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miércoles 20 de mayo de 2026, 12:36h
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El análisis sosegado y objetivo, dice que Zapatero no fue un buen presidente y lo prueba, sin exclusiva, que siguiera la política de Rajoy, de reducir el total de entidades bancarias por debajo del cinco por ciento. Novedad ausente, porque todavía el reino de España no ha conocido un buen presidente. La Justicia está aparte, independiente, y con ella lo justo. O debe estar. La Justicia necesita sosiego, serenidad, y absoluta neutralidad para ser justa. La justicia no puede ser un arrebato de soberbia, de rabia, de sentimentalismo ni deseo de venganza. El principio fundamental y universal de la Justicia, es la presunción de inocencia. “Odiemos el delito y compadezcamos al delincuente”. “Más vale un culpable libre que un inocente ajusticiado”. “Concédase el beneficio de la duda”. “Acuérdate del pobre panadero”. No son palabrería, no son menudencias, son principios inalienables porque para la Justicia antes que nada debe ser justa, cualquier instrucción deficiente puede ser “el crimen de Cuenca”.

Pero en el reino de España el principio universal de presunción de inocencia parece no existir, no tanto para la judicatura —con frecuencia, también—, sino sobre todo para la partitocracia. Fundamentalmente para los partidos de la derecha (y el PSOE tampoco debe alzar la voz aunque ahora por gobernar en minoría le haya tocado soportar) y sus seguidores adláteres y asociaciones afines como, entre otras, Hazte oir, Abogados cristianos, Manos limpias, Revuelta, Solidaridad, Atenea, FAES o Neos, Concordia y Libertad, las tres primeras más activas en los juzgados, el resto más volcada a manifestaciones y escraches. Su mecanismo, en todos los casos es: primero se denuncia. Eso es libre. Cualquiera puede denunciar a cualquiera, porque piense que tal vez podría delinquir, o simplemente porque le parezca demasiado feo. Entiéndase la exageración. Para dilucidarlo está la investigación. La Instrucción. Para eso hay jueces de instrucción. Los juzgados, de acuerdo a las instrucciones del Supremo, no deberían admitir a trámite denuncias sin alguna base, alguna prueba. Pero muchos jueces las admiten. En cuanto la denuncia ha sido admitida a trámite, antes incluso de empezar la instrucción, empieza la campaña de PP y Vox acompañados de su coro de seguidores, acusando y acosando a la persona denunciada, a los cargos públicos situados por encima y al partido del que forma parte a quienes ya aplican una sentencia mucho antes de haberse podido dictar sentencia.

En España si las sentencias por corrupción se colocaran en una balanza, lo más que podría pasar es que la balanza se rompiera, porque hay que tener una cara impresionantemente dura, para acusar al contrario de más o menos lo mismo por lo que el acusador o acusadora ha sido condenado. Y, sin ánimo de señalar y aunque el PSOE tampoco puede tirar la piedra, no está de más recordar que el PP es el único partido condenado por corrupción y Vox el único en sostener una fundación económicamente opaca y controlada en exclusiva por su presidente.

Todo eso no importa, porque lo buscado y casi siempre encontrado es el efecto mediático. Igual que hay jueces con ideología política bien marcada, que deberían guardársela para ganar credibilidad en sus sentencias, hay medios de comunicación que hábilmente adaptan titulares, lo habitualmente leído por la mayoría en prensa, o el comentario en radio y TV.

Eso de dejar actuar a la Justicia, de esperar al juicio, de no dedicarse a propagar juicios paralelos, de no juzgar antes que el propio juez o jueces una vez terminado el juicio, parece olvidado, dejado para otras latitudes más templadas. O más civilizadas. Porque el acusado puede ser condenado a criterio del Juez, pero el acusador-acosador no está cometiendo delito, parece una laguna en las leyes.

Sin embargo sin una limpieza absoluta en los procedimientos es muy fácil no castigar al culpable y sí al revés. Sea quien sea culpable de corrupción o de abusos en el ejercicio de su cargo, debe recibir todo el rigor de la Ley. Pero de la Ley. De un juicio justo no condicionado ni por ideologías ni por presiones de nadie. Absolutamente de nadie. Menos aún de la interpretación siempre interesada paralela y ajena a la investigación.

Mientras no sea así sería muy difícil confiar en la Justicia y, quizá peor, en el sistema político de partidos. Porque de lo que se trata en este sistema impuesto por los partidos con mayor número de casos de corrupción, no es la Justicia, que a ellos no les interesa, sino el desprestigio del contrario. Una acción que también debería considerarse corrupción.

Rafael Sanmartín

Estudió Filosofía y Marketing y es especialista en Historia. Ha trabajado en prensa, radio y TV. Obtuvo el premio 'Temas' de relato corto por El Puente (1988), así como el '28-F' (2001), por La serie La Andalucía de la Transición, emitida por Canal Sur Televisión. De su producción literaria cabe destacar: El País que Nunca Existió (1977), El Color del Cristal, novela (2001), La Importancia de un Hombre Normal, que narra la biografía de Blas Infante, (2003), Historia de Andalucía Para Jóvenes (2005), Grandes Infamias (2006) y De Aquellos Polvos... La Autonomía y sus orígenes históricos (2011) Para el autor "la Historia es el espejo donde podemos vernos y conocernos, aunque, como está escrita por los vencedores, debe analizarse con espíritu crítico para poder interpretarla".