(A los colores, el lujo y el caos de una sociedad)

Se abren las puertas del aeropuerto de Delhi. Frente a uno, cansado tras más de veinte horas entre vuelos y esperas, una nueva ciudad, un nuevo paisaje y esa nueva cultura que venimos buscando. Pero lo primero que nota el viajero, es la bofetada de un calor insoportable, desconocido por nuestra tierra.
El autobús no nos lleva directamente al hotel, que es lo que necesitan nuestros cansados cuerpos a esa hora de la mañana. No se puede perder tiempo en este extenso país y hermoso, y el autocar nos sumerge en la vorágine de lo que es India. Y especialmente en su temperatura, que es lo primero con lo que nos hemos tropezado en nuestra recién inaugurada aventura. La humedad roza el 95 por ciento, el termómetro anda cerca de los cuarenta. En ese momento se nos olvida el largo y tedioso paso por ventanillas y policías, y más ventanillas y policías que revisan pasaporte y carta de inmigración. Como si alguno de nosotros hubiera hecho planes para quedarse en el país de Gandhi.
A los ojos, cansados de viajes apretados en los aviones, y esperas en los abarrotados aeropuertos les cuesta trabajo hacerse a la idea de lo que está empezando a desfilar ante ellos. Está amaneciendo. Las calles se empiezan a poblar de coches, motos y tuc-tuc, como llaman a estos isocarros de color amarillo que dan el primer golpe de luz en aquella primera mañana de la India ante nuestras retinas.

Antes de continuar, si me preguntan cómo ha sido mi experiencia, les aseguro que ha merecido la pena el viaje, y hasta el calor sufrido, como las veces que uno se ha tenido que descalzar para entrar en los templos visitados. No descarto volver algún día. Aún me queda mucho que conocer de esta gran y joven nación, fue en el 1947 cuando se quitaron el yugo de Inglaterra, pero se quedaron con el tráfico por la izquierda, que ellos han llevado hasta el paroxismo, al caos y al gran espectáculo mundial en sus calles, plazas y rotondas. Da miedo sumergirse en él, pero al mismo tiempo es una hazaña la de estos hombres y mujeres. Valientes como ellos solos sorteando vehículos que nunca sabes por dónde te van a salir.
India, me contaba el guía que nos enseñó el país (y al que reconozco que se parecía más a un predicador como aquellos padres dominicos que en los años de maría castaña, paseaban sus prédicas por las ciudades españolas llevando en sus voces el mensaje de Dios), que ellos tienen millones y millones de dioses y que casi todos tienen un templo, un lugar donde sus fieles se reúnen a rezar. Durante años se ha dicho que la religión ha sido el opio del pueblo, se pueden imaginar lo que supone cuando no es un solo Dios, sino millones los existentes. Todo ciudadano de India tiene uno al que rezar o con el que enfadarse. Quizás ha sido esto último que ha hecho que el número de los mismos en este país haya llegado a ser de millones.

He conocido los más grandes y maravillosos palacios que atesora una parte de la India, y no creo que haya llegado ni al uno por ciento. El trabajo de aquellos hombres fue extraordinario y hay que rendirse ante ellos y lo que han legado a las nuevas generaciones de este pueblo. Es para sentirse orgulloso de lo realizado, y de la conservación de los mismos que se le viene ofreciendo al visitante. Una cuestión llama la atención, en esos palacios o templos te pueden exigir que andes descalzo, incluso que te tapes las piernas, también a los hombres, pero no cobran entrada en la mayoría a los ciudadanos de este país. No deja de ser sorprendente cuando en España en las catedrales y otros templos o pagas o no te dejan entrar. En India todo está pensado, te cuenta el guía, para los aquí nacidos. No estaría yo tan seguro. Pero sigamos.
Sus ojos se van a encontrar, y se van a maravillar con todo lo que encierra este increíble país tras los muros de sus monumentos, ante los jardines que los rodean, las autopistas por las que circula o la exuberante flora que lo hermosean. Es esa India cantada por los políticos y los guías, ese país que se siente orgulloso de haber sido el primero en llegar a la cara oscura de la luna, de formar parte del primer mundo tecnológico, de los grandes técnicos en la materia que busquen. Que se sienten orgullos de sus universidades y de su educación pública, así como de ese karma que según ellos marca la vida de los hombres y las mujeres de este inmenso país de más de mil quinientos millones de ciudadanos que lo habitan. El más grande del planeta. Ese país que une esplendor, color y lacra social.
Gandhi logró la independencia de India hace setenta y ocho años, pero se dejó sin abordar el grave problema social que padece el país más poblado del mundo. Y no se percibe en el ambiente que alguien quiera ponerle solución.

Y es que India para el visitante no son solo sus palacios, sus templos y sus dioses. Es también esa India que discurre como un río inagotable de supervivencia por sus calles, donde se aprietan hombres y mujeres, donde se vive al día, donde hay vidas sagradas, pero desgraciadamente no parece que están sean la de los seres humanos.
Yo no estaría tan orgulloso, y lo siento. No acepto que el karma, como ellos dicen, les obligue a ser siervos, que es lo que parece una gran parte de la población. Ser hijo de un carpintero no te debe obligar a seguir el mismo trabajo y sentirte orgulloso. Por esa regla, se debe sentir orgullosa la hija de una prostituta por seguir el trabajo de su madre. El sueldo medio de un trabajador está en ocho euros al mes. Lo han leído bien, ocho euros al mes. Los que empiezan, los podemos llamar aquellos aprendices de los años cincuenta y sesenta en nuestro país, cobran en restaurantes, autocares y otros establecimientos de las propinas de los clientes. Resulta extraño, pero así es. Hay un dato esclarecedor y a tener en cuenta sobre la vida de los hombres y mujeres, y es que la esperanza de vida que les ofrece este país está en los 68 años. No me he equivocado. Parece evidente que este dato no es motivo para sentirse orgulloso. Tienen los mejores médicos, una gran sanidad y la industria farmacéutica está a la vanguardia del mundo, pero la esperanza de vida de los ciudadanos está en los 68 años. Menudo Orgullo. Pero hay más.

Existen dos Indias, o tres, o quizás millones, tantos como ciudadanos viven sobre ella. Los hay que se desplazan descalzos sobre sus calles sin asfaltar, donde en días de lluvia, los monzones de cada año, llenan los grandes ríos y pantanos, pero también los charcos que se abren en calles y carreteras, unos lo hacen por vocación, ese Dios al que dicen adorar, seguir, cantar y rezar, otros la piel de sus pies pisan el barro por la imperiosa necesidad de que no tienen nada que ponerse, o por dar esa imagen de pobreza ante el turista al que hay levantar la mano y perseguirlo y acosarlo para solicitarle una ayuda. Eran niños, Dios mío. Niños con tres, cuatro años, descalzos, con los pies sucios de barro, algunos con la mirada perdida y una mano pidiendo, a veces exigiendo ante la cara de estupefacción con la que se enfrentan. Y no sabes cómo comportarte ante tan miseria como te rodea, ante tanta cara o carita que te pide dinero,
¡money, money! Tú no estás acostumbrado, ellos parecen profesionales con solo tres, cuatro, cinco años en el arte de alzar sus caras y sus manos, en acosar al turista hasta hacerle sentir un poco de vergüenza ajena.
Te subes en un triciclo, y un joven de poco más de sesenta kilos intenta llevarte por las estrechas calles de la vieja Delhi en un paseo que te traslada a un mundo desconocido, un bazar en plena calle, lleno de color, como un mercadillo de los nuestros, pero a lo salvaje, lleno de gritos ante las apreturas, de miedo e incertidumbre cuando crees que uno de los que viene de frente se va a llevar el tuyo por delante. Te ha dicho el guía que no se te ocurra sacar los codos del triciclo, te puedes quedar sin uno de ellos, y te comportas con el lógico miedo ante lo desconocido. La aventura no aparece acabar nunca, mientras los baches se hacen insoportables a la hora de transitar, dejando doloridos tus riñones para el resto de la aventura mañanera.

Entre increíbles paseos, visitas a monumentos y el deseo de volver al hotel se pasa el día. Nada que objetar a los mismos. Buena comida, la mayoría internacional, y con avisos cuando el chili rebosaba en algunas de ellas. A Rocío le encanta el pique y me uno a ella a la hora de elegir comida. No está mal la cerveza india, algo cara, un terció salía entre quinientas y ochocientas rupias. El vino era mejor no tratarlo, no bajaba de las mil rupias una copa. Diría más bien una copita. Lo que nunca ha faltado ha sido el agua. El miedo que se le tiene a la que se bebe por esta tierra, hace que hoteles, autobuses y cualquier medio de locomoción te ofrezca gratis agua embotellada. Una sopa picante de pollo, y el pescado al limón, me parecieron platos a tener en cuenta de cara a nuevos viajes por estos lares.
Lo de madrugar lo llevo mal. Pero es el sacrificio inevitable del turista, y más cuando te enfrentas a ciudades de 22 millones de habitantes; o te levantas de madrugada, casi con las calles sin abrir, o no cumples con el itinerario prometido. La mañana en la que cogimos un tren, camino de Benarés, la sorpresa fue encontrar que, en los andenes, en las afueras de la estación, en todas las sendas que hasta la misma llegaban, había niños abrazados a sus madres, algunas parecían sus abuelas, mujeres y hombres de todas las edades durmiendo sobre el duro suelo. Solo una manta, a veces un plástico separaba el cuerpo de aquellas personas del duro asfalto si lo había, del barro, o del cemento donde reposaba. No eran viajeros esperando la salida del tren, eran ciudadanos que se iban despertando para pedirle una oportunidad al día, vender un recuerdo, una pulsera o recibir unas rupias. Los bocadillos de aquella mañana, recogidos en el hotel para el desayuno, fueron repartidos entre aquellos pequeños seres, que, sin lavarse la cara o las manos, sin quitarse las legañas, si es que allí existen, cogían lo que le ofrecías como el mejor regalo de aquel despertar.
No es fácil, sé que voy saltando de una aventura a otra, sin centrarme en lo que fue el viaje. Y es que eso fue el viaje, la visión de un templo que te elevaba por su belleza y poderío y la desesperanza de unos críos descalzos, que han tenido que perder la timidez, si quieren conseguir algo en ese nuevo día para nosotros, pero el mismo y repetido cada mañana cientos de veces al año para ellos.
La aventura del elefante no podía faltar. Subir en un paquidermo hasta el palacio de un marajá del que ya no recuerdo el nombre es algo que se quedará para siempre en el recuerdo del viaje. ¡Me he subido en un elefante! Y por unos minutos, mientras nos persigue Carlitos echando fotos que luego nos va a querer cobrar cuando bajemos, nos creemos reyes sobre ese elefante. La subida fue dura, no crean. Acabé con la cintura gritando ante aquellas piedras camino de un castillo o palacio de cuento. ¡Recuerden, nos grita el fotógrafo, soy Carlitos, Carlitos, que no se le olvide! No lo volveré a hacer. Si algún día vuelvo el elefante no llevará mi peso sobre el suyo.

Los animalistas españoles serían felices en India. Todos los animales son sagrados, unos más que otros, pero dejando a un lado al pobre pollo. El pollo no lo es. Y la contestación parece evidente: algún animal tenía el gobierno y los dioses que dejar para que comiera el personal, y se decidieron por el pollo. Pobre pollo. Mientras las vacas, los monos, las cabras, los asnos y otros animales viven a su antojo entre la multitud de la India, el pollo, el pobre y escuálido pollo es servido en sacrificio en los platos para sustento de turistas y los que lo puedan pagar. Que no son todos los ciudadanos del país.
Las sagradas vacas. El homenaje a la libertad de ese animal. Me van a decir que saco los pies del tiesto, pero es extraño que las vacas sean sagradas y los niños no. A no ser que esa sacralización de las vacas sea la de darle libertad para hacer lo que quiere y en según qué barrios y zonas del país. Si usted pasea por el centro de Delhi, la nueva, la de los rascacielos y las grandes empresas, las de los comercios de lujo, no verá usted una sagrada vaca. No. Esa sagrada vaca la encontrará en los barrios marginales, allí donde la basura se tira en bolsas a la calle, para que las sagradas vacas las rompan y se coman los restos. Esas vacas, dicen que sagradas, la gran mayoría está en los huesos, como muchos de los críos descalzos que se te acercan a venderte una pulsera, o un collar por unas cuantas rupias.

La libertad de los críos está en que nadie les obliga a ir a la escuela. La enseñanza, nos dice el predicador que nos guía, es gratuita, y tienen las mejores escuelas, pero el gobierno no obliga a los padres a que lleven a sus hijos al colegio. Y ellos, no hacen nada por evitarlo. Debe ser que así ven la libertad de las vacas y de los críos en India. Que hagan lo que les dé la gana. No me importa mucho cómo les vaya a las vacas, pero a los críos…
No se puede ir con la mentalidad de europeo a este país. No puedes esperar que lo que ha sido la lucha por el bienestar logrado en estos años, hoy en peligro por culpa de las políticas que se han llevado a cabo desde Bruselas, quieras verlo reflejado en aquel país; si vas con esas miras, y algunas veces eran las mías, reconozco que el cabreo era fulminante, y que tuve algún pequeño encontronazo con nuestro acompañante. Recuerdo que me dijo en una ocasión, al tocar el tema de las escuelas y los niños, que el día que él fuera presidente sería obligatorio ir al colegio. Espero que llegue cuanto antes.

Les recomiendo un viaje a ese mundo que es India. Es color, magia, fuerza, valentía y belleza, pero al mismo tiempo es caos, suciedad, pobreza y dejación por parte de los gobernantes. Son políticos, y ya saben lo que yo pienso de ellos: Tendrían que ser los grandes ejemplos en los que nos miráramos, pero se han convertido en todo lo contrario. Son aves rapaces que roban mientras puedan volar sobre nosotros, sabiendo que algún día dejaran de hacerlo y se les acabará el chollo. India, me comentaba el guía, tiene ese mismo problema: la corrupción. ¿Por qué será que donde hay un político aparece siempre la corrupción?
Han tomado una medida que parece interesante. No hay subvenciones a Ong o asociaciones. Lo que tenga que recibir cada ciudadano va directamente a una cuenta bancaria que les ha obligado a abrir el gobierno. Se quitan intermediarios, que es donde se pierde parte del dinero público. Pero para que tengan una idea de esas ayudas, existen comedores del estado, el que vimos era peor o parecido a cualquier cuadra de animales de los años cincuenta en nuestros pueblos, donde comer cuesta ocho rupias. Traducido al euro, ocho céntimos. ¿Qué se puede comer por ocho céntimos? Ustedes mismos. Yo abandoné el comedor tras decirle al guía que me parecía una vergüenza aquel lugar y el gobierno que lo mantenía una M. Pero en la India, es cierto, no todos comen así.

Hay anécdotas de todos los colores para llenar páginas y páginas. Pero imagino que se han cansado de leer. Solo una recomendación, viajen a India. Les reitero que enfrentarse a ese mundo merece la pena, no lo vamos a cambiar nosotros, pero nos dará fuerzas para luchar por uno mejor que dejarles en España a nuestros descendientes.
En estos viajes el grupo de gente que lo compone es importante. Y doy fe de que así fue. Rocio, María del Mar, Lolica, Consuelo, Kike, Paco, José Paniagua, Guillermo, Aurelia, José María, Isolina, Candela, Aurora, María José, Carmen, Estefanía y nuestra niña, Julieta. Es posible que algún nombre se me quede entre las teclas del ordenador, que me perdonen, sé que son de buen corazón y lo harán. Lo que no quiero que se me pase es el cariño de todos por Silvia. Sin ella no habríamos tenido la posibilidad de una aventura como la vivida.
Gracias, preciosa.