Alfonso Guerra quiso ser poeta y se quedó en mal poeta. Que es la peor forma de quedarse.
Ni siquiera la vejez parece haberle acercado a la piedad que proclaman los versos de Antonio Machado. Uno lee a Machado para aprender a mirar con piedad, para entender que la verdad se dice bajito, que el otro también existe. Guerra ha leído a Machado, pero da la impresión de haberse quedado en los libros y en su venta, en aquella librería que tuvo en Sevilla, sin alcanzar la piedad que mana de los versos del poeta. La poesía no le ha enternecido. Su lengua sigue afilada, pero sin música.
Ahora dice que el PSOE está «en manos de bandidos y macarras». Lo dice en Espejo Público, donde todo se dice para que suene a trueno. Qué curioso. Durante años, Guerra fue uno de los hombres con más poder dentro y fuera del PSOE. Los macarras a los que hoy alude no son los de entonces. Pero la memoria política también exige mirar hacia atrás, sobre todo cuando quien juzga a los demás ha ocupado durante tanto tiempo el centro del poder.
Ejerció una enorme influencia sobre el aparato socialista. Intervino en la elaboración de las listas, manejó los equilibrios internos y tuvo un peso decisivo en las carreras políticas de muchos dirigentes. Aquel poder, concentrado en buena medida en su figura, dejó la imagen de un partido donde la disciplina y el control pesaban más que la discrepancia. No era una autocracia en sentido estricto, pero sí un modelo de dirección que invita a preguntarse cuánto espacio quedaba para las voces disidentes.
Ahora denuncia a los bandidos de hoy. La historia del PSOE de aquellos años tampoco estuvo libre de escándalos. Filesa y Time Export quedaron vinculadas judicialmente a una trama de financiación irregular del partido. Y el caso de Juan Guerra, hermano del entonces vicepresidente del Gobierno, provocó una intensa controversia política por el uso de un despacho oficial en Sevilla. Son episodios distintos, cuyas responsabilidades deben precisarse en cada caso y que no permiten atribuir automáticamente responsabilidad penal a Alfonso Guerra. Pero forman parte de la historia que conviene recordar cuando se pretende juzgar el presente desde una supuesta superioridad moral.
La vejez debería servir para algo. Para la piedad, por ejemplo, o para entender que todos nos equivocamos. Machado lo entendió. En sus versos convivían la conciencia crítica y la compasión, la firmeza de las convicciones y la atención al otro.
En Guerra, sin embargo, el paso del tiempo no parece haber moderado el gusto por la descalificación pública: el insulto, la frase destinada a los titulares y a las cámaras. Decir «bandidos» y «macarras» proporciona un titular inmediato, pero no sustituye a la reflexión ni demuestra, por sí solo, autoridad moral.
Pobre Guerra. Con toda la obra de Machado a su alcance, parece haberse quedado con la lección más fácil de repetir y la más difícil de convertir en poesía: el insulto.