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Vacationem habemus
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Vacationem habemus

Por Angel Rodríguez Fernández
viernes 27 de marzo de 2026, 17:12h
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Llega la Semana Santa y con ella el permiso de libertad vigilada para alumnos, alumnas y docentes, un tercer grado para los mejores , limpios de polvo y paja en este segundo trimestre, y un segundo grado para los más perezosos, con la obligación de oír el sermón paterno (o materno) a diario antes de irse a dormir.

Han empezado a pitarme los oídos y, una vez descartada la otitis por mi médica de cabecera, entiendo que es el pitido atmosférico-social que acude al docente cuando disfruta de sus vacaciones. Un runrún ambiental que solemos percibir en el mercado, en el bar o en la reunión con las amistades que no tienen el placer de disfrutar de una profesión tan vocacional como es la docencia. Eso sí, este pitido desaparece cuando los adolescentes vuelven tristes y mohínos a sus retiros carcelarios —disculpen, quise decir escuelas e institutos— y libran a las familias de sus dulces costumbres infantiles.

La ministra de Turismo italiana, Daniela Santanchè —han leído bien, “de Turismo”—, propuso reformar las vacaciones estudiantiles. Ella, como ministra del ramo, quería mejorar no la educación, sino el turismo, y defendía su proyecto de reforma vacacional esgrimiendo que una distribución más equitativa de los días de fiesta durante todo el año beneficiaría a la hostelería en la temporada baja. Debo decir que días después cesó, no por esta atrevida propuesta, sino por la prosaica corrupción, que en todos los países cuecen habas (y chistorras).

La sociedad actual, hiperespecializada, ha decidido dejar en exclusiva la educación de sus hijos en los centros educativos, como si colegios e institutos tuvieran el monopolio. Hace unos años, muchos... demasiados, junto con otros compañeros decidimos desde el poniente almeriense iniciar un movimiento docente, que luego fue asociación y ahora solo es melancolía, al que llamamos “Dejadnos Enseñar”. Muchos nos miraron con incredulidad y escepticismo al utilizar el verbo “enseñar” y no el de “educar”.

Nosotros lo hacíamos desde la humildad de unos profesores que creían hacer más o menos bien lo de enseñar unas materias que creemos dominar, ya que éramos licenciados en matemáticas, filosofía, lengua y literatura, historia, etc.

Lo de educar siempre nos ha venido grande; no es que abandonáramos esa labor, sino que creíamos formar parte de un engranaje mucho más amplio y que ni mucho menos la podríamos afrontar en monopolio. Son nuestros niños y adolescentes verdaderas esponjas en lo que se refiere a los modelos vitales: miran y revisan sin darnos ni cuenta. Ingenuos, creemos que solo están cuando les sermoneamos, y no nos percatamos de que justo ahí es cuando desconectan.

Nos enfocan, pero no solo a docentes, sino a padres, madres, tíos, amistades, vecinos, políticos, actores, escritores... ¿Es por eso que todos debemos desfilar como verdaderos seres espirituales? Ni mucho menos. El conocimiento les llega desde tantos lugares que solo nos queda estar atentos a hacer los comentarios a pie de página, esos que tanto gustaban a la editorial Cátedra (duplicando con sus comentarios el grosor de sus libros).

Conducidos, no esposados, por la vida, ellos harán el resto.

No abandonen en los centros educativos la educación de sus hijos, ni abandonen a sus hijos de forma estacional. Los docentes somos seres humanos (como “El hombre elefante”, en la magnífica película de David Lynch, gritaba a unos niños —unos angelitos— que le tiraban piedras): meamos y cagamos; si nos pinchan, también sangramos (ahora, después de las juntas de evaluación, una sangre algo aguada); nos deprimimos y nos asaltan crisis de ansiedad (le ocurre hasta a los papas, como en aquella magnífica película de Nanni Moretti, “Habemus papa”).

Disfruten de la infancia y la adolescencia de sus hijos y no los apeen tan pronto del drama y la comedia de esta mentira existencial que es la vida.