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Arde sobre quemado

Arde sobre quemado
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Por Moises Palmero Aranda
lunes 13 de julio de 2026, 09:09h
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Como las golondrinas, los vencejos y los aviones, cada verano vuelven los incendios forestales y este año, con cruzar los dedos, no ha sido suficiente. A la desgracia, el desaliento y la impotencia de ver nuestros montes ardiendo, tenemos que lamentar la pérdida de vidas humanas. Una tragedia histórica que ha dado la vuelta al mundo, con minuto de silencio incluido en los cuartos de final del mundial de futbol, y que no podemos catalogar como inesperada, accidental o imprevisible, porque, como cantaban Sabina y Páez, llueve sobre mojado, o mejor dicho, arde sobre quemado.

No había que ser muy listo para saber que, tras las intensas lluvias de este año y la frondosidad de los paisajes primaverales, esa hierba se iba a convertir en combustible, uno de los elementos esenciales del triángulo del fuego. Las rachas de viento de 50 km/h han hecho de comburente, y un cable eléctrico, la chispa que lo ha hecho saltar todo por los aires, pero bien podían haber sido las altas temperaturas provocadas por estos trenes de olas de calor que el cambio climático está haciendo habituales e insufribles y que, sumadas a la inoperancia e inacción de nuestras administraciones, crea estas dantescas situaciones.

Al cambio climático hemos llegado tarde por nuestra capitalista ceguera, y el viento no podemos controlarlo, pero el combustible sí, si las inversiones se dedicasen a la prevención y no a la extinción, como repiten año tras año los expertos, como un mantra al que no le hacemos caso: el fuego se apaga en invierno. Los cálculos están hechos y los gestores los tienen sobre la mesa; la relación de gasto es de 1 a 6. Gestionar una hectárea de monte podría rondar los 3.000 €; apagar el fuego en la misma superficie, unos 20.000 €.

El moderado Bonilla, que por el lío en el que se ha metido al pactar con VOX está dejando de serlo, presume que el presupuesto para este año del Plan INFOCA son 271,6 millones de euros, la mayor cantidad nunca vista hasta el momento. Y si le hacemos caso solo a las frías estadísticas, no miente, es un 60 % más que en 2018, pero si le aplicamos la inflación de estos años, se queda en 30 %. Lo que supone solo 200 trabajadores y 4 aeronaves más, la renovación de la flota de vehículos y la implantación de nuevas técnicas especializadas como la Unidad de fuego técnico y de maquinaria pesada.

Hablar de estas cifras y el aumento anual progresivo queda muy bien para una rueda de prensa o en el Parlamento, pero ante los campos humeantes, los féretros aún sin enterrar, la amenaza de los fuegos de sexta generación y el aumento de temperaturas que está por venir, porque seguirá escalando a lo largo del verano y de los próximos años, son solo palabras vacías, el mismo bla,bla,bla de siempre y que forma parte del estribillo de la banda sonora de esta opinión.

Sobre todo porque este aumento de los presupuestos sigue sin solucionar, y por eso está judicializado, la precariedad de los bomberos forestales contratados en fraude de ley como fijos discontinuos para poder despedirlos al final de la campaña, o porque no se cubren las vacantes por bajas y jubilación y las campañas empiezan con falta de personal, o que el Complemento de Experiencia Operativa es solo un caramelito para no pagar la antigüedad real a los trabajadores.

También denuncian que muchos de los vehículos comprados para trasladar a los retenes hacia los fuegos no están preparados para circular por las pistas forestales, por lo que tienen que hacer más esfuerzo físico para llegar a ellos. Que se está privatizando, o externalizando como dicen los políticos, la contratación de aeronaves, y que lo destinado a la prevención de ese presupuesto es del 56,8 %, muy lejos de lo que los expertos y la Unión Europea recomiendan y que denominan como trampa de la extinción.

Un término para explicar que si nos dedicamos a apagar incendios, sin retirar o quemar exceso de biomasa, acumularemos un combustible que, ante las condiciones idóneas de viento, sequía y calor extremo (regla del 30-30-30), arderá fuera de control, generando un incendio de sexta generación, que creará su propio clima y se volverá imparable. Ante esta virulencia y para acallar a la ciudadanía, se aumentará el gasto en extinción pero no en prevención y entraremos en un bucle como en el que nos encontramos ahora.

Poniendo como ejemplo el incendio de Los Gallardos, habrá que preguntarse por qué el día 9, a las cuatro de la tarde y con las condiciones meteorológicas muy adversas, los dos retenes y el camión que presta servicio en la Casa de la Tortuga, el Punto de Encuentro de Bédar desde el 1 de junio, no estaban operativos. Para los expertos la respuesta es sencilla: falta de planificación para cubrir los descansos y de recursos para dotar de una tercera tripulación al camión como tienen otros.

Nunca sabremos qué hubiera pasado de estar operativos. La única certeza es lo que ha pasado por no estarlo. Lo volvimos a dejar en manos del azar; esta vez salió cruz y ahora lloramos, por falta de prevención, a nuestros vecinos. Ojalá esta desgracia sirva para entender que las lágrimas no apagan fuegos.

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