Hay paradojas que ni la literatura de lo absurdo lograría moldear con tanta precisión. Justo cuando la Mesa del Ferrocarril de Almería, en una de esas protestas originales que tanto les gusta, como cuando suben el Tren de la Bruja en Feria, alza la voz para quejarse por la inminente supresión del tren de mediodía que conecta la provincia con Madrid, la realidad —siempre con un sentido del humor bastante retorcido— decide echarles una mano argumental. El convoy de Intercity procedente de la capital del Estado sufrió una avería de tal calibre que convirtió un trayecto convencional en un calvario de diez horas y media. Para redondear la experiencia cinematográfica, los viajeros no completaron la travesía sobre raíles, sino encajados en un autobús de sustitución.
Comprar un billete de tren en esta tierra para terminar haciendo la ruta en autocar tiene una poética fascinante. Se nos vende el futuro ferroviario y el progreso de la alta velocidad mientras, en la práctica, se recupera la mística de la diligencia del lejano Oeste, aunque con un matiz tecnológico moderno: la promesa del Wi-Fi a bordo tampoco se cumple.
Y es aquí donde estamos convencidos de que nuestro gran déficit se debe a que el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, no es conocedor de nuestras cuitas y por eso hemos de disculparle. Mientras los pasajeros permanecían atrapados en una burbuja sin cobertura ni climatización adecuada, ajenos a cualquier tipo de avance del siglo XXI, el máximo responsable de todo eso dedicaba su jornada a lo que mejor se le da: la interacción incendiaria en redes sociales. ¡Y los viajeros sin poder leerle! ¡Inaceptable, por dios!
Resulta irónico que, con el sistema ferroviario acumulando incidencias diarias y la provincia de Almería reducida a una especie de isla logística dentro la península, la prioridad del ministro sea enzarzarse en trifulcas tuiteras, bloquear usuarios o repartir calificativos a cualquiera que cuestionen su gestión. Si Óscar Puente dedicara a la supervisión de las catenarias o a la renovación del material rodante la mitad del empeño y la agilidad dactilar que despliega en X, quizá los trenes llegarían a su hora.
Si el ministro supiera que en esos vagones varados el Wi-Fi ni funciona, tal vez no dormiría tranquilo sabiendo que los viajeros atrapados no podían leer sus desvelos dialécticos en tiempo real. Que no tengan aire acondicionado, que no les den ni agua en su tránsito por el desierto de Tabernas... todo eso tiene su parte aventurera, ¡pero que no puedan leer al ministro tuitero no tiene un pase!
El problema de fondo no es únicamente la anécdota tragicómica de un viaje de diez horas y media. Lo grave es el patrón de aislamiento paulatino al que se somete a la provincia. No solo se dilata sine die la llegada de la alta velocidad y se encarece el transporte aéreo a niveles prohibitivos, sino que las escasas conexiones ferroviarias existentes con la capital del Estado empeoran en frecuencia y fiabilidad. Se elimina lo poco que hay y lo que queda falla con una regularidad pasmosa.
La gestión pública se retransmite en 280 caracteres, entre el sarcasmo oficial y la evasión de responsabilidades. Para cuando el autobús llegó finalmente a su destino, la única certeza que les quedó a los viajeros es que, en materia de infraestructuras, el tren con destino a Almería siempre acaba perdiendo la conexión con la realidad, aunque simpre almerienses hospitalarios que les reciben con lo que a nosotros nos niega el ministro.