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Rabia
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Rabia

miércoles 30 de septiembre de 2026, 08:35h
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El miércoles pasado dejó de ser un miércoles cualquiera. Vi por televisión salir en camilla, cubierta con una sábana blanca, a una anciana de 87 años que acababa de ser desalojada de la casa donde había vivido 71 años. En su rostro no había rabia. Había miedo, estupor, impotencia.

Eso fue lo que más me desconcertó: yo esperaba encontrar en ella la rabia que sentía al otro lado de la pantalla, pero solo había miedo, estupor, impotencia. Aquella casa había pasado de su padre a su madre y luego a ella. Un contrato de renta antigua de los cincuenta había sobrevivido al franquismo, la Transición y la democracia. Ella también. Hasta aquel miércoles, cuando una ambulancia esperaba en la puerta.

La rabia estaba alrededor, no en ella. Cientos de jóvenes habían velado la calle toda la noche y, desde el amanecer, intentaban impedir el desahucio de Mari Carmen poniendo sus cuerpos frente al operativo policial. Allí la rabia tenía voz, empujones, nombres.

Y en medio, ella sola. Sin hijos, sin marido, sin hermanos. Solo un primo de 70 años, en Segovia, que le ofrecía su casa familiar. Frente a ella, una maquinaria política, judicial y policial imposible de detener. Sola incluso mientras la defendían. La cámara la seguía desde el portal hasta la ambulancia, que se alejaba calle abajo como la última secuencia de una historia sin final ni destino conocido.

Mientras miraba aquello me volvió otra imagen que presencié el pasado 23 de febrero en Playa Serena, Roquetas de Mar. Una silla, una cafetera, un ventilador, una fotografía sobre una hamaca de rayas y una mujer mayor junto a su marido, enfermo de Alzheimer. Con una mano lo sujetaba; con la otra, supuse, sostenía la orden de desalojo. Después la vi buscar las llaves sin mirar, como quien tantea una costumbre del cuerpo. Las sostuvo un instante y volvió a guardarlas.

Cuando tenía diez años, en mi barrio no se decía desahucio. Se decía que había venido el “asustaviejas”, y bastaba. Me acordé de mi abuela porque también nosotros habíamos vivido con el miedo a perder la casa. La recuerdo subiendo despacio al salón a por el dinero del casero y bajando aún más despacio, con la mirada preocupada.

 Ahora las dos imágenes se me mezclaban: en Roquetas, una casa acababa desparramada en la acera; en Madrid, una mujer salía de la suya cubierta con una sábana. La misma expulsión con dos liturgias distintas. No era solo lo que veía. Era reconocer un miedo antiguo y no poder hacer nada más que mirarlo.

La imagen se va y tú te quedas. Te impacta, te encoge, te deja sin aire, pero antes de que haga poso la televisión cambia de plano. La camilla desaparece, la sábana desaparece, la mujer desaparece. Y la rabia se queda.