Declino detenerme en la crítica relativa a la actuación del presidente del Gobierno con los sucesos de Ceuta. Es tal la indignación que provoca su felonía que excedería en epítetos la demarcación territorial ceutí. Asimismo, las continuas provocaciones y el intento de desviar el foco con el barritar ministerial sobre los pánfilos argumentos de “crisis humanitaria”, las arremetidas del primate Óscar Puente contra la Corona y otras coprofilias intelectuales intentan acallar las voces que, incluso desde dentro, se alzan contra el gobierno y el PSOE.
Quizá, merezca destacar la miserable actuación de la ministra de Sanidad asegurando que los casos de sarna -en torno a medio centenar- que afectan a las Fuerzas de Seguridad del Estado tienen su origen en los propios efectivos militares españoles. Además, incide en tildar de odio, racismo y xenofobia a todo aquel que se aventure a colegir inmigración ilegal con la aparición de enfermedades infectocontagiosas, o que la inmigración ilegal conlleva un incremento de la delincuencia. Evidentemente, la inmigración ilegal masiva, descontrolada, hacinada, insalubre y desesperada conlleva un notable incremento de contagios, así como el aumento de la delincuencia. Afortunadamente, la ministra no ha recurrido al episodio del Descubrimiento: fueron los españoles los que llevaron nuevos virus y bacterias que diezmaron poblaciones indígenas. Esto se le ha escapado a la insigne, pero no cabe descartar el argumento en el contexto de estigmatizar a la población autóctona en favor de la invasión promovida por Marruecos y consentida por el Gobierno de España. Esto es, sin duda, otro ejercicio más de traición.
Aunque Bruselas aboga por la devolución inmediata de los invasores, incluidos menas, Sánchez ya ha practicado traslados a la península. Lo hace con mentiras, alevosía y sin informar a los alcaldes de varios pueblos de la provincia de Almería, que se han visto sorprendidos, engañados y abrumados por estas prácticas que ya menoscaban los recursos sanitarios y tensionan la convivencia.
Volviendo a Ceuta. A la vista de los múltiples asentamientos de los inmigrantes ilegales que ocupan playas y otras ubicaciones de la ciudad, cabe peguntarse si la instalación de carpas con servicios muy escuetos es con la intención de mantener una solución transitoria… y hasta que pase algo. Ese “que pase algo” es la esencia de la política de Sánchez. Para Pedro Sánchez existen dos argumentos irrenunciables: esperar que pase algo y esperar “a” que pase algo. Esperar que pase algo es un deseo, que se puede producir o no. Pero esperar a que pase algo indica una acción preparada para cuando algo pase.
Disculpen el enredo, pero es así como Sánchez lo tiene previsto. Si ocurre algo que convulsiona, contraría y pone en riesgo a la población Sánchez lo gestiona con la protervidad que le caracteriza. En algún momento puede existir un brote de violencia, confrontación o un desbarre verbal de la oposición. Es ahí cuando Sánchez jamás reparará en poner paz o soluciones. Todo lo contrario. Aprovechará para demonizar a Feijóo, Abascal, medios de comunicación, periodistas… y a los ceutís involucrados en una tensión de la que el gobierno es el principal responsable.
Nunca un escenario en el que convivan invasores e invadidos se ha resuelto con saludos cordiales entrambos. No olvidemos que esto no es una crisis “migrante”. Esto es una invasión con inmigrantes ilegales que fuerzan, violan las fronteras y agreden a las fuerzas de contención.
Cuando la masa crítica y las condiciones de los ocupantes adquiere ciertos niveles, las soluciones de semiestabilidad con carpas genera un componente de cronificación. Así, la persistencia del problema no hará otra cosa que enquistarse y tensionar la convivencia.
Reino unido lo intentó con Ruanda. Meloni lo intentó con Albania. Pero jamás hubo una invasión en toda regla como la ocurrida en territorio español y europeo. Ante tamaña invasión no caben soluciones de chamizos, carpas y realojos. Las condiciones de hacinamiento e insalubridad impelen hacia otras soluciones. Y esas soluciones, si se tratase de un gobierno que mira por sus ciudadanos, han de pasar por no poner en riesgo la sanidad, la seguridad, la economía y la soberanía de sus contribuyentes; porque se supone que pagamos impuestos para salvaguardar nuestro modelo de vida, cultura, negocios, seguridad y estabilidad. No es de recibo que los ciudadanos de Ceuta tengan que verse sometidos a situaciones de excepcionalidad que socaven sus derechos fundamentales.
Lo primero que tendría que hacer un gobierno con un mínimo de dignidad es preservar la integridad de sus propios ciudadanos -llamemos a eso prioridad nacional- y buscar alternativas que no supongan un sufrimiento adicional, que nunca permitiría un gobierno que se precie de democrático, progresista y garante del Estado de derecho.
Ante situaciones de enfermedades infectocontagiosas conocemos experiencias en cruceros donde se ha decretado la cuarentena. En estas embarcaciones existen protocolos que prevén atención sanitaria, confinamiento, evacuaciones, aprovisionamiento de víveres y medicamentos… Algunas embarcaciones tienen gran capacidad para adecuarse a las necesidades de las personas que precisen de la asintencia necesaria básica. Así, con este tipo de embarcaciones solucionamos el problema del hacinamiento, el descontrol y la situación de excepcionalidad de un territorio que ha de continuar con su régimen de vida normal.
Para la legión de presurosos en las descalificaciones de racismo, odio, xenofobia, deshumanización y la clásica retahíla, diré que hay “confinamientos” sufragados con miles de euros por los fiordos, el Egeo o transatlánticos por el Caribe. No se trata de un encarcelamiento, sino una solución que cumple con los requisitos humanitarios, pero no colisiona ni perturba la vida de una ciudad.
Lo siento mucho, pero no se puede ser tan pánfilo como para obviar que el invasor e inmigrante ilegal acaba de cometer una grave falta administrativa. Sí; aunque les parezca mentira, nuestra legislación no contempla violar la frontera como un delito. Pero, en cualquier caso, es de suponer que dar una patada en la puerta de tu país podría suponer alguna incomodidad para el invasor: unos días a bordo, hasta que decida decir de dónde viene y que desea volver a su país de origen… porque a España no va a ir intentando entrar de esa manera. La sugerencia de la embarcación ya está experimentada. Ha sido criticada por el PSOE (el crucero del Piolín cuando el “proces”) o bendecida por el mismo partido cuando gobernaba y se hacía las fotos con el Open Arms y financiaba la “flotilla” rumbo a Palestina. Tampoco es lugar ni momento para recordar al PSOE de la II República y su singular solución con las embarcaciones Astoy Mendi y Capitán Segarra, frente a las costas de Almería. Lugar donde se escribieron “gloriosos episodios de la II República”, Fernando Martínez López (secretario de Estado de la Memoria Democrática) dixit.
Y Ceuta, fondeada, sin capacidad de gobierno y anclada en la desesperación.