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Los Delincuentes

Por Angel Rodríguez Fernández
jueves 08 de octubre de 2026, 15:46h
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En esta ocasión no hablo del magnífico grupo de agropop, autor de la divertida «La primavera trompetera», me refiero a esos particulares que, viviendo al margen de la ley, han rechazado las ofertas del sanchismo para, sin salirse de su actividad criminal, echarles una mano. Y les han dicho que no por estar fuera de sus principios.

El séptimo arte nos ha dado ejemplos de esta significación ética. Ahora recuerdo «Los doce del patíbulo», de Sturges, donde unos asesinos, violadores y corruptos delincuentes militares aúnan sus esfuerzos para combatir el régimen del horror que eran los nazis.

Ahora es el Sanchismo, no es el horror nazi, ni mucho menos. Estos delincuentes no lo han combatido, simplemente no han querido participar de sus maniobras criminales.

Los delincuentes poniendo en su sitio a los timadores. Jordi Turull (tururú, tururú, le ha dicho a los reales decretos de doña Paquita) dice: «Se aprovecha del sufrimiento de algunos y se coge el tema de la vivienda para dejar de hablar de Ceuta y de sus paseos por los juzgados», y añade: «Hemos salido escaldados».

La legislatura comenzó con una gran mentira entre un timador y unos particulares delincuentes, que fue la autoamnistía —la pieza angular de la corrupción del sanchismo—, y acaba con el desacuerdo entre el timador y los delincuentes, unos diciendo que el otro es un timador, y los primeros, que estos no tienen sensibilidad social, vamos, que son unos fascistas. Como si hace tres años no conocían el carácter —como en la pieza de Esopo, «La rana y el escorpión»— de cada uno de los contrarios.

Estos cuatro últimos años ha crecido el problema de la vivienda, la corrupción, la debilidad del país, el muro y la desvergüenza. Pero el sanchismo tuvo lo que quería: sillones y manoseo de las instituciones públicas; y los otros, la claudicación del Estado, tal y como dijo, con esa voz falsa e impostada, disfrazado de prohombre —un prohombre algo especial, que dicta la República catalana, que dura cinco segundos y que escapa como una ardilla por los capós de los coches oficiales—.

¿Y qué me dicen del clan de los Rochos? «A palos aprende el burro» debería ser el lema de esa gente tan bienintencionada que no ve la paja en ocho años de sanchismo y ya ve la viga en los años que vendrán. «Hay que eliminarla», decían, y no se referían a los jueces encargados de juzgar a un camarada pillado con las manos en la masa o en las joyas, sino a la jueza Biedma, que investigaba el enchufe al hermano del puto amo, entre iguales aun hay clases.

Este clan, llevado por esos principios tan arraigados de los que viven al margen de la ley, se negó a participar en esa caza a la jueza Biedma, o eso se deduce de las declaraciones que se han publicado en los periódicos: «[...] hacer una limpieza de los juzgados de Badajoz» y le propuso que contactara para ello con «el gitano» [...], dice La Razón.

Algo huele mal desde hace mucho tiempo. Ni con pinzas ni invocando a la ceguera discontinua puede un observador desentenderse de lo que ha venido siendo en su práctica el sanchismo.

Ahora estamos ante un suceso extraordinario. No es que se hayan saltado los cien días de gracia que tradicionalmente se le concedían al partido que entraba en el Gobierno, sino que le han restado cien, antes de que empiecen y le han convocado una huelga general, contra la oposición, María Jesús dixit, cien días antes.

Habrá que encomendarse a los clásicos: Acta non verba, y a un antiguo chiste del gran Mingote. En él se veía una tertulia de tres y uno de ellos decía:

—La clase trabajadora empieza a estar harta. Y cuando haya un Gobierno de derechas nos van a oír.

Pues eso.