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Cazadores
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Cazadores

miércoles 12 de agosto de 2026, 12:42h
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Las fronteras de Ceuta y Melilla vuelven a enseñarnos su rostro más antiguo: una línea trazada sobre un mapa que para unos significa seguridad y para otros significa el lugar exacto donde empieza la esperanza o termina la vida.

En estas dos ciudades caben los dilemas reales de la gestión fronteriza: la presión geopolítica, la falta de infraestructuras de acogida o la urgencia de regularizar a quienes sostienen nuestra economía. Pero mientras la política discute sobre todo ello, la gestión pública real carece de infraestructura y solidaridad interterritorial.

Y junto a todo eso aparece, a veces, el oportunismo político: aprovechar una crisis, con todos los problemas que tiene, para endurecer un discurso contra la inmigración. Pero hay otra palabra que debería estremecer a quienes hacen de la inmigración un argumento político: “cazar”.

Una palabra que yo preferiría no volver a escuchar aplicada a una persona. Porque cazar significa perseguir, acorralar, convertir a alguien en presa. Y cuando esa palabra sale de la boca de un político, ya no parece una simple manera de hablar. Algo cambia en la mirada: la persona que está delante deja de ser alguien al que conocemos o del que sabemos algo para convertirse en un objetivo.

Me inquieta que, mientras en las calles de Torre Pacheco se llamaba a “cazar moros”, una diputada por Almería, Rocío de Meer, defendía en el Congreso la “remigración” de millones de personas. Las palabras no son las mismas, pero el territorio que dibujan empieza a parecerse demasiado. Y más aún cuando otro diputado de Vox, José María Figaredo, acaba de utilizar los verbos “cazar” y “pescar” para referirse a migrantes en plena crisis de Ceuta. Cazar coloca a uno arriba, armado, legitimado; y al otro abajo, deshumanizado, corriendo. Ya no es una persona con historia, sino un objetivo.

Almería lo sabe. Esta tierra que se ha levantado durante décadas con manos de inmigrantes, marroquíes primero y después subsaharianos y latinoamericanos, vio en 2000 el estallido de El Ejido, uno de los episodios de violencia xenófoba más graves de nuestra democracia.

Por eso conviene detenerse en una palabra que puede parecer una más, pero no lo es. Cuando un político utiliza desde el atril del Congreeso el lenguaje de la caza contra personas inmigrantes, no está simplemente hablando de un problema. Está señalando al que debe ser perseguido.

La historia de España ya sabe a dónde conduce ese verbo.