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Libertad de expresión, y Hasel

jueves 18 de febrero de 2021, 12:48h

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En la obra de Miguel Mihura titulada “Tres sombreros de copa”, hay un momento en que los espectadores al unísono sueltan una carcajada, y es cuando la dulce bailarina rubia llamada Paula, pregunta al mojigato empresario Dionisio, si está casado, y éste le responde balbuceante que sí, “pero solo un poco”.

La risa –no hace falta explicarlo- era porque como cualquier persona casada sabe, no se puede estar un poco casado, o se está o no se está casado, independientemente de cualesquiera otras circunstancias.

Aquella primera comedia del periodista madrileño viene al caso del compromiso, porque con la libertad de expresión no se puede estar un poco comprometido. O se está o no, independientemente de cualesquiera otras circunstancias.

Habiendo leyes contra la injuria y la calumnia, incluso contra los ataques al honor, resulta muy poco comprensible que a estas alturas mantengamos en el ordenamiento jurídico elementos tales como la blasfemia, eso sí, actualizada bajo el retorcido tipo penal de “ofensa a los sentimientos religiosos” o como “delito de odio”.

Con la libertad de expresión se está, o no se está, hasta las últimas consecuencias, y por eso es inaceptable que para despenalizarlo se hable de supuestos tales como que si se realizan en un contexto humorístico, o en un contexto artístico, dejen de ser delito, y la pregunta es: ¿quién decide qué es humor, y qué es arte?

Pues será un juez, y dependerá de su sentido del humor y de su sensibilidad artística. Y claro, no será lo mismo si te toca un juez próximo a Vox, que si te toca próximo a Podemos, por simplificar.

¿Habría que prohibir los chistes de andaluces, de catalanes...? ¿y los de negros, judios...? ¿unos sí y otros no? ¿se deben prohibir todos?

Cabe preguntarse si un creyente se siente menos ofendido por algo al estar “en un contexto artístico” que si no lo está, y cabe preguntarse si un juez ateo está capacitado para dirimir si algo es ofensivo para un creyente, o si un juez católico sabe qué ofende a un musulmán, e incluso cabría preguntarse por qué no existe el delito de ofensa a los sentimientos políticos. ¿Quien quema una bandera en una manifestación podría argumentar para no ir a prisión que es una performance artística en vez de la expresión de una opción política?

Como habrán intuido, esto va por el caso del rapero Pablo Hasel, cuyas letras, aquellas por las que ha sido condenado, me parecen deleznables, pero defiendo su derecho a vomitar esa bazofia, porque con la libertad de expresión se está, o no se está, no caben medias tintas.

Así, descubrimos que en Podemos quieren prohibir el enaltecimientos del franquismo, al tiempo que quieren eliminar el enaltecimiento del terrorismo, que consideran razonable eliminar una cruz cristiana ubicada en un espacio público por sus connotaciones políticas, pero les parece delictivo quitar una placa dedicada a Largo Caballero, les parece mal que una niñata exprese en público su antisemitismo y su anticomunismo, pero bien que Hansel diga que le gustaría que una bomba reventara el coche del socialista Patxi López y aplaude el tiro en la nuca a los “peperos”.

Solo hay dos opciones: una es la de prohibir a diestro y siniestro, acotando cada vez más y más los espacios de la libertad de expresión, dejando en manos de los sentimientos, del sentido del humor y de la valoración artística de un juez, si el autor debe ser encerrado o no; y la otra es defender la libertad de expresión total, sin más límites que las injurias y las calumnias, confiando en que seamos respetuosos unos con otros, y como siempre, apostar por la educación como base del respeto.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia" y de "Más allá del cementerio azul".

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