Nunca imaginé que acabaría sintiéndome tan cerca del juez Peinado. No por sus autos ni por sus decisiones, que para eso están los tribunales. Me acercó a él una frase del jueves pasado, de la Audiencia Provincial de Madrid. Fueron apenas unas palabras. Decía que una de las resoluciones de ese juez era fruto de "una redacción poco afortunada", una frase liviana y escurridiza como una lagartija. Y ahí me derrumbé. Porque ahora me doy cuenta de que yo también llevo toda la vida escribiendo redacciones poco afortunadas.
He llenado artículos de adjetivos sobrantes, de metáforas que nunca debieron salir de casa y de frases tan largas que, cuando llegaban al punto final, ya habían olvidado dónde empezaron. He confundido una coma con una idea brillante y un silencio con una conclusión. He publicado columnas de prensa que hoy reescribiría enteras y otras que preferiría no haber firmado nunca.
Creía que también mis redacciones poco afortunadas pertenecían al humilde oficio de escribir. Ahora descubro que esas redacciones también podrían haber alcanzado la solemnidad de un auto judicial y no sabría decir si eso me consuela o me hunde.
Desde entonces, por si acaso, miro mis textos con prevención. Ya no busco únicamente erratas. Busco delitos sintácticos. Me pregunto si un adjetivo podría acabar un día en la Audiencia Provincial de Almería o si un verbo imprudente merecería una segunda instancia.
Sin embargo, felizmente, existe una diferencia. Si yo escribo una columna en un periódico de provincias apenas comprometo mi prestigio, pero quien redacta una resolución judicial puede comprometer la libertad, la tranquilidad o incluso el honor de otras personas.
Las palabras no pesan por lo que dicen, sino por la autoridad de quien las firma. En literatura una frase desafortunada apenas merece una sonrisa. En la justicia puede convertirse en un problema.
Que nos dejen a los columnistas ese privilegio. Que un desliz sintáctico no sea sino una redacción poco afortunada. Si hay jueces que escriben, a veces, como articulistas, quizá los articulistas tengamos derecho a disfrutar del mismo diccionario de indulgencias.