Imaginen por un instante que el mayor problema de su martes es que el viento de poniente ha vuelto a castigar los plásticos de los invernaderos en el Campo de Dalías o que el tren hacia Madrid vuelve a acumular un retraso digno de una novela de caballerías. Uno se levanta, se toma su café, maldice al Gobierno y se va a trabajar con la parsimonia propia de quien cree que el mundo es un lugar previsible. Así vivía una familia media en Kiev o Járkov hasta que, hace exactamente cuatro años, a
Vladimir Putin le dio por aplicar su particular concepto de «desnazificación». Porque no hay nada más liberador, al parecer, que te vuelen el bloque de pisos con un misil de crucero un jueves de madrugada mientras discutes si cambiar el coche o matricular al niño en inglés.
La invasión de Ucrania por parte de la Federación de Rusia, iniciada aquel fatídico 24 de febrero de 2022, nos ha enseñado que la normalidad es un barniz extremadamente fino. Lo que el Kremlin vendió como una «operación militar especial» —eufemismo termonuclear para no llamar a la carnicería por su nombre— se ha convertido en una guerra de desgaste que ya ha dejado cientos de miles de muertos y una economía ucraniana reducida a escombros. La rigurosidad de los datos es obscena: la ONU y diversos organismos internacionales estiman que el número de bajas civiles y militares supera con creces lo imaginable para un conflicto en suelo europeo en pleno siglo XXI. Y ahí siguen, cuatro años después, demostrando que las guerras son expertas en saber cuándo empiezan, pero absolutamente analfabetas a la hora de predecir su final.
Esta fragilidad de lo cotidiano invita a una reflexión ácida sobre lo que tenemos cerca. En España, y en general en esta parte de Europa, vivimos en una burbuja de seguridad que a veces parece inquebrantable. Pero juguemos al equilibrismo geopolítico. Imaginen que al Reino de Marruecos, en uno de sus arrebatos de soberanía expansionista, le diera por invadir Ceuta y Melilla de forma efectiva, y apuntara a Canarias. Si el Gobierno de Pedro Sánchez, no cediera y decidiera movilizar tropas, y si ciertas potencias decidieran que sus intereses están más cerca de Rabat que de Madrid, y otros lo contrario, nos encontraríamos con una guerra en la puerta de casa. De repente, el almeriense que bajaba a comprar el pan se encontraría con que su provincia es zona de paso logístico militar y que los problemas de la hipoteca han pasado a un tercer plano ante la posibilidad de un racionamiento de combustible.
O miremos hacia adentro, hacia ese desafío secesionista en Cataluña que tanto dio que hablar. En aquel otoño de 2017, el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, optó por un manejo de los tiempos que muchos tildaron de exasperante, pero que mantuvo el conflicto en los cauces del derecho y el artículo 155. Ahora bien ¿qué habría pasado si en lugar de temple se hubiera optado por la manu militari? Si alguien hubiera decidido que la solución pasaba por enviar regimientos a la Diagonal de Barcelona y tomar el control por la fuerza. Si, como apuntan algunas investigaciones sobre los contactos de Carles Puigdemont con el entorno de Víctor Medvéshchuk o emisarios rusos (lean mi libro "El río que mueve Andorra" y tendrán todas las claves), los sectores independentistas hubieran contado con un apoyo logístico externo de Moscú para resistir, el Estado español podría haberse visto sumido en un conflicto civil de consecuencias impredecibles. La distancia entre un referéndum ilegal y una trinchera es, a veces, un solo error de cálculo político.
La historia de este España ya sabe de estas «bromas» del destino. En julio de 1936, lo que iba a ser un golpe de mano rápido y quirúrgico para tomar el poder por parte de militares como Francisco Franco o Emilio Mola, se estrelló contra una resistencia que derivó en tres años de guerra civil, un millón de muertos y cuatro décadas de dictadura. Nadie que desayunara el 17 de julio pensaba que estaría pasando hambre y escondiéndose de las bombas un par de años después.
La guerra es siempre ese invitado grosero que no avisa. Ucrania era un país normal, con gente normal que tenía quejas normales sobre sus políticos y sus salarios. Hoy es un mapa de cicatrices. Almería no es inmune a la locura global. La paz no es un estado natural de la materia, sino un accidente que deberíamos cuidar más, aunque solo sea por evitar que, un martes cualquiera, los problemas dejen de ser el retraso del tren y pasen a ser la ubicación del refugio más cercano. Porque cuando la guerra llega disfrazada de liberación, lo único que queda libre es el espacio en el cementerio.