Produce una indudable tentación teórica la posibilidad de volver a contemplar en el Congreso de los Diputados una fuerza política de obediencia estrictamente autonómica. Un grupo que no responda al centralismo ni tenga que hacer equilibrios de trapecista entre las distintas sensibilidades territoriales de un partido estatal, sino que atienda de manera exclusiva al mandato de Andalucía. Esa es la promesa de empaque con la que se adorna Adelante Andalucía. Tras el castigo electoral que la ciudadanía andaluza propinó al Partido Socialista y a María Jesús Montero, así como el repliegue de marcas como Por Andalucía —la delegación doméstica de Sumar—, la formación a la izquierda del tablero pareció encontrar un hueco al presentarse libre de las ataduras de la Moncloa. Con el calendario electoral en el horizonte y la vista puesta en las Cortes Generales, la hipótesis de ver sus escaños en Madrid cobra fuerza. La verdadera cuestión, sin embargo, estriba en discernir si este proyecto defenderá los intereses andaluces o si sucumbirá al rodillo ideológico de siempre.
Por sus obras —y por sus declaraciones— los conoceréis. Antes de los últimos comicios autonómicos, José Ignacio García, actual líder del partido, no dudó en afirmar abiertamente en televisión que tardaría exactamente cinco minutos en entenderse con el Partido Socialista para investir como presidenta a María Jesús Montero al frente de la Junta de Andalucía. Resulta sorprendente el escaso margen de negociación de quien se pretende azote del régimen socialista, ese mismo sistema cuyas deficiencias combatió con fiereza la propia Teresa Rodríguez, alma máter del proyecto. A la hora de la verdad, el pasado de gestión del PSOE en la Comunidad Autónoma quedaba completamente amnistiado. La prioridad de la formación nunca fue condicionar el apoyo a compromisos territoriales firmes, sino plegarse invariablemente al eje izquierda-derecha.
De hecho, si hoy Juanma Moreno gobierna con Vox, es responsabilidad única y excluvica de Adelante Andalucía. Si de verdad era tan malo un pacto con la ultraderecha, podrían haber apoyado al PP a cambio de acciones concretas... en temas de mujer, de medio ambiente, de inmigración, educación, vivienda... Moreno les tendió la mano, pero primó el eje derecha-izquierda.
Cabe preguntarse si alguien alberga dudas de lo que ocurriría tras las elecciones del 29N. Ante el dilema entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, el voto de Adelante Andalucía ya está vendido de antemano al candidato socialista, de forma automática y a coste cero, y el PSOE lo sabe, y Frente Amplio también. Da igual que Pedro Sánchez haya diseñado una financiación autonómica a medida con Esquerra Republicana de espaldas a las necesidades del sur, o que el Gobierno beneficie sistemáticamente a Cataluña y al País Vasco con mayores partidas para la dependencia y los servicios públicos en detrimento de la Comunidad Autónoma andaluza. Frente a estas discriminaciones patentes, el discurso de José Ignacio García reincide de forma invariable en la trinchera entre ricos y pobres, soslayando que el agravio territorial perjudica a los andaluces en general, como pueblo, al margen de su nivel de renta.
En esto, la comparación con otras formaciones autonómicas resulta sonrojante. Esquerra Republicana no tuvo empacho alguno en asociarse con Junts —una fuerza de corte conservador— porque situaba las aspiraciones de Cataluña por encima de la dialéctica de clases. Un pragmatismo similar ejercen en Euskadi tanto el PNV como EH Bildu, capaces de anteponer la agenda vasca en sus negociaciones con el Estado. En contraste, Adelante Andalucía se configura en la práctica como la sucursal de Anticapitalistas, una organización cuyo andalucismo parece limitarse a ponerse una camiseta verde y blanca cuando se encienden las cámaras, subordinando el peso del territorio a su catecismo ideológico.
Conviene recordar el antecedente histórico del Partido Andalucista durante la Transición. Tras el bloqueo autonómico posterior al referéndum del 28 de febrero, la formación andalucista supeditó su voto a hechos concretos: apoyó la moción de censura formulada por Felipe González contra el Gobierno de la UCD a cambio del compromiso de desbloquear la autonomía. Cuando la moción decayó, el Partido Andalucista ofreció su respaldo a la moción de confianza de Adolfo Suárez bajo la misma y única condición de desbloquear el autogobierno. Hubo ahí un pragmatismo enfocado a conseguir resultados tangibles para la tierra, negociando a izquierda y derecha sin regalar el voto por mera afinidad de siglas. Andalucía por encima de las siglas.
Lamentablemente, la estrategia actual dista mucho de aquella audacia. A esta falta de exigencia política se suma una condescendencia estética preocupante. No se entiende la fijación de José Ignacio García por proyectarse como "El Gafas" en las redes sociales, ni esa manía comunicativa de elaborar vídeos donde se explican la financiación autonómica, los impuestos o la sanidad pública con un tono propio de un taller de educación infantil. El electorado andaluz no padece un déficit de comprensión; es adulto, maduro y merecedor de un respeto institucional que no lo trate como a un menor de edad. Andalucía no necesita una caricatura ni una izquierda que vista traje faralaes modernito, sino una representación en el Congreso de los Diputados capaz de plantar cara a cualquier inquilino de la Moncloa en defensa estricta de la agenda andaluza, la económica, la social, y la identitaria.