La política electoral posee el extraño don de convertir la confección de las candidaturas en un autodiagnóstico clínico impecable: no es lo que dicen las encuestas, no es lo que dicen los demás de ti, ni lo que tú dices, es lo que tú crees que va a pasar.
A pocas semanas de que las urnas del próximo 29 de noviembre dicten sentencia, en la provincia de Almería el mutismo del Partido Popular resulta tan elocuente como el frenesí organizativo del Partido Socialista Obrero Español. En las filas de la formación popular impera la tranquilidad monacal de quien confía en la inercia de sus cuadros; la ausencia de rumores estridentes para el Congreso de los Diputados o el Senado proyecta la calma de una maquinaria que no requiere improvisar titulares para asegurar su electorado, previendo una mera continuidad con retoques mínimos. En el edificio del PSOE, enla calle Pablo Iglesias, en cambio, la orfebrería de las listas ha tomado el cariz urgente de un simulacro de evacuación.
El tablero trazado por los socialistas en la provincia revela un ejercicio de aritmética defensiva de trinchera. La eventualidad de una mudanza en la administración central del Estado aboca a la intemperie a los cargos de designación ejecutiva, comenzando por el subdelegado del Gobierno de España, José María Martín. Ante la perspectiva de perimetrar un salvavidas institucional ante un posible cambio de signo político, la lógica dictaba asegurarle un escaño. La paradoja reside en la vía elegida: la candidatura al Senado. En una provincia donde la hegemonía del Partido Popular se presupone holgada y el crecimiento de Vox amenaza con alterar las inercias tradicionales, enviar a José María Martín a la Cámara Alta dista de constituir una póliza de caución. Si las previsiones demoscópicas más severas se confirman y el espacio diestro acapara la representación provincial, el representante socialista podría quedarse sin asiento parlamentario. Tres escaños para el PP y uno para Vox no es algo increible ni mucho menos.
La interrogante que orbita sobre el movimiento es evidente: ¿por qué no ubicar al máximo referente provincial en la cabecera de la lista al Congreso de los Diputados? La respuesta no responde a la territorialidad de la provincia de Almería, sino a la jerarquía de influencias que rige en la calle Ferraz. El puesto de salida a la Cámara Baja ha sido asignado a Anabel Mateos, integrante de la ejecutiva federal y figura alineada con el núcleo de máxima confianza del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, que la tiene a sueldo del partido ya que carece de puesto institucional. A eso debe añadirse su vínculo directo con Antonio Hernando —artífice con plaza fija en el sanedrín madrileño y que preside el PSOE almeriense, llegando a ser candidato por esta provincia en las anteriores— inclinó la balanza en la cúpula estatal. Con el primer lugar reservado para la proyección estatal, la exigencia de las listas cremallera desencadenó un previsible efecto dominó.
El encaje del secretario general provincial, Juan Antonio Lorenzo, como número dos al Congreso de los Diputados, obturó cualquier otra variante. Colocar a José María Martín como cabeza de cartel al Congreso habría exigido desplazar a Anabel Mateos a la segunda posición y a Inés Plaza a la cuarta, porque en tercer lugar debe ir un hombre. Ella habría acabado como uno en el Senado porque de lo contrario se quedaría sin escaño, ya que incluso Juan Antonio Lorenzo como tres lo habría tenido tan complicadísimo como lo tiene ella donde finalmente ha sido ubicada. El resultado de esta carambola es la postergación de la militancia local en favor de los compromisos contraídos en el centro neurálgico de la calle Ferraz, sacrificando la certeza de los puestos de salida en favor de las urgencias de Sánchez.
La nómina de candidatos del PSOE en la provincia de Almería no transmite la solidez de un proyecto en expansión, sino la angustiosa logística del reparto de paracaídas previo a las turbulencias. Mientras el Partido Popular aguarda el 29 de noviembre sin necesidad de alterar su guion ni agitar a sus bases, la nómina socialista expone las costuras de una formación atrapada entre el repliegue interno y el temor al escrutinio. La confección de las papeletas no engaña: cuando las candidaturas se estructuran pensando más en el desempleo que en la victoria, el electorado suele tomar nota antes de introducir la papeleta.