad y del respeto que se han tenido sus habitantes, entre los cuales se encuentran fieles de tres religiones distintas. Respeto que no tienen las autoridades del país de donde vienen estos inmigrantes. La verdad es que no sé cómo llamarlo. ¿Cómo llamar a los que participaron en la Marcha Verde? ¿Era un desastre humanitario o un movimiento geopolítico de una tiranía?

Desde lejos se teoriza, se califica, se dan grandes lecciones de humanidad. Pero, por lo visto, no se empatiza, no se plantea qué ocurriría en nuestras ciudades si sucediera tal cosa.

Ha aguantado la población ceutí carros y carretas: primero, una nefasta defensa de las fronteras nacionales; luego, olvido; más adelante, mentiras; y siempre bajo una sensación de rendición ante la monarquía alauita.

Se desatiende a la población, se les hace sentir como si no fueran españoles; luego se les crean falsas expectativas. Hasta tres ministros dijeron que ninguno de los que entraron ilegalmente en España se quedaría, que todos serían expulsados. Y, por último, se espera que el tiempo y el hartazgo de los ceutíes los descalifiquen y, otra vez desde lejos, desde la otra punta del ancho de Gibraltar —así magistralmente lo retrataron los humoristas Idígoras y Pachi en El Mundo—, vengan en defensa de los derechos humanos.

Claro que las personas, hombres, mujeres y niños, deben tener resueltas las mínimas condiciones de vida, pero, si los políticos marroquíes no las resuelven, ¿deben los ceutíes regalar lo poco que tengan para resolver unas desgracias que ellos no crearon? Y más cuando entraron a miles, dirigidos y orquestados con fines políticos.

Me ilusionaron, en los primeros días de la invasión, declaraciones como las de Maíllo, en las que decía que, si fuera presidente, él no abandonaría Ceuta hasta que estuviera todo arreglado. Ahora, con el paso de los días, todo ha vuelto a su mal sitio, a ser digerido mediante descalificaciones de «fascistas» o «no fascistas»: fascistas, claro, los que apoyan la españolidad de Ceuta y Melilla y denuncian la inactividad administrativa ante la invasión del 30 de julio; y no fascistas, los que ven a los ceutíes en la obligación de desvivirse por esta avalancha humana, que abran sus casas y que den todo lo que tengan a estos señores. Y los que no son xenófobos ni racistas.

Ha habido detenidos, agresiones organizadas a puestos militares; vimos cómo la entrada fue canalizada por funcionarios marroquíes; también vimos más de 100 muertos, y hombres y mujeres que buscan en Europa lo que las tiranías les escatiman: un futuro digno.

No se les puede pedir a los ceutíes que acojan en su ciudad a miles y miles de personas, y España debiera ser un país más serio e impedir oleadas como las del 30 de julio. Saben los ceutíes que todo lo que no sea su expulsión será una llamada a futuras oleadas.

No creo que se equivoquen mucho. La movilización de esas 75.000 personas es suma de varias circunstancias; una de ellas es el desbarajuste de la política migratoria y una nefasta información, a través de medias verdades, bulos y mentiras interesadas.

La Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) ha llamado a los 8.132 ayuntamientos españoles a realizar concentraciones el miércoles 2 de septiembre, coincidiendo con el Día de Ceuta, a las 20:00, frente a los consistorios. En las redes sociales, los activistas progubernamentales nos aconsejan no ir, por xenófoba y fascista. Me acercaré cautelosamente y observaré minuciosamente la deriva de la concentración. Pero la Federación es una institución que aglutina a los ayuntamientos de toda España, legal, sin una única connotación política, sino tan variada y ecléctica como puede ser el propio país.

La ciudadanía quiere manifestar su apoyo a una ciudad hermana, por empatía y en defensa de los derechos humanos que se han visto alterados por la invasión desde una dictadura a España, un país que, con sus faltas y, de momento, se rige por instituciones democráticas bajo una Constitución aconfesional que ampara todas las creencias religiosas.

El día 4 escucharemos al gran timador, Pedro Sánchez, en el Congreso. Desde hace años se le ven las palomas bajo la chistera, las cartas entre las mangas, pero aún tengo curiosidad por saber con qué nuevo truco nos querrá distraer.

Ojalá hubiera sido un aprendiz digno del maestro Tamariz, recientemente fallecido, del que en cada uno de sus trucos observábamos humanidad, empatía y sentido del humor.