www.noticiasdealmeria.com

El bronce de la Chanca

miércoles 14 de octubre de 2026, 16:03h
Add to Flipboard Magazine. Compartir en Meneame

Escucha la noticia

Suelo terminar mis paseos en La Chanca, en Los Sobrinos, donde huele a café malo y a gasoil del puerto, que es el buen olor de allí dentro. A las ocho, Leo va por el segundo carajillo; yo pido un café con leche. Leo y yo nos hicimos amigos a fuerza de encontrarnos y echar a andar juntos, que en La Chanca viene a ser casi lo mismo. Aquella mañana echamos a andar y nos paramos delante de la escultura de bronce en la glorieta de Pescadería. 

Son tres figuras de bronce: una mujer con un niño de la mano y, un poco más adelantado, un marinero mirando al mar. La mujer tiene la mano a media altura, como si despidiera a alguien. Leo se acercó a la placa pequeña de abajo y la leyó en voz baja, moviendo los labios. Cuando terminó, se quedó mirándola. Le pregunté si le gustaba. Me dijo que no, que bien podían haberla puesto hace cincuenta años, cuando aún quedaban marineros.

Leo nació en el 37 y aprendió a leer entre el viejo Pósito, donde apuntaban los jornales a lápiz, y una maestra de miga que cobraba en perras gordas y boquerones. A los diez años ya salía a la mar con su padre y su abuelo. Aprendió a oler el viento en los botes de traíña, a leer el color del agua y a encontrar bajo la superficie la mancha oscura del pescado. “Nosotros no teníamos papeles. Teníamos nariz”, me dijo una vez. Muertos su padre y su abuelo siguió trabajando para un patrón que le aseguraba que estaba dado de alta en la mutua. Era mentira.

Delante de la mujer de bronce me dijo que no le gustaba aquella escena de espera. Su mujer se había pasado media vida esperándolo en la puerta, sin saber si volvía. “Ahora ya es tarde”. Se quedó mirando al niño.

Era un niño de bronce, con los pies descalzos sobre el pedestal. No miraba al mar, sino a la madre. Leo lo observó un rato y dijo: “Va descalzo. Se ve que se les olvidó ponerle las chanclas”.

Me hizo sonreír. A él no sé si le hizo gracia decirlo. Alargué la mano y toqué el bronce, que quemaba con el sol de la mañana. El bronce, al menos, no mentía.

Cuando levanté la vista, Leo ya había apoyado las dos manos en el bastón y tiraba la calle Cordoneros arriba sin esperarme.