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Gulliver era fascista
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Gulliver era fascista

Por Angel Rodríguez Fernández
sábado 19 de septiembre de 2026, 18:24h
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El sanchismo es mentira y mediocridad en las dosis adecuadas. Sánchez ha acumulado máximas dignas de un ser mediocre y desconfiado.

Cuenta Máxim Huerta que, en su cese, Sánchez mostró su preocupación, no por Maxim, sino por él mismo, un ser pagado de sí mismo, y de su ubicación en los libros de historia: «¿Qué dirán de mí?». En una pregunta antes de las elecciones sobre el fiscal general del Estado dijo: «¿De quién depende el fiscal general del Estado?», dejando claro que no se pararía en menudencias, en caducas garantías democráticas. Durante la DANA y después de aparcar el Falcon de regreso de la India, haber votado los enchufes pertinentes en RTVE, con Valencia bajo el agua, dijo, refiriéndose a la Administración valenciana: «Si quieren ayuda, que la pidan». Más recientemente, en el Congreso, a pie de pasillo y sin parar su paso, le dijo a una periodista, tras su pregunta por Ceuta: «Pregúntenle a Vivas».

Y así llevamos unos días intentando cargarnos a Juan José Vivas por mandato del puto amo. Perdida la batalla del liderazgo, de la excelencia, de la concordia, se trata ahora de anular cualquier conato de liderazgo popular, nivelar la clase política por lo bajo, que nadie supere la mediocridad contrastada de nuestro presidente.

Tenemos cuantiosos ejemplos de esta estrategia bárbara, envidiosa y perniciosa para el país, que consiste en atacar a aquellas personalidades que obtengan de la ciudadanía su aprecio. Ha pasado con el rey desde aquel incidente en Paiporta, desde que Sánchez escapó a la carrera de los pelotazos de barro y nuestro rey y su señora permanecieron junto a los lanzadores para, primero, recibir estoicamente los pelotazos y, luego, creo que de forma exitosa, acompañar y entender a una población que se veía sola y desamparada.

Desde entonces, el monarca es objeto de los ataques del sanchismo. Nada que ver con la apuesta de Anguita por la república; estos hay que verlos bajo la óptica vanidosa y envidiosa de un presidente que no puede salir a la calle sin ser recriminado por sus conciudadanos y que recela de los que son aplaudidos y vitoreados.

Pero no es el único. Otro ejemplo en el que se reincide estos días, y por el mismo gañán, es Madina, que se ganó hace tiempo el amor y el respeto de la ciudadanía. No le resultó barato: una bomba cercenó una de sus piernas y hoy es crítico con los espasmos mentirosos del sanchismo. Otra altura moral que no permiten. Los exabruptos de Óscar «rompo-puentes» solo lo descalifican a él, como un peón más del sanchismo, la pieza, tal vez, por la que el sanchismo quiere sobrevivir al propio Sánchez.

También Vivas, el presidente de Ceuta, está siendo víctima de estas campañas que pretenden nivelar a la clase política por debajo. Perdida la batalla de la limpieza, nos quieren hacer ver que los otros son peores, más corruptos, más malos y, sobre todo, más fascistas. Un Vivas al que solo hay que verlo para darse cuenta de lo fascista que es. Sus encontronazos dialécticos, no de ahora, sino de siempre, con los diputados de Vox nada cuentan; su apuesta por la interculturalidad, tampoco; sus vicepresidentes elegidos entre las diversas religiones que coexisten pacíficamente, hasta ahora, en Ceuta, menos; o su negativa a comenzar una manifestación teniendo información sobre la posible participación de grupos neonazis, tampoco.

Eso sí, son continuos y constantes, no cesarán. Ya lo dice el proverbio popular: «Cuando un tonto coge una linde (o un camino), la linde se acaba, pero el tonto sigue». Es el marco propio de la demagogia populista, llámele trumpismo, sanchismo o como quieran: tirar para adelante; que Leire y su policía patriótica apaguen los barros de Admuz; que estos las corrupciones de Ábalos; que este la condena del fiscal general; que este el apagón... Y así hasta llegar hacia atrás a la autoamnistía.

Nuestro juglar por antonomasia, Joaquín Sabina, en uno de sus primeros discos tiene una canción titulada «Gulliver». En ella describía la reacción de los enanos uniendo sus pequeños esfuerzos para derribar al famoso marinero, Gulliver. En una de sus estrofas decía:

«...Todos los hombres de corazón diminuto / Armados con palos y con hoces / Asaltarán al único gigante / Con sus pequeños rencores, con su bilis / Con su rabia de enanos afeitados y miopes...».

Y en eso está el sanchismo, saltando de forma coordinada sobre los pocos Gulliver que nos quedan. ¿Qué ocurrirá si consiguen sus propósitos? ¿Se conformará la sociedad con asumir estoicamente una democracia predestinada a la mediocridad o girará sus ojos hacia los salvapatrias buscando una solución?