La única izquierda que actualmente funciona es la izquierda que ha hecho oposición al sanchismo; las demás están muertas o criogenizadas. Así de claro. Nada de vendas en una herida que necesitará primero drenar y luego supurar, de momento está en sangre viva.
Como ejemplo, la izquierda trotskista, anticapitalista y andalucista que en Andalucía recientemente ha cuadriplicado sus resultados electorales. ¿Es Andalucía más trotskista? ¿Es más anticapitalista? ¿Es más andalucista? No es necesario que busquen en la IA; ya se lo digo yo: no.
Es una mejora ética respecto a la izquierda estalinista —que haberla, hayla—. Comparado con otros nacionalismos periféricos, el de Blas Infante es humanista y no racista. Pero no se engañen: Andalucía no es más nacionalista ni ha encontrado en el anticapitalismo la solución a tanta incompetencia. Simplemente, los de Teresa Rodríguez han sabido atravesar el desierto sin mezclarse con lo que a todas luces era un pluf, un timo. Tal vez, si Anguita no hubiera muerto, también lo hubieran visto así los de IU. Lo que ha quedado en Podemos no tiene arreglo.
Ahora Rufián se propone como solución: pirómano y bombero, todo en uno. “Sujetadme el cubata”, que van a ver estos de la izquierda estatal lo que es un buen progresista. Ellos, que generosamente se autodenominan “la izquierda plurinacional”, son quienes han venido desencantando al electorado de izquierdas fuera de sus feudos —Galicia, País Vasco, Cataluña y Valencia—. ¿O se piensan que en Andalucía celebramos la amnistía con encierros y fiestas populares? ¿O tal vez aquello de la financiación singular nos pareció un acierto plurinacional?
Claro, ellos piensan que desde los bares andaluces, extremeños o murcianos no sabemos leer sus egoístas y nacionalistas demandas. Basta su gracejo y sus impostadas apariciones —ahora chascarrillo, ahora cara compungida— para que nos derritamos y se nos caigan las prendas íntimas al suelo: las bragas a ellas y los calzoncillos a nosotros, o lo que sea que usemos los electores.
El nacionalismo y el progresismo son concepciones en sí mismas antagónicas; un oxímoron de una claridad que hasta un niño entendería. “A ver, traigan a un niño”, que diría Groucho. ¿Acaso demandar para una región rica más presupuesto a costa de las regiones de España menos favorecidas no es una exigencia típica de estos nacionalismos? Lo digan como lo digan, son incompatibles con las demandas de igualdad y justicia social en todo el territorio.
Pero ahora en Rufián ha prendido la llama del apostolado; quiere hacer misiones. No sé si se pasará por Las Hurdes o por los campos de Níjar. Si se pasa, descubrirá a una población que desde hace decenios ha aprendido a salvarse sola a costa del trabajo y el sacrificio. Pero bueno, puede hacer turismo arqueológico-industrial y echarle un ojo al fallido embalse de Isabel II, o tomarse unas tapas de pescaito en Rodalquilar o en La Isleta del Moro, y observar en su propio ecosistema al andaluz que, como decía un camarada suyo, pasa horas muertas en los bares.
Si esta es la esperanza que nos queda, me echaré en manos del cinismo y la ironía para no morir de asco, para salvar la salud mental. Ya nadie se acuerda de la salud mental, duró lo que Errejón tardó en demandarla. Ahora Errejón duerme el sueño de los justos junto a Adolfo Suárez o Julio Iglesias, cadáveres simbólicos que van dejando los grandes luchadores por la igualdad.
Ya otros se encargarán de las mujeres que aún persisten en demandar sus derechos bajo el lema “Mujer, vida y libertad” en Irán y en otros lugares del planeta —léase Rusia, léase China—, estos últimos, los del PCCh por lo visto y por lobistas presuntamente cómplices de un Zapatero al que tanto amé, y aún sigo amando a su primera presidencia —yo lo voté tres veces—, que hacía de intermediario entre dos dictaduras, blanqueando por un momento el dinero que pasaba por sus santas manos.
Que Dios me perdone.