La estampa del último pleno en el Ayuntamiento de Almería no requería un máster en politología para descifrarse; bastaba simplemente con saber contar hasta siete. En el banquillo del Grupo Municipal Socialista faltaba la figura principal: su portavoz y precandidata a las primarias a la alcaldía, Fátima Herrera Amate. Mientras en la capital de la provincia se debatían los asuntos de verdadera incumbencia para sus vecinos, la cabeza visible del grupo prefería estar a más de cuatrocientos kilómetros, atendiendo sus tareas en el Parlamento de Andalucía en Sevilla.
El vacío de poder en la moqueta institucional no dura ni un segundo. El encargado de asumir el protagonismo y capitanear los debates de mayor calado fue Antonio Ruano, el concejal que ha decidido plantar cara a la línea oficial en las primarias del partido. La fotografía del salón de plenos no respondía a un mero cruce de agendas entre la Comunidad Autónoma y la política municipal: reflejaba una aritmética interna demoledora. De los siete concejales que integran el grupo socialista almeriense, la portavoz oficialista arrastra una clara minoría. La balanza de apoyos entre los propios ediles se inclina hacia el proyecto de Antonio Ruano, dejando al aparato del partido en una posición incómodamente residual dentro de su propio grupo municipal.
Resulta ilustrativo comprobar cómo el instinto de supervivencia política se agudiza a medida que se avizoran las elecciones locales. Más allá de afinidades personales, en el ámbito municipal de la provincia ha comenzado a calar la evidencia de que la marca de Pedro Sánchez y las inercias del Gobierno ya no empujan, sino que arrastran hacia el fondo. Por más que se intente maquillar el relato institucional, los ediles saben que el abrigo del sanchismo resta más papeletas de las que aporta en las urnas almerienses.
Ver a la representante del oficialismo ausente del debate de su ciudad y arrastrando la minoría en su propio grupo revela algo más que una división interna: evidencia que el refugio en la marca oficial cotiza a la baja. Cuando el sanchismo ni siquiera convence a la mitad más uno de sus propios concejales, la soledad del oficialismo deja de ser un concepto teórico para convertirse en una nítida foto de portada.