Hay extravagancias políticas que rozan el arte contemporáneo, y luego está la manía de Isabel Díaz Ayuso de montar su propia agenda diplomática en plena recta final hacia las elecciones generales del 29-N. Que la presidenta madrileña despliegue la alfombra roja a Javier Milei a las puertas de una cita con las urnas no es un despiste de protocolo; es una declaración de intenciones. Porque a estas alturas nadie debería equivocarse: la lideresa madrileña no es del Partido Popular, ni de Vox, ni responde a los cánones habituales del centro derecha o la ultraderecha. Isabel Díaz Ayuso es, por encima de todo, una militante de sí misma, o una marioneta de MAR, que es lo más probable.
El espectáculo resulta fascinante si se analiza con frialdad estratégica. Traer al hombre de la motosierra a pasear su ideario de recortes salvajes mientras el debate público gira alrededor de las pensiones, la sanidad y la educación pública es un tiro en el pie para cualquier candidato con aspiraciones de gobierno. Por eso mismo, Alberto Núñez Feijóo ha puesto tierra de por medio para evitar a toda costa la foto con Javier Milei. Hasta el propio Santiago Abascal, a pesar de su conocida afinidad ideológica, ha preferido mantener un perfil bajo y cuadrar su agenda de campaña lejos de los focos madrileños. Nadie en su sano juicio estratégico quiere que le asocien en plena campaña con tijeretazos a la financiación de los colegios o los centros sanitarios que sufre la ciudadanía en su día a día.
Sin embargo, Isabel Díaz Ayuso sonríe ante la cámara junto al mandatario argentino. ¿Por qué lo hace? La respuesta es tan simple como maquiavélica. Sabemos bien cómo se mueven las fichas en el tablero interno de los partidos. La presidenta madrileña sabe perfectamente que si Alberto Núñez Feijóo no logra cruzar el umbral de La Moncloa tras el 29-N, el liderazgo de su partido quedará seriamente tocado, con la puerta de salida abierta de par en par. Y ahí está ella, aguardando su momento con un punto de impaciencia difícil de disimular. Si la imagen de Javier Milei salpica negativamente las perspectivas electorales del Partido Popular, el desgaste se lo anotará la dirección estatal. Mañana, cuando el vendaval pase y los electores hayan castigado ese peaje en las urnas, ella emergerá como el único referente disponible, confiando en que para entonces la motosierra ya sea un recuerdo lejano.
Es una pirueta más en la trayectoria de una dirigente experta en la contradicción táctica: la misma que un día proclama su respeto por el derecho al aborto y al siguiente pone trabas para que se ejerza en la sanidad pública.
Dejando a un lado el debate estrictamente económico —donde más de uno se llevaría sorpresas sobre el alcance real de ciertas medidas—, lo que resulta inasumible en democracia es la degradación del tono institucional. Javier Milei ha hecho del exabrupto y el descalificativo su principal herramienta de comunicación, como Donald Trump. Quien suscribe estas líneas ha cuestionado con dureza y con argumentos la gestión de Pedro Sánchez en innumerables ocasiones, pero en política, quien recurre al insulto pierde la razón de inmediato. Y no es tolerable que un mandatario extranjero venga a nuestra casa común, a insultar al presidente del Gobierno democráticamente elegido por la soberanía parlamentaria.
Conviene recordar que en las instituciones la dignidad no es una cuestión de siglas. En noviembre de 2007, durante la XVII Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dio una lección de saber estar institucional. Cuando el venezolano Hugo Chávez interrumpió la sesión para insultar reiteradamente al expresidente José María Aznar, fue su rival político, José Luis Rodríguez Zapatero, quien exigió firmeza y respeto para un mandatario democrático, antes de que el Jefe del Estado Juan Carlos I zanjase el episodio con su célebre «¿Por qué no te callas?». Aquello fue altura de Estado; lo de hoy es barra de bar elevado a la categoría de recepción oficial.
Las ocurrencias de Isabel Díaz Ayuso podrán acaparar minutos de televisión, pero la política seria se mide por su capacidad de construir y respetar las reglas del juego. El próximo 29-N, los electores tendrán la palabra ante las urnas. Mientras tanto, algunos seguirán jugando con fuego y motosierras, convencidos de que las cenizas de su propio partido son el mejor pedestal para sus ambiciones personales.