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El punto geodésico fantasma y las renovables

El punto geodésico fantasma y las renovables
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Por Moises Palmero Aranda
lunes 23 de marzo de 2026, 07:26h
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De camino a una de las actividades didácticas en Punta Entinas Sabinar, vi el punto geodésico de los Alcores tirado al pie de la carretera. Ahora me arrepiento de no haberme parado porque esa foto que no hice se me aparecerá en sueños.

Llevaba varios años resistiendo erguido en un terreno allanado y esquilmado de vegetación para construir un nuevo invernadero o, al menos, eso entendíamos, porque en las fincas colindantes los habían construido, balsas incluidas, en lo que uno tarda en decir amén. Yo pensaba que eran intocables, pero parece que hay muchas razones por las que se pueden retirar, y entiendo que en esta ocasión ha sido la economía de mercado, que paga a precio de oro el metro cuadrado cultivable, el que, a pesar de la lenta burocracia, lo ha jubilado.

Al buscar información, la IA me dice que está anulado, pero en la ficha del Instituto Geográfico Nacional no pone nada al respecto. Así que por ahora es una especie de fantasma que sobrevive en internet, pero no en la realidad, como algunos contactos de mis redes sociales, que, sabiéndolos fallecidos, me recomiendan comprar algún que otro producto. A veces me rallo, preguntándome si las fajas reductoras que me ofrecen son una broma pesada de estos mamones que ni muertos me dejan en paz, o es una indirecta que me quieren mandar del más allá para que cuide mi salud.

Es el número 105812 de nombre Entinas, situado en un erial del paraje del Acebuchal, que espero siga manteniendo su referencia a esos acebuches que imagino centenarios, y que no pase a llamarse el Berenjenal. Lo digo porque he pedido información al IGN, no porque crea que alguien haya hecho de su capa un sayo, sino para garantizarme que lo tienen controlado y su ausencia no nos descuadra los mapas futuros y nos hace un estropicio.

Si les cuento esto, es porque la IA, en ese batiburrillo de información que ofrece, me insinuó que se iba a construir una planta fotovoltaica, un huerto solar. Al leerlo, me vino a la cabeza la charla a la que asistí el otro día sobre energías renovables, donde se habló del ahorro energético que tendría para nuestro municipio si solo se cubriesen las balsas con placas flotantes y los pequeños almacenes de cada finca. Calculaba el amigo Jesús, de Albedo Solar, que la energía conseguida triplicaría por tres la demanda. Y que si cubriésemos las aproximadas 33.000 ha invernadas de la provincia, podríamos abastecer de luz a toda Andalucía.

Yo cada vez que hablo con él, y así volví a decirlo allí, siempre pienso que terminaremos convirtiéndonos en una gran productora de energía, y que la agricultura será residual o desaparecerá. Los más veteranos que allí estaban, como tantos otros a los que se lo digo, se ríen y se lo toman a guasa, pero viendo como aparecen nuevas plagas por el cambio climático; la competencia desleal de terceros países; los precios ascendentes de los insumos, del plástico; la llegada de inversores extranjeros que vienen a especular; la falta de agua, que cada vez es más preocupante, y el precio de la desalada, que recordemos está subvencionado para que sea competitiva; la falta de mano de obra, en algunos casos de relevo generacional; y, sobre todo, el capricho y la ruindad especulativa de los mercados, van a hacer que el negocio no lo sea tanto, a pesar de la tecnologización y modernización del campo, que más que tierra cultivada para comer, se va a parecer a una fábrica de montaje donde solo trabajen robots.

Si a eso le sumamos las guerras por el crudo, el sometimiento a otros países, la rentabilidad de las renovables y los menores quebraderos de cabeza de los propietarios, tenemos la tormenta perfecta.

El tiempo dirá si mi predicción se cumple o queda en el chascarrillo de un iluminado bocachancla. Mientras, sigo a la expectativa de ver qué ha pasado con el punto geodésico fantasma y qué construirán en su lugar, si un invernadero más o el principio de la transformación de nuestro paisaje.

Pero que nadie se preocupe, que podremos seguir presumiendo que los extraterrestres nos ven desde el espacio y que reduce el cambio climático. La única diferencia será que, en vez de plásticos, recogeremos paneles y basura tecnológica de nuestras playas y artineras, y que los flamencos de nuestros humedales, en vez de doparse con nitratos, lo harán con el líquido corrosivo de las baterías.

Moises Palmero Aranda

Natural de El Ejido, Almería. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Almería. Desarrolla su trabajo en el mundo de la Educación Ambiental desde la Asociación El árbol de las piruletas, donde ha utilizado la literatura como una herramienta más de sensibilización. Es autor y narrador de cuentos infantiles, entre los que destaca El árbol de las Piruletas y Un delfín entre las estrellas (próxima publicación) Secretos en el Sendero, nueve relatos de misterio donde se mezcla literatura, senderismo y geocaching, es su primera publicación en solitario. 32 motivos para no dormir; Pasos en la oscuridad; Taller de cuentos; 12 caricias; 13 muertes sin piedad; Ángel de nieve; Ulises en la isla de Wight; Crímenes callejeros; El oasis de los miedos; Letras para el camino, El mar, la mar, Relatos Velezanos V son algunas antologías donde aparecen sus relatos. Colabora en Candil Radio con los programas “La mirada del delfín viajero” y “Letras de Esparto”. En radio UAL dirige y presenta el programa de entrevistas Radio Ecocampus. También ha hecho sus pinitos en el mundo del cortometraje con El hombre y la flor. Otra oportunidad y su guión “Residuos” fue el ganador del I Concurso de guiones para cortometrajes “Carboneras Literaria”. Socio fundador de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto.