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El tango de la tortuga y el voluntario

miércoles 19 de agosto de 2020, 10:12h

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La tortuga boba que hace unos días salió a las playas de Pulpí y de Mojácar a poner sus huevos se merece una canción. Muchos verán adecuado un ritmo de celebración, alegre y divertido al estilo de Georgie Dann, sin embargo lo ideal es un tango. Enrique Santos Discépolo, uno de los grandes compositores de este género, lo definió como un pensamiento triste que se baila, y ese es el sentimiento que me evoca la historia de esta tortuga, a la que llamaremos Cambalache en honor a Discépolo.

Dicen que las tortugas marinas vuelven a las playas donde nacieron a poner sus huevos y que su primera puesta la hacen a los 20-30 años. Así que, tarareando Volver de Gardel, Cambalache podría ser, así quiero pensarlo, una de las 39 tortugas que nacieron de los 97 huevos que su madre puso en una playa de Vera en el 2001. Aquello fue un hito porque no se tenían noticias de otros en las playas mediterráneas españolas, donde por la temperatura del agua, y de la arena, nunca habían anidado. Veinte años después, por culpa del cambio climático, ya no es tan raro, e incluso este verano ha anidado una en las playas de Fuengirola, en el Mar de Alborán, algo impensable para los expertos.

Por eso un tango, porque el cambio de hábitos de las tortugas, se mezcla con la melancolía de pensar que es consecuencia de los cambios que se están produciendo en el planeta. Muchas especies se están adaptando, otras más sensibles a las alteraciones no lo están consiguiendo y muchos ecosistemas desaparecen. La pregunta que nos queda por responder es si el ser humano será capaz de sobrevivir a las nuevas condiciones climáticas, de encontrar otras playas para perpetuar la especie.

Otro detalle poético de Cambalache es que nació el mismo día que caían las Torres Gemelas. Aquella madrugada del once de septiembre, diez días después del primer grupo que había caminado hacia la orilla, nacieron las últimas doce tortuguitas. Justo cuando llegaron al mar, después de que los expertos desenterrasen el nido para comprobar el rendimiento de la puesta, nos fuimos a tomar un café, y asombrados, aún no estábamos aterrorizados, vimos como un avión cambiaba el mundo.

Una dramática alegoría de la naturaleza abriéndose camino, adaptándose a los cambios planetarios para perpetuar la vida, para proteger a una especie que lleva más de 110 millones de años sobre la tierra, y la sin razón del ser humano que se autodestruye así mismo y la casa a la que debe su existencia. Aquellas torres han simbolizado muchos de los cambios sociales que se han producido en estos veinte años. Para mí representan el cambio climático.

Para añadir el factor de la fortuna, presente en la vida diaria y en cualquier tango que se precie, ha querido el destino ponernos, hace apenas unas semanas, un desalmado hamaquero en nuestras vidas. Resulta curioso que fuese una hamaquera quien viese salir del agua aquella noche a la madre de Cambalache. Menos mal que no se dejó llevar por sus instintos salvajes y utilizó el sentido común para llamar al 112. Si hubiese tomado otra decisión, esta historia sería diferente. Por eso debemos invertir en educación, para que las decisiones estén respaldadas por la razón.

No quiero olvidarme, y por eso los incluí en el titulo, a los voluntarios que durante dos meses cuidaron del nido de Vera, y a todos los que se han ofrecido por si se encontrase el nido de Cambalache. Sin la participación ciudadana sería imposible llevar a buen puerto una aventura como esta. Es algo que deben recordar los técnicos de la administración que no informan a la ciudadanía, los “expertos” que ostentan, temporalmente, los permisos oportunos y lo complican todo, los políticos que eliminan los proyectos de educación ambiental que ayudan a formar a la población, entre otras muchas cosas, para identificar los rastros y evitar que el 112 no se colapse. Que nadie olvide que los mueve la pasión, el amor por la naturaleza y que no son el relleno, la mano de obra barata que nunca sale en las fotos. Sin el voluntariado nada sería posible.

Por estas cosas a ratos deseo que el nido de Cambalache no lo encontremos. Ojalá lo haya puesto en un sitio adecuado, que la vida continúe sin la necesidad de la intervención humana, porque, como cantaba Discépolo y bien lo pueden bailar una tortuga y un voluntario en la arena de la playa, el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, Maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, varones y dublé.

Moises Palmero Aranda

Natural de El Ejido, Almería. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Almería. Desarrolla su trabajo en el mundo de la Educación Ambiental desde la Asociación El árbol de las piruletas, donde ha utilizado la literatura como una herramienta más de sensibilización. Es autor y narrador de cuentos infantiles, entre los que destaca El árbol de las Piruletas y Un delfín entre las estrellas (próxima publicación) Secretos en el Sendero, nueve relatos de misterio donde se mezcla literatura, senderismo y geocaching, es su primera publicación en solitario. 32 motivos para no dormir; Pasos en la oscuridad; Taller de cuentos; 12 caricias; 13 muertes sin piedad; Ángel de nieve; Ulises en la isla de Wight; Crímenes callejeros; El oasis de los miedos; Letras para el camino, El mar, la mar, Relatos Velezanos V son algunas antologías donde aparecen sus relatos. Colabora en Candil Radio con los programas “La mirada del delfín viajero” y “Letras de Esparto”. En radio UAL dirige y presenta el programa de entrevistas Radio Ecocampus. También ha hecho sus pinitos en el mundo del cortometraje con El hombre y la flor. Otra oportunidad y su guión “Residuos” fue el ganador del I Concurso de guiones para cortometrajes “Carboneras Literaria”. Socio fundador de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto.