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A un paso de la santidad
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A un paso de la santidad

Por Angel Rodríguez Fernández
sábado 03 de octubre de 2026, 09:55h
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Hace más de tres años, el sanchismo se ofendía con los que desconfiaron de la mayoría parlamentaria que promulgó la autoamnistía, una claudicación del Estado ante los que perpetraron un golpe de Estado secesionista. Tal felonía se dignificó con lo que llamaron la voluntad popular de un Parlamento progresista que venía a restañar heridas. Cuando una lectura sosegada nos llevará seguramente a asegurar que las pretensiones eran otras, más prosaicas e interesadas.

Hoy, esa misma voluntad popular, ese mismo parlamentarismo, ha hecho decaer dos reales decretos, resueltos por el sanchismo por la misma razón: perpetuarse en el poder. Tras ocho años de una política sobre vivienda que había confluido unicamente en la famosa e inútil plataforma de escasas viviendas, CASA47, y una sociedad partida por la inacción del Gobierno tras la invasión de Ceuta, de corrupciones y nepotismos con consecuentes decisiones judiciales, de joyas, de mafias asociadas para dar disgustos a jueces díscolos, con la misma actitud de atornillarse al sillón, ahora señalan, acusan y, compungidos, patalean porque la derecha no vota a favor de sus muletazos en forma de decretos.

El maniqueísmo infantil no es cosa de la modernidad; la división entre buenos y malos tiene tantos años como la historia misma de la humanidad. ¿Creen ustedes que la caza de los primeros cristianos, la caza de las brujas —practicada con más intensidad en la protestante Europa del norte—, la expulsión de los judíos o, más recientemente, los millones de muertos provocados por los jemeres rojos, el estalinismo, el nazismo o el maoísmo no se han hecho siempre en busca de la bondad, de la virtud, del buen gobierno?

Actualmente leo con sorpresa la denuncia cada vez más insistente que versa sobre la persecución que sufren la bondad y las buenas intenciones. Se ve que comparten esta división maniquea entre buenos y malos, que para el sanchismo ha significado su particular truco del tocomocho.

¿Quién quiere que se practiquen desahucios? ¿Quién no quiere que el Estado ponga una vivienda a disposición de las personas vulnerables? Nadie, en una primera lectura. En una segunda lectura, e intentando trasladar la opinión, por ejemplo, de Miguel Sebastián, el ínclito ministro de Economía y defensor de Zapatero enjoyado, habría que estudiar las consecuencias de la prohibición de los desahucios. Sebastián, por ejemplo, se preguntaba quién iba a poner un piso en alquiler si supiera que, cuando no pudieran pagarle la renta, se quedaría sin la renta y sin piso.

El sanchismo no ha promovido la vivienda pública, no ha organizado un acceso responsable a la vivienda de segunda mano entre arrendadores e inquilinos y solo ahora, cuando están a un telediario de tener que convocar elecciones, dictaminan dos reales decretos amparados por los gritos de Sol. Gritos que han silenciado la ignominia de Ceuta, una ciudad que continúa invadida, con servicios públicos truncados, una sanidad colapsada y que despierta cada día con una amenaza de epidemia.

¿Qué pasaría si esa población que se manifestó por Ceuta en las plazas de todas las ciudades de España hubiera decidido quedarse? ¿El sanchismo lo hubiera permitido? Establecida esta división entre buenos y malos, lógicamente, a los malos hay que cercarlos y exterminarlos. En Sol, entre exigencia y exigencia de una vivienda pública, se ha insultado a la Administración madrileña; claro, del otro partido, el partido de los malos.

Desde luego que se necesitan medidas de subsidio, de ayudas públicas, pero compensadas con las necesarias medidas que sirvan para que el mercado, que no todo lo soluciona, no se pudra: garantías a los dueños, control de las subidas, cumplimiento de las leyes que deberían proteger la propiedad privada.

Un país que solo toma medidas subsidiarias, sin tener en cuenta al mercado, terminará con ciudades como La Habana, cubanizará sus municipios y terminará repartiendo la miseria. La socialdemocracia lo sabe, Keynes lo sabía, incluso Solbes lo sabía. Ahora no solo lo sabe, sino que lo proclama acertada y valientemente Cándido Méndez, antiguo secretario general de UGT; años antes lo hizo Fidalgo, antiguo secretario general de CCOO.

Y, sobre todo, hay que entender que las diversas soluciones que se pueden dar a problemas como el de la vivienda no pueden ser catalogadas como propias de malas o buenas personas dependiendo de aquellas por las que unos u otros se decanten. Respetar al adversario y, sobre todo, al votante, que en una sociedad culta debiera sentirse insultado por esta dicotomía diabólica entre buenos y malos.

Este fin de semana, el gran timador, o el puto Amo, como prefieran, se retira a reflexionar sobre la necesidad de convocar elecciones a finales de noviembre. No tengan la menor duda de que su resolución no tendrá nada que ver con la convivencia, el progreso o el bien común.