Parece que en los despachos de Ciudad de México han descubierto recientemente el calendario gregoriano y, de paso, una oportunidad de oro para el escapismo político. La insistencia de Andrés Manuel López Obrador y su sucesora, Claudia Sheinbaum, en exigir que el Estado español pida perdón por los lodos de la conquista de América ha encontrado una respuesta en Felipe VI que, paradójicamente, ha molestado por su aplastante obviedad. Resulta fascinante comprobar cómo la sensatez, cuando se pronuncia con voz pausada y rigor histórico, escuece más que el mayor de los insultos en ciertos sectores del populismo transatlántico, y entre los patrioteros patrios de pulserita que están convencidos de que los aborígentes americanos eran mudos y ateos... asi que hubo que llevarles un idioma y una religión... pobrecitos ellos.
El monarca ha dejado caer una reflexión que debería ser materia de primero de Educación Secundaria, si es que todavía se enseña algo de fuste en las aulas. Ha dicho Felipe VI que existen episodios que, analizados con nuestros valores actuales, "obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos". Y tiene razón, a menos que alguien considere que la esclavitud, la tortura o la violación sistemática son elementos para sacar pecho en una reunión social. Sentir orgullo por la barbarie es de sociópatas; reconocer que la barbarie existió es, simplemente, de personas informadas.
Sin embargo, el Rey ha puesto el dedo en la llaga del "presentismo moral", esa enfermedad contemporánea que pretende juzgar las carabelas del siglo XV con el código ético de un usuario de redes sociales de 2026. Es un anacronismo intelectual de tal calibre que roza lo cómico. Pretender que los actores de la corona de Castilla —porque conviene recordar a los distraídos que España como Estado no existía en 1492, sino un agregado de coronas— se comportaran como activistas de los derechos humanos modernos es no entender absolutamente nada de la historia de la humanidad.
En aquel entonces, la norma era el sometimiento. Lo hicieron los "civilizados" griegos y romanos, pero también los franceses, los británicos, los portugueses y, por supuesto, las propias estructuras de poder que ya existían en el continente americano antes de que llegara el primer castellano. Pero hay un matiz que el Rey ha rescatado con acierto: la controversia ética que surgió desde el primer minuto. Mientras en otros imperios la aniquilación era un trámite administrativo, en la corona de Castilla se generó un debate jurídico y moral sin precedentes. Isabel I de Castilla —que, por cierto, no fue nombrada "Reina Católica" por el papa Alejandro VI hasta 1496, cuatro años después del primer viaje, y por cierto, a mayor abundamiento histórico: Isabel I murió en 1504 y Fernando II en 1516, la conquista de México se inicia en 1519, y la Universidad Pontífica se inauguró en 1553— dejó instrucciones claras sobre la protección de los indígenas, mientras expulsaba de sus reinos a los judíos.
Es cierto, y así lo reconoce el argumentario real, que la realidad de los abusos sobre el terreno pasó por encima de las Leyes de Indias. Pero la autocrítica ya venía de serie en el siglo XVI con figuras como Fray Bartolomé de las Casas, quien denunciaba las atrocidades con una virulencia que ya quisieran para sí muchos críticos actuales. Hubo luces y hubo sombras tenebrosas, pero analizarlas requiere un "análisis objetivo y riguroso", no un juicio sumarísimo con retroactividad de quinientos años.
Pedir perdón por lo que hicieron antepasados lejanos bajo cosmovisiones extintas es un brindis al sol que solo sirve para que Claudia Sheinbaum y sus aliados desvíen la atención de los problemas actuales del Estado mexicano. Las palabras de Felipe VI son irreprochables porque se mueven en el terreno de la lógica: no podemos estar orgullosos de la crueldad, pero no podemos ser tan necios como para borrar el contexto. Lo que queda es una verdad como un puño que desde Almería hasta Finisterre se entiende perfectamente: uno es responsable de sus actos, no de las conquistas de sus tatarabuelos.